Adrien Laurent, 19 años, pensó que ser Beta era una bendición.
En una familia de Alfas, ser Beta significaba ser invisible. Y ser invisible era la única forma de sobrevivir a su madrastra y a su hermanastra después de la muerte de su padre. Cansado de ser tratado como empleado en su propia casa, huye a Montreal con una maleta y renta un estudio helado.
Para pagar la universidad y el depa, toma el turno de noche en el Dépanneur Lumière, una tienda de conveniencia 24/7.
A las 23:47 siempre entra él: Julien Moreau, 42 años, Alfa entero, alto, guapo, de abrigo negro, que solo compra whisky barato y cigarros. Hasta que Adrien empieza a sentirse mal. Fiebre, dolor, un aroma dulce que no debería tener un Beta.
No es un Beta. Es un Omega de presentación tardía, y su primer celo está a punto de llegar. Y el Alfa de la tienda ya lo olió primero.
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CAPÍTULO 1: El inventario
Tenía trece cuando vi esas maletas en la puerta.
No eran las que usas para irte de vacaciones. Eran rígidas, color crema, con las rueditas que no suenan. Olían a nuevo. A plástico caro. Estaban ahí, plantadas en la entrada de mi casa como diciendo ya llegamos.
Mi papá estaba al lado con esa sonrisa nerviosa que ponía cuando ya había tomado una decisión y solo te avisaba por compromiso. Detrás venían dos personas más. Una mujer con abrigo rojo que parecía carísimo y una niña de mi edad con el pelo planchadísimo y cara de estar aburrida.
"Adrien, ellas son Colette y Margot. Van a vivir con nosotros."
Así. Sin anestesia.
Me acuerdo que no supe qué decir. ¿Qué dices? Hola. Eso dije.
Colette no entró como entra alguien a una casa. Entró como entra alguien a revisar una casa que va a vender. Eso me quedó grabado. Tocó la pared. Miró el techo. Pasó el dedo por la repisa de la tele y me miró el dedo después. Como acusándome.
Abrió la refri. La cerró rápido.
Y subió. Contó los cuartos con la mirada. Uno, dos, tres. El mío era el del final, el chico, el que da al patio y donde se mete todo el frío en invierno. El que tiene la ventana que no cierra bien.
"Este tiene buena luz", dijo. Y abrió mi puerta sin tocar.
Mi papá se puso rojo. "Colette, ese es el de Adrien."
Ella me miró. No me odiaba, creo. Era peor. Me calculaba. Como si yo fuera un mueble que no sabe dónde poner.
"Ah, claro. Por ahora que se quede ahí, pues."
Por ahora fueron cinco años.
Al principio yo traté de que resultara. Te juro que traté. Dejaba mis zapatos ordenados en la entrada para que no reclamara. Si Margot me quitaba el escritorio para hacer su tarea y lo dejaba lleno de brillo y papeles, yo no decía nada. Lo limpiaba después. Si Colette decía que cocinaba muy salado, al día siguiente no le echaba nada de sal, aunque no supiera a nada.
Pensé que si era lo suficientemente callado me iban a dejar quedarme tranquilo. Que me iban a querer un poco.
Margot al principio no era tan pesada. A veces, cuando su mamá no estaba, hasta hablábamos. Me mostraba música en su celular. Yo le ayudaba en mate, que era pésima, de verdad pésima. Pero después empezó a copiar todo lo que hacía su mamá. Si su mamá bufaba porque yo dejaba la toalla mojada, ella bufaba también. Igual. Aprendió rápido.
A los dieciséis nos hicieron la prueba del género secundario en el liceo. Todos cagados de miedo afuera de la enfermería. Los que salían Alfa salían agrandados. Los que salían Omega salían con los ojos rojos. Yo salí con un papel que decía BETA. 82% de la población. Común y corriente. No valía nada.
Y yo me puse contento. Te juro que me puse contento. Corrí a la casa con el papel arrugado en la mano.
Mi papá me abrazó. Me dijo mi Beta tranquilo, como siempre me decía.
Colette me quitó el papel, lo leyó en dos segundos y sonrió. Pero esta vez sonrió de verdad. Se le notaron los dientes.
"Qué suerte tuviste", me dijo.
Esa noche la escuché sin querer. Yo había bajado a tomar agua, descalzo para no hacer ruido, y ella estaba en la cocina hablando por teléfono con una amiga.
"No, es Beta. No, no sirve para nada de eso... no, nadie paga por un Beta, tú sabes... Sí, mejor así, menos problema. Que ayude nomás en la casa."
Ahí entendí. No era suerte para mí. Era suerte para ella. Un Beta no se puede vender en esos matrimonios arreglados que ella hacía entre familias Alfa. Un Beta no vale plata. No vale contactos. Entonces no me iba a molestar para eso. Mi valor era cero, así que me dejaban tranquilo. Esa era mi protección. Ser nada.
Desde ese día oficialmente dejé de ser el hijo y pasé a ser el que ayuda.
Adrien trae esto. Adrien lleva a Margot al mall. Adrien limpia el garage que mañana viene un cliente a ver la casa. Adrien saca la nieve. Adrien lava el baño de visitas. Todo el día así.
Mi papá a veces se daba cuenta. Me miraba con culpa y le decía bajito a Colette, oye, no abuses del niño. Pero él estaba cansado. Llegaba tarde del trabajo, quería puro sentarse y ver tele sin pelear. Y para tener paz en esa casa había que darle la razón a ella siempre. Entonces yo me callaba para que él pudiera descansar.
Aprendí a vivir en las orillas. Comía después, lo que quedaba. Me bañaba a la última hora, cuando ya nadie necesitaba el agua caliente. Hacía mis tareas en el suelo porque mi escritorio ya no era mío, era de Margot y estaba lleno de sus cremas y sus cosas. Me repetía todos los días lo mismo como un mantra tonto: falta poco. A los dieciocho te vas. Falta poco.
No sabía que a los dieciocho mi papá se iba a morir así de golpe. Un infarto, en el sillón, viendo las noticias. Sin decir nada. Sin alcanzar a agarrarme la mano.
Tampoco sabía que esa misma noche, con mi papá todavía ahí, tapado con una manta, Colette me iba a decir que si quería seguir durmiendo en esa pieza chica, iba a tener que pagarle arriendo.
Pero eso todavía no pasa. En este capítulo yo tengo trece. Estoy en la entrada, mirando esas dos maletas color crema, oliendo a perfume caro que no es de mi mamá, y pensando, con una esperanza súper tonta, que a lo mejor tener una hermana no iba a ser tan terrible.