Cuando era pequeña, soñaba celebrando llena de emoción, con una alegría que no sé cómo explicar; solo recuerdo que mi pecho se llenaba de una sensación abrumadora al levantar en mis manos una gran copa.
Sin embargo, jamás imaginé que, para plasmar esa fantasía, tendría que sacar una fuerza que ni siquiera sabía que tenía: una especie de coraje como el de una leona que protege a su familia con uñas y dientes, o la fortaleza de una madre en pleno alumbramiento.
Pero, en fin, esta es mi historia, que espero les sirva de inspiración para perseguir de manera incansable todos sus sueños, aunque el mundo se oponga y diga que no puedes lograrlo.
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Capítulo 8
VICTORIA
Habíamos pasado toda la tarde, la noche y buena parte de la madrugada en el hospital. Cuando el joven Lumis se retiró a su casa, yo también salí un momento de la habitación para dejar a don Ismael a solas con Ismara; necesitaba que ella le contara con puntos y señales todo el calvario por el que había pasado en estos últimos seis meses.
Los minutos se me hicieron eternos durante su plática hasta que por fin concluyó. Al salir, él sugirió que hiciéramos un viaje rápido a la casa para darnos una ducha y cambiarnos de ropa, ya que mi niña necesitaba descansar.
Apenas llegamos a la mansión, subí a quitarme el agotamiento de encima con un baño caliente. Al terminar, escucho el timbre del teléfono de la casa sonar de manera insistente. Me cubro apresuradamente con la toalla para ir a contestar antes de que despierte a media cuadra.
—Buenos días, casa de la familia Bodra...
—Buenos días. Con el señor Ismael, por favor.
—¿De parte de quién, disculpe? —pregunto, mientras saco algo de ropa rápidamente del armario sin soltar la bocina que sujeto contra el hombro.
—Su abogado.
—Un momento, por favor.
Me apresuro a cruzar el pasillo hasta llegar a la puerta de su habitación, donde empiezo a tocar con insistencia.
—Ismael... Ismael... Le llama su abogado —digo, golpeando repetidamente sobre la madera, sin recibir respuesta alguna.
No le doy más vueltas al asunto y tomo el pomo para girarlo. Para mi sorpresa, descubro que está sin seguro, así que me arriesgo a entrar sin pedir permiso, pues imagino que por tratarse del abogado debe ser algo urgente. Vuelvo a llamarlo en varias ocasiones estando ya dentro del dormitorio:
—¡Ismael! ¡Señor Ismael!
No pasa mucho tiempo cuando la puerta del baño se abre y él sale con una toalla atada a la cintura, aun escurriendo gotas de agua del cabello sobre ese monumento de cuerpo que es un verdadero entretenimiento a la vista, totalmente no apto para cardíacos. Su abdomen está esculpido y tonificado, además de que su piel luce un bronceado natural tan perfecto que me impide pensar con claridad o tan siquiera moverme de donde estoy. Es como si mis pies se hubieran quedado pegados al piso de mármol frío.
—¿Qué ocurre, Victoria? —pregunta él, frunciendo el ceño con una ligera pincelada de preocupación en el rostro.
—Lo... lo siento mucho, pero lo llama su... su abogado —tartamudeo en un hilo de voz mientras levanto el teléfono, completamente incapaz de despegar los ojos de semejante obra de arte.
Él se acerca despacio a tomar el auricular con serenidad para atender la llamada, sin dejar de mirarme a los ojos ni un solo segundo. ¿Pero cómo no iba a hacerlo, si yo estaba completamente perdida en la anatomía perfecta de su cuerpo esculpido? Ni me percaté de que parecía una depravada. Sin embargo, al terminar la breve conversación telefónica, cuelga y me pregunta intentando contener una sonrisa:
—¿Está todo bien, Vicky? —entrecierra los ojos, evidentemente jovial con mi incomodidad, leyendo entre líneas todo sin necesidad de explicaciones extra. ¡Pero cómo no iba a estar divertido, si me lo estaba comiendo con la mirada sin la menor vergüenza!
—Sí, sí, sí... Creo que es mejor que me retire. Perdón por entrar así; es que creí que era importante —solté atropelladamente.
Trago saliva con dificultad, sintiendo cómo el aire me falta y casi hiperventilando por el nerviosismo en medio del bochorno.
Y entonces... ocurrió algo que ni en mis mejores sueños o desvelos me hubiese atrevido a imaginar. Porque lo que Ismael no sabía directamente era que yo, la nana de su hijo fallecido y ahora la protectora de su nieta; la empleada de confianza que llevaba muchos años al servicio de la familia Bodra sin pronunciar una sola palabra fuera de lugar, estaba irremediablemente enamorada de él desde hace muchísimo tiempo, sin que me diera cuenta de cómo pasó.
Por eso, cuando él se acercó, me tomó del rostro y me besó, me dejó en un estado de congelamiento instantáneo en el que no sabía si lo que estaba ocurriendo era real. Fue hasta que su calidez me hizo reaccionar y comprender que sí estaba pasando lo que tantas veces soñé, que le correspondí humildemente con mi poca práctica.
Sus besos eran magistrales, con una suavidad casi quirúrgica que desvanecía las telarañas del tiempo y el desuso. Su toque fue invadiendo cada molécula de mi ser con deseo, lujuria y una pasión ardiente como una plaga no controlada. ¿Pero cómo esperaba yo que no me sobrepasara la emoción, si mi única y reducida experiencia amorosa se basaba en menos de una semana de casada entre dos personas completamente vírgenes? Y sí, ¡yo amé muchísimo a mi difunto esposo!, pero jamás sus besos inocentes o sus caricias torpes y apresuradas alcanzaban a competir con la abrumadora experiencia del señor. Sentir cada minucioso detalle de cómo me acariciaba, con una destreza casi antinatural, hizo que mi cuerpo entrara en combustión espontánea en cuestión de segundos. No obstante, la fría razón y el miedo primario terminaron por hacerse presentes, evocando dudas reales en ambos sobre si era correcto lo que estábamos haciendo, y él se detuvo en seco, rompiendo el hechizo sin previo aviso.
Una gran ola de vergüenza me recorrió, haciendo que buscara desesperadamente mi dignidad, la cual sentía que se había caído a más de tres metros bajo tierra. Me levanté del lugar tan rápido y salí de ahí prácticamente corriendo, deseando con todas mis fuerzas no tener que verlo en los próximos ciento cincuenta millones de años, salvo para lo estrictamente necesario.
Al llegar a mi habitación, me dejé caer en el suelo sosteniendo la puerta; mis rodillas aún temblaban descontroladas por lo sucedido. Me cubrí la boca con ambas manos en un gesto de desesperación, ahogando un grito en los pulmones mientras sentía una quemazón persistente en los labios. El corazón amenazaba con salirse del pecho, doblegado por la cobardía o por un deseo profundo de que la tierra se abriera y me tragara entera en este mismo instante.
Me consideré una completa pendeja por haberme dejado llevar de esa manera por sus besos, por anhelar la emoción de sentirme mujer tras años de soledad.
Cuando finalmente me recuperé de la crisis existencial que acababa de experimentar —al percibirme actuando como una ingenua adolescente no correspondida—, hice exactamente lo que debe hacer una mujer madura de mi edad: guardé con doble candado mi corazón en el baúl de los recuerdos, me miré fijamente al espejo buscando recuperar el temple y levanté la frente en alto. Actuaré como si lo que pasó hace solo unos instantes hubiese sido simplemente otro de mis sueños.
Intentaré olvidar lo que experimenté tan deliciosamente por un par de minutos, aunque haya sido uno de los episodios más fantásticos que he vivido en toda mi vida. Me recojo el cabello con firmeza en una cola de caballo, me cambio la ropa y bajo a la cocina con la mejor cara que puedo poner, obligando a mi cerebro testarudo a dejar de lado el incidente. Necesito archivarlo en lo más profundo, pues el amor en este cuadro de la historia es una calle de un solo sentido.
Me dispongo a preparar la sopa favorita de Isa, ahogando los pensamientos entre vegetales y sazón para distraerme. Una vez termina de hervir, tomo una cuchara para probar y digo en voz alta para romper el silencio opresor:
—¡En su punto, justo como a ella le gusta!
Vierto un poco del caldo humeante en el recipiente térmico. Sin embargo, al dar la vuelta, lo veo llegar con el semblante contrariado y la mirada pesada. Sin decir palabra, tomo un plato para servirle una porción junto a su taza de café negro, tratando de ignorar esos ojos de tiburón que no pierden el rastro de cada uno de mis movimientos. La tensión vuelve a subir hasta que él se aclara la garganta para dejar salir un murmullo apenas audible:
—¡Vicky!...
Lo interrumpo de inmediato, levantando una mano:
—¡No diga nada, señor! No es necesario —digo bajando la vista al piso, ya que en el fondo de su mirada logré detectar una especie de arrepentimiento, como si considerara que cometió un grave error. Eso me hizo sentir una punzada de autocompasión; qué ridícula fui al creer que un hombre como Ismael Bodra podría llegar a mirarme con otros ojos que no fuesen los de un patrón a su empleada.
—¡Por favor, déjame explicarte! —insiste él, dando un paso al frente.
—¡Como le dije, no es necesario! Usted es mi jefe, yo soy solo la nana de su nieta y aquí no ha pasado nada. Si me disculpa... —tomo el termo con las pocas micras de dignidad que aún me quedaban y salgo huyendo de la cocina.
Él guardó absoluto silencio, limitándose a mover la cabeza en señal de negación. Yo llevaba el corazón completamente estrangulado en el pecho, caminando rápido sin sentir sus pasos detrás de mí.
Al llegar al área del taller sumida en mis propios pensamientos, tratando de serenar mi respiración, los muchachos interrumpieron sus labores y empezaron a rodearme ansiosos, preguntando por Ismara:
—Victoria, ¿cómo está ella?
—¿Qué han dicho los médicos?
—¿Se encuentra bien?
—¿Cuándo va a volver?
—¿La podemos ir a ver al hospital?
Antes de que pudiera hilar una respuesta, lo escucho carraspear a menos de un paso a mis espaldas, interviniendo para decirles con voz firme y segura:
—No se preocupen por ella, muchachos, va a estar bien. Es muy probable que hoy mismo la tengamos de vuelta en casa.
Todos soltaron un suspiro de alivio y una amplia sonrisa se dibujó en sus rostros.
—Nos vamos, Vicky —añade Ismael, usando esa voz ronca que me detiene la respiración por un segundo.
Me limito a mover la cabeza en un asentimiento mudo. Él camina hacia el vehículo, abre la puerta del copiloto para mí y me subo sin mirarlo a la cara. Desvío de inmediato la vista hacia el paisaje, pues no tengo ganas de hablar ni mucho menos de escuchar cómo se disculpa o dice que se arrepiente de lo que pasó. Aun así, puedo sentir su mirada intensa clavada en mi perfil. No pasa mucho tiempo cuando el peso del silencio dentro del auto se vuelve insoportable y él lo corta diciendo:
—Vicky, necesito aclarar lo que ocurrió en la habitación...
Ni siquiera me giré a verlo, consumida por la vergüenza que me abrasaba las mejillas.
—Señor, no hay nada que decir. Solo se equivocó. No necesita dar explicaciones, déjelo así, por favor.
—Es que ese es justamente el problema. Escúchame, por favor...
Suelto un largo suspiro, exhausta física y emocionalmente.
—Está bien, lo escucho —respondo, sintiéndome completamente derrotada.
Ismael pone la luz direccional, reduce la velocidad y hace una pausa para estacionar el auto a la orilla de la carretera.