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Al límite

Al límite

Status: Terminada
Genre:CEO / Venganza / Traiciones y engaños / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:6
Nilai: 5
nombre de autor: Moena Elsa

Valeria Wiranata creía saberlo todo sobre su vida: un matrimonio estable, un hogar donde creció, una familia que la aceptó. Pero la noche de Año Nuevo, todo se derrumba cuando descubre a su esposo Adrián en la cama con su propia hermanastra, Ámbar.

Divorciada y despojada de todo, Valeria se enfrenta a una verdad todavía más devastadora: la familia que la crió jamás la quiso. Roberto Kusuma, el hombre al que llamó padre durante años, solo la acogió por interés. Patricia, su madrastra, la trató como sirvienta. Y Ámbar, la hija consentida, le robó al marido sin remordimiento alguno.

Cuando la vida de Valeria parece tocar fondo, aparece Dominic Alexander: el CEO más temido del mundo empresarial, frío como un témpano ante todos... excepto ante ella. Dominic no solo le ofrece un puesto como directora de una empresa recién adquirida, sino que empieza a desmantelar, una por una, las vidas de quienes la lastimaron.

Pero Dominic guarda un secreto: conoce a Valeria desde la infancia. Y sabe algo sobre su verdadero origen que cambiará para siempre el tablero de poder.

Detrás de cada movimiento corporativo hay una jugada personal. Detrás de cada acto de venganza, un acto de amor. Y detrás de la mujer que todos subestimaron, se esconde la heredera de una de las fortunas más grandes del país.

NovelToon tiene autorización de Moena Elsa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Astutos entre astutos

La comitiva se detuvo en seco.

Una pequeña señal bastó para que arrastraran a Patricia lejos y la metieran a la fuerza en una camioneta.

—¡Mamá! —gritó Ámbar y corrió a impedirlo.

El jefe volvió a hacer una seña, y a Ámbar también la empujaron dentro del vehículo sin miramientos.

—¿Qué es esto? —Ámbar forcejeó.

Las dos mujeres, de generaciones distintas, lucharon, pero su fuerza no se comparaba con la de los hombres que las sometían.

—Mamá, ¿qué está pasando? Siento que nos están secuestrando —Ámbar miró a su madre, exigiéndole una explicación.

—Yo tampoco entiendo por qué terminamos así —respondió Patricia.

—¿Ese era tu gran proyecto? No tiene ningún sentido. Si lo hubiera sabido, no vengo —se quejó Ámbar, arrepentida.

—Cállate un momento. Me duele la cabeza con tus quejas —la regañó Patricia.

Patricia trató de convencer al hombre sentado frente a ella.

—Señor, ¿podría dejarnos bajar? Tengo un evento esta tarde al que debo asistir —recordó su compromiso con la reunión de socialités. Esa tarde tocaba la exhibición de diamantes encargados a la señora Sentosa.

No obtuvo respuesta, lo cual irritó aún más a Patricia.

—¿Están sordos? ¡Quiero bajarme! —gritó Patricia cerca del oído de uno de los hombres.

—¡Cállese! —le respondieron con una mirada cortante.

—De verdad que ustedes son el colmo. ¿Acaso no saben quién soy? —Patricia echó mano de su arma infalible: la soberbia de mujer adinerada.

—Señora, si sigue hablando, no nos vamos a tentar el corazón para amordazarla —la mirada intimidante hizo que Patricia perdiera algo de aplomo.

—Solo quiero hablar con su jefe. Nada más. Lo que están haciendo es un secuestro y los puedo denunciar ante la policía —replicó Patricia.

La camioneta siguió su marcha sin importarle que Patricia y Ámbar no dejaran de protestar.

—Están locos —bufó Patricia al no recibir respuesta de ninguno de los hombres.

* * *

Un mensaje llegó al celular de Roberto. Una sonrisa torcida le cruzó el rostro.

—Al fin me contestas —soltó.

Roberto se preparó para salir.

—Hoy tiene que quedar resuelto —murmuró.

—Qué silencio hay en esta casa. ¿A dónde se habrán ido esas dos? —observó, sin encontrar rastro de su esposa ni de su hija.

—Mejor que no estén. Así me voy tranquilo —se dirigió al garaje.

Un restaurante de lujo fue su destino.

—Salón VIP ocho —indicó Roberto al mesero que lo recibió.

—Por aquí, señor, lo acompaño —respondió el mesero con cortesía.

Roberto caminó con las manos en los bolsillos del pantalón.

El mesero tocó la puerta por él.

—Adelante —se escuchó una voz grave desde el interior.

Roberto entró al salón VIP ocho con total seguridad.

Por un instante se quedó impresionado ante el hombre de mediana edad que, con porte imponente y lleno de autoridad, estaba sentado con las piernas cruzadas frente a él.

—¿Cómo estás? Cuánto tiempo sin vernos —lo saludó Roberto con falsa cordialidad.

No hubo respuesta; solo un gesto invitándolo a sentarse.

—Mmh, está bien. Sigues tan frío como siempre —dijo Roberto con una carcajada amplia.

—Al grano —la voz grave sonó tajante.

—Está bien, está bien. ¿Ni siquiera quieres conversar un poco? Somos viejos conocidos, hermano —insistió Roberto.

—No somos tan cercanos como para perder el tiempo con trivialidades —respondió el hombre con seriedad.

—Mmh, de acuerdo —Roberto se puso serio también.

—Pero antes de contarte todo, necesito cinco mil millones ahora —agregó, imitando al otro al cruzar las piernas.

—Tsk. Sigues igual. Rastrero —el hombre frente a Roberto esbozó una sonrisa cínica.

—Cinco mil millones son una bicoca para ti, hermano. No se comparan con la información que voy a darte —aseguró Roberto.

—La información puede ser falsa —replicó el otro con firmeza.

—Tengo pruebas de sobra. Quédate tranquilo —lo atajó Roberto.

—Entrégame las pruebas. Los cinco mil millones serán tuyos.

—Te las doy cuando me des un adelanto —condicionó Roberto.

—Hecho —sin más rodeos, el hombre de mediana edad se puso de pie y se marchó, dejando a Roberto con una sonrisa de satisfacción.

Qué fácil es negociar con él, pensó Roberto.

Se fue sin probar bocado de lo que había servido en la mesa. El hambre quedó reemplazada por la satisfacción de saber que cinco mil millones estaban a punto de llegar a sus manos.

Por casualidad, justo en la entrada, Roberto se cruzó con Valeria.

Valeria tenía el rostro hinchado de tanto llorar.

—Vaya, vaya. Mi hija está aquí —la saludó Roberto, acercándose.

Valeria se sobresaltó, pero enseguida recuperó la compostura.

—Sí, don Roberto —lo miró de frente.

Roberto se aproximó.

—¿Cómo estás? ¿Te sorprendió lo que te conté esta mañana? —le susurró.

Valeria no respondió.

—Prepara el dinero que te pedí y pronto sabrás quién es tu verdadero padre —añadió Roberto.

Valeria apretó los puños.

Roberto se alejó de ella con una sonrisa amplia.

—Voy a exprimir a los dos bandos al máximo —murmuró. Ese día se sentía más que satisfecho. De un solo golpe, mataba dos pájaros.

Caminó hacia donde tenía estacionado su auto.

Abrió la puerta y estaba a punto de subir cuando un agarre firme le cortó el paso.

Roberto se dio la vuelta y lanzó un golpe por reflejo, pero su puño solo cortó el aire. El hombre lo esquivó en el momento justo.

—¿Quiénes son ustedes? —gritó Roberto, forcejeando.

Cuatro hombres jóvenes de complexión robusta obligaron a Roberto a subir a un auto de lujo.

Roberto se resistió.

Uno de los hombres le aplicó una inyección. No pasó mucho tiempo antes de que Roberto perdiera el conocimiento.

El auto se alejó con calma. La violencia que acababa de ocurrir se desvaneció sin dejar rastro.

* * *

—¿Sigues aquí? —preguntó Laura al ver que Valeria no se había movido del lugar.

Laura se había excusado un momento para ir al baño.

Valeria se sobresaltó, volviendo en sí.

—Vamos, antes de que se llene —Laura la tomó del brazo.

Al notar algo extraño, Laura volvió a preguntar:

—¿Qué te pasa?

—Roberto Kusuma estuvo aquí —dijo Valeria en voz baja.

—¿Qué? —Laura se alarmó y recorrió el lugar con la mirada, buscando al hombre del que Valeria hablaba.

—Ya se fue. Hace un momento —respondió Valeria.

—¿Te molestó? —preguntó Laura, preocupada.

—No. Solo quiere cambiar información sobre mi origen por dinero —explicó Valeria.

—Qué hombre tan rastrero —soltó Laura.

Valeria se rio.

—Mi vida es muy cómica, Laura.

—Cada persona tiene su propio destino. Y no podemos rechazarlo —reflexionó Laura.

Valeria le dio la razón.

De pronto, un joven de porte erguido se acercó a la mesa de Valeria y Laura.

—Buenas tardes, señoritas. Mi jefe desea invitarlas —las saludó con cortesía.

—¿Su jefe? Se equivoca de personas, señor —intervino Laura.

Al no reconocer a nadie, Valeria y Laura declinaron.

El hombre insistió e incluso las presionó para que lo acompañaran.

—Mmh, está bien. Vamos. Al menos comeremos gratis en un restaurante tan caro como este —bromeó Laura. Valeria le dio un codazo que casi la hizo trastabillar.

—Oye, jefa, mide tu fuerza con los subordinados —se rio Laura, y Valeria no pudo evitar sonreír.

—Eso, así me gusta, jefa. Sonreír trae buenas cosas —se alegró Laura al ver que Valeria volvía a sonreír.

Las dos siguieron los pasos del joven que había venido a buscarlas.

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