Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 21
Capítulo 21
El trato con Joaquín
Entonces acelera.
Nicolás aceleró.
Y don Alejandro Carranza también.
Dos días después, Joaquín llegó a Torre Montero con un ramo de disculpa, una caja de té carísimo y la cara de un hombre enviado al sacrificio por su propio padre.
Sofía lo recibió en la oficina de Leonardo, sentada detrás del escritorio ajeno como si estuviera ensayando para una adquisición hostil.
Leonardo estaba a un lado, revisando documentos.
No parecía anfitrión.
Parecía juez.
—Señorita Reyes —dijo Joaquín—. Vengo a disculparme por los daños que le causé.
Sofía miró el ramo.
—¿Las flores son para mí o para decorar tu culpa?
Joaquín bajó los ojos.
—Para usted.
—Qué pena. Soy alérgica a los gestos tardíos.
Leonardo no levantó la vista.
Pero su pluma dejó de moverse.
Joaquín respiró hondo.
—Mi padre me pidió que viniera. Pero la disculpa es mía.
[Traducción: don Alejandro vio que el hijo ilegítimo puede aparecer a pelear herencia y ahora quiere que Joaco deje de actuar como perro mojado de Vale. Felicidades, heredero Carranza, tu arco de desarrollo empezó por miedo a que Nico te quite el apellido.]
Joaquín se quedó rígido.
Nico.
Hijo ilegítimo.
Apellido.
Leonardo levantó la mirada apenas.
Sofía tomó una hoja en blanco y se la empujó a Joaquín.
—Escribe.
—¿Qué?
—Una disculpa.
—Ya la dije.
—Las palabras habladas se las lleva el ego. Las escritas se pueden archivar.
Joaquín miró a Leonardo.
Leonardo pasó una pluma.
—Escribe.
Así empezó la penitencia.
Joaquín escribió desde las once de la mañana hasta que el sol se movió sobre los ventanales. La primera versión sonaba como comunicado de relaciones públicas. Sofía la rompió.
La segunda tenía demasiadas excusas. Sofía la rompió.
La tercera decía "si la ofendí". Sofía la rompió sin leer más.
—No uses "si" cuando sabes perfectamente lo que hiciste.
Joaquín apretó la pluma.
—Está disfrutando esto.
—Mucho.
—Al menos es honesta.
—Esa es mi marca.
A las cinco de la tarde, Joaquín ya no tenía ramo, ni té, ni dignidad intacta.
Tenía seis páginas de disculpa y una mano cansada.
Sofía leyó la última versión.
—Aceptable.
Joaquín exhaló.
—Entonces...
—Ahora hablemos de Lirio Entertainment.
La mano de Joaquín se cerró.
—Eso no me pertenece.
—Pero lo protegiste. Usaste contactos, dinero y nombre para sostenerlo cuando Valentina lo necesitó. Si Lirio me reclama tres millones por un contrato armado con hojas en blanco, yo puedo discutirlo con abogados durante meses.
Sofía se inclinó hacia adelante.
—O tú puedes transferirme la empresa y ahorrarnos teatro.
Joaquín la miró como si hubiera pedido la luna con factura.
—¿Lirio?
—Completa.
—Valentina...
—Valentina te va a llorar. Luego te va a culpar. Luego va a pedirte algo más caro. Ahorra tiempo.
[Además, Lirio está sucia pero sirve. Y si la combino con Naranja Media, que ahora parece una empresita mediocre pero en dos años tendrá al futuro actor más rentable del país, puedo empezar mi propia base económica. Gracias por financiar mi independencia, Joaco.]
Joaquín levantó la cabeza.
—¿Naranja Media?
Sofía sonrió.
—Qué buen oído.
Leonardo bajó la pluma.
Joaquín lo vio.
Fue un segundo.
Uno.
Pero bastó.
Leonardo también había reaccionado a la voz interior.
Joaquín sintió que otra pieza caía en su lugar.
No estaba solo.
El señor Montero también podía oírla.
Y lo había sabido desde antes.
—Quiero a Naranja Media también —dijo Sofía.
Joaquín soltó una risa sin humor.
—Me está robando.
—No. Te estoy dando la oportunidad de pagar con empresas antes de pagar con cárcel.
La palabra cárcel lo golpeó donde debía.
Joaquín firmó a las siete con diecisiete de la noche.
Antes de firmar, miró durante mucho rato aquellas páginas de transferencia.
No era solo una empresa.
Era admitir, con tinta, que Valentina había usado algo suyo para tender trampas. Era aceptar que cada favor que él creyó romántico tenía forma de herramienta. Era poner precio a una devoción que durante años llamó amor porque no tenía valor para llamarla humillación.
Sofía no lo apuró.
Eso fue peor.
El silencio le dejó escuchar sus propias excusas agotándose una por una.
—Ella va a odiarme —dijo Joaquín.
—Probablemente.
—No pareces compadecerte.
—Te estoy dejando salir con vida simbólica. La compasión se cobra aparte.
Joaquín soltó aire por la nariz.
—Antes eras más fácil de entender.
Sofía apoyó el codo en la mesa.
—No. Antes era más fácil de pisar.
La frase no fue alta.
Pero Joaquín firmó después de escucharla.
Lirio Entertainment y Naranja Media pasarían a una estructura controlada por Sofía bajo revisión legal. Leonardo puso a jurídico a blindar la transferencia. Don Alejandro, llamado por teléfono, guardó silencio durante diez segundos antes de aceptar.
—Mi hijo va a aprender —dijo.
Sofía respondió:
—Ojalá cobre menos caro la siguiente clase.
Cuando Joaquín salió, encontró a Renata esperándolo en el vestíbulo de Torre Montero.
Su madre no preguntó por las empresas.
Preguntó:
—¿Ella también lo sabe?
Joaquín se detuvo.
—¿Qué?
Renata miró hacia los elevadores.
—Sofía Reyes. Tu padre está inquieto. Leonardo actúa distinto. Tú pareces otro. Esa muchacha no se mueve como alguien que solo tuvo suerte.
Joaquín pensó en la voz.
En preso y muerto.
En Nico.
En Leonardo reaccionando al mismo tiempo.
—No sé qué es —dijo—. Pero Leo también lo oye.
Renata no entendió.
Pero conocía a su hijo lo suficiente para saber que no estaba hablando en metáforas.
—Entonces no juegues solo —dijo ella.
Joaquín la miró.
Renata Vega había pasado años sonriendo en cenas al lado de don Alejandro, una esposa de apellido caro y ojos melancólicos. La gente creía que era frágil porque hablaba poco. Joaquín sabía que su madre guardaba silencios como otros guardaban armas.
—Papá no va a permitir que Nico se acerque —dijo él.
Renata sonrió sin alegría.
—Tu padre permite todo lo que cree controlar.
—¿Sabes algo?
—Sé que los hombres que esconden hijos no esconden solo hijos.
Joaquín pensó en el mensaje que no pudo escribir, en los caracteres rotos, en la cárcel que Sofía había pronunciado dentro de su cabeza.
—Mamá, si algún día te pido que te vayas de casa...
Renata le tocó la mejilla.
—Hace años tengo lista una maleta, hijo.
La frase lo dejó sin aire.
Y por primera vez, Joaquín entendió que quizá él no era el único preso en la residencia Carranza.
Abajo, en la salida principal, Leonardo abrió la puerta del coche para Sofía.
—Hoy conseguiste dos empresas.
—Y una disculpa escrita. No minimices mi arte.
—No lo hago.
Sofía estaba a punto de subir cuando un auto deportivo rojo se atravesó frente a ellos.
Rodrigo bajó con un abrigo negro, una bufanda gris y una palidez cuidadosamente dramática.
—Estoy muriendo —anunció.
Leonardo lo miró sin emoción.
—Muérete en otro carril.
Rodrigo tosió.
La tos sonó real.
Sofía frunció el ceño.
—¿Qué tienes?
—Infección. Necesito una inyección. Odio los hospitales. Acompáñame.
—¿Y por qué yo?
Rodrigo se apoyó en el cofre del coche de Leonardo como si fuera escenario.
—Porque me siento débil y las mujeres casadas me dan valor.
Leonardo cerró la puerta del coche con demasiada fuerza.
Sofía miró a uno.
Luego al otro.
—No puede ser. ¿También van a competir por quién enferma con más estilo?
Rodrigo sonrió, pálido y descarado.
Leonardo tenía la cara de un hombre a punto de comprar una grúa.
Y Sofía, en medio de los dos, pensó que su vida falsa estaba volviéndose demasiado ruidosa para ser ficción.