Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?
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El Destierro
El silencio que siguió a las palabras de mi padre fue más aplastante que el rugir de cualquier ejército.
Detrás del estandarte, apenas me atrevía a respirar.
Sentía el sudor frío correr por mi nuca y el peso de una verdad que cambiaba todo lo que creía de mi familia.
Mi padre, el gran héroe Oemirus, estaba quebrado por el remordimiento de un error cometido hace quince años.
La reacción en el salón de la asamblea no se hizo esperar.
Tras el impacto de la noticia, las voces de algunos representantes de las polis estallaron como un trueno.
—¡Nos has traído la ruina, Oemirus! —bramó uno de los líderes, golpeando la mesa de madera.
—¡Esa sangre derramada no nos pertenece! ¡Esos bárbaros buscan tu cabeza, no la nuestra!
—¡Silencio! —la voz de mi tío Philos resonó con la autoridad de un veterano, dando un paso al frente para colocarse al lado de mi padre.
—En aquel entonces, todos juramos protegernos mutuamente. La prosperidad que han disfrutado sus pueblos en los últimos quince años se construyó sobre las bases de la unión y un sentido puro de hacer lo correcto. Lo hicimos para que terminara el saqueo y la obligación de pagar tributos a tiranos y bandidos. No podemos fragmentarnos ahora; si nos dividimos, nos aniquilarán uno a uno.
Mi padre alzó la mano y el tumulto cesó lentamente. Sus ojos, cansados pero determinados, recorrieron el gran salón.
—No pretendo esconderme detrás de sus escudos —dijo con una calma que erizaba la piel.
—Si mi cabeza pudiera salvar lo que aún queda de Wilders, sin dudas la entregaría en una bandeja de plata. Pero esos bárbaros ya arrasaron Apameia, además del norte y el centro de la región. No buscan un trato; quieren la erradicación total de nuestros pueblos. La única opción es resistir.
Mientras los líderes comenzaban a discutir febrilmente las estrategias, sentí un leve tirón de mi túnica.
Me di vuelta; era mi tío, que se había acercado a mí sin que nadie se diera cuenta. Con una seriedad que pocas veces le había visto y un gesto rápido de la cabeza, me indicó que era hora de salir.
Me deslicé con cuidado por donde llegué, aprovechando que la atención de todos estaba centrada en los mapas desplegados sobre la mesa principal. Salí por la misma ventana lateral, cayendo sobre la tierra fresca del exterior.
El aire libre golpeó mi rostro, pero no lograba disipar la angustia que sentía en mi pecho.
El panorama en el pueblo era de tensión y miedo. Las órdenes de emergencia de mi tío Philos se estaban cumpliendo sin error. Había mujeres cargando sacos de grano hacia los almacenes centrales, ancianos y herreros afilando y preparando las armas, y niños con el rostro desencajado por el miedo, guiados y consolados por sus madres.
El ambiente olía a metal y a resina quemada.
—Te di una tarea, Mélon —una voz firme me sacó de mis pensamientos.
Era Melos. Estaba de pie frente a mí con los brazos cruzados y una expresión tensa en su mirada que le hacía parecer mucho mayor de sus dieciocho años. Llevaba la espada corta ceñida a la cintura, el símbolo de su herencia y el peso de su futuro.
—¿Contaste los animales? —me preguntó, clavando sus ojos en los míos.
Tragué saliva, sintiendo una profunda culpa. Él intentaba mantener la compostura, intentaba ser el líder en el que algún día se convertiría, y yo solo había estado jugando a ser un espía.
—Lo... lo siento, Melos. Me distraje —menti, bajando la mirada.
No podía decirle lo que había escuchado en la sala; el peso de ese secreto era demasiado grande para hablarlo en medio de la plaza.
Melos suspiró, dejando caer los hombros por un breve segundo y revelando la grieta en su armadura de madurez. Se acercó y me puso una mano en el hombro.
—No hay tiempo para distraerse, hermanito —dijo con voz suave pero urgente.
—El mundo que conocemos se está cayendo a pedazos. Papá y Philos están haciendo lo posible en la asamblea, pero nosotros debemos asegurar que haya comida si nos encierran aquí. Necesito saber cuántas cabezas de ganado podemos meter al recinto amurallado antes del anochecer.
Hazlo ahora, por favor.
Asentí con firmeza, contagiado por su serenidad.
—Lo haré de inmediato.
Me di la vuelta y me dirigí hacia los corrales de la periferia, donde los pastores intentaban agrupar a las ovejas, cabras y gallinas.
Mientras ellos los contaban y anotaban en un pergamino que debía llevar a mi padre, decidí ayudarlos a arriar los animales.
En medio del trabajo, mis ojos se desviaron hacia la línea del horizonte, más allá de los límites de Wilders.
El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un tono rojizo que me recordó amargamente a la descripción que mi padre hizo de la caída de Palfidias.
En algún lugar, oculto entre los bosques y las colinas destruidas, el colosal ejército enemigo avanzaba.
Un enorme grupo de guerreros motivados por quince años de odio acumulado, buscando cobrar una deuda de oro pagada con sangre.
Apreté el puño; ya no era un niño escuchando historias de batallas lejanas.
Aquel simple instante de confusión y malentendido nos había alcanzado, y el eco de lo ocurrido en aquella ciudad hace tantos años estaba a punto de golpear nuestras puertas.
La noche cayó sobre nuestro pueblo como un manto pesado y oscuro, pero el poblado no durmió.
Las antorchas de resina iluminaban en los postes las siluetas de los hombres que seguían reforzando las empalizadas exteriores.
El aire se encontraba cargado de un olor a madera cortada.
Crucé la plaza principal a paso apresurado, sosteniendo contra mi pecho el pergamino de cuero donde habían anotado minuciosamente el conteo de los animales y las provisiones.
Mis dedos estaban entumecidos por el frío, pero mi mente ardía con las verdades que había escuchado a escondidas unas horas antes.
Me dirigí al edificio central de piedra y madera. Al empujar las pesadas puertas del salón, el calor del hogar me golpeó el rostro. Allí, rodeando una mesa plagada de mapas desgastados, se encontraban las tres figuras que regían mi vida: mi padre Oemirus, mi tío Philos y mi hermano Melos. Sus rostros, iluminados por el parpadeo de las velas, reflejaban un cansancio profundo.
—Aquí están los números, Melos —dije, rompiendo el silencio de la sala mientras extendía el pergamino sobre la mesa.
Mi hermano lo tomó de inmediato, recorriendo las líneas con la mirada mientras asentía levemente.
—Buen trabajo, Mélon —me dijo con voz ronca.
—Con esto confirmamos que tenemos suficiente alimento para el pueblo ante un asedio de tres meses, siempre y cuando ya hayan logrado meter todos los animales dentro de los muros.
Mi padre, que había estado observando un mapa de las fronteras con los brazos apoyados en la mesa, alzó la vista. Su mirada se clavó con la mía, denotando que sabía que yo no había pasado toda la tarde simplemente contando animales.
—Has estado muy callado desde la asamblea, hijo —dijo con voz grave.
—Sé que estuviste escuchando detrás del estandarte. Philos me lo dijo.
Tragué saliva, sintiendo un hueco en el estómago. Miré a mi tío, que solo me dedicó una mirada comprensiva.
—Lo siento, padre —admití en voz baja.
—Pero necesitaba entender. El joven sobreviviente... todo el pueblo tiene miedo. Si los bárbaros vienen por venganza debido a lo que pasó en Palfidias... ¿por qué el rey Tridates no envía tropas para ayudarnos? Enviamos emisarios urgentes ayer. ¿Por qué estamos solos en esta frontera?
Melos dejó el pergamino sobre la mesa y miró a mi padre. Era una pregunta que él también se hacía, una duda que corroía la moral de cualquiera que mirara hacia los caminos vacíos del reino.
Mi padre soltó una risa amarga, un sonido seco que no tenía pizca de gracia.
Miró a Philos, quien simplemente asintió, dándole a entender que era hora de que sus hijos supieran la verdad completa.
—No vendrá nadie, Mélon. El rey no enviará un solo soldado a defendernos —reveló mi padre, enderezando su imponente figura.
— Para la corte de la capital, nosotros ya estamos muertos desde el día que nos enviaron aquí.
—¿A qué te refieres? —preguntó Melos, dando un paso al frente, desconcertado.
— Tú fuiste el regente de Palfidias. Ayudaste a expandir el reino, trajiste paz...
—Y eso fue exactamente lo que nos destruyó, Melos —intervino mi tío, apoyando su mano sobre la mesa.
—La envidia es un veneno silencioso. Mientras tu padre derramaba sangre en batalla y construía alianzas en las regiones, en la comodidad de la capital se gestaba una traición. El consejo del rey comenzó a ver a Oemirus no como un héroe, sino como una amenaza. Pensaban que su influencia sobre el ejército y el pueblo superaría la de las propias élites.
La indignación se encendió como una chispa en los ojos de mi padre.
—El líder de esa intriga fue Efialtes, el cuñado del rey —continuó Oemirus, apretando los puños con tanta fuerza que sus dedos crujieron.
— Un hombre cobarde que jamás había empuñado una espada en batalla, pero cuya lengua era más afilada que cualquier acero. Manipuló al rey luego de lo sucedido con el emisario, sembrando dudas sobre mi lealtad y convenciéndolo de que yo había actuado por decisión propia en el asesinato del joven emisario y sus hombres.
Los recuerdos parecían materializarse en la penumbra del salón. Mi padre bajó la mirada, reviviendo el momento exacto de la caída en desgracia.
—Aún puedo ver su sonrisa burlona y la soberbia en el rostro de Efialtes cuando llegó a Palfidias —dijo mi padre con una voz cargada de un desprecio absoluto.
—Se presentó ante mí escoltado por la guardia real, portando una carta sellada por el mismísimo rey. El decreto era claro: debía abandonar de inmediato mi puesto como regente. Se nos despojaba de nuestros honores y se nos ordenaba partir, junto a las familias de los soldados que me habían sido más leales, hacia los límites de la región sur de Wilders.
—Esta zona... —comprendió Melos en un susurro, mirando el mapa de nuestra ubicación actual.
—Exacto —asintió Philos.
—Esta frontera siempre ha sido una tierra maldita. Un territorio plagado de bandidos, señores de la guerra y dictadores de pueblos vecinos que se creían amos de vidas ajenas. Es el lugar donde el rey envía a todo aquel que considera una amenaza para su pueblo, pero que no puede ser encarcelado legalmente porque cuenta con el apoyo y el respeto de la gente. Nos enviaron aquí esperando que los salvajes de la frontera hicieran el trabajo sucio por ellos.
—Pero no lo hicieron —dije, mirando a mi padre con un nuevo velo de admiración.
—En lugar de morir, construyeron este pueblo, unificaron las polis en una nueva alianza y mantuvieron a raya a los tiranos locales.
—Sobrevivimos —corrigió Oemirus, clavando sus ojos con determinación sobre mí.
—Convertimos esta tierra hostil en nuestro hogar. Pero el pasado es una sombra larga, hijo mío. Los burócratas de la capital nos abandonaron hace quince años y no moverán un dedo. Ahora no podemos esperar salvación de un rey manipulado.
Mi padre caminó hacia la pared donde descansaba el gran escudo de bronce, el mismo con el que había combatido y posteriormente defendido las murallas de Palfidias, y lo tomó con firmeza.
Al girarse hacia nosotros, toda pizca de melancolía había desaparecido de su rostro. Sus ojos brillaban con la ferocidad del comandante de élite que una vez fue.
—Las historias del pasado terminan esta noche —sentenció Oemirus, y su voz resonó con una autoridad que disipó cualquier rastro de duda en la sala.
— Ya saben quiénes somos, de dónde venimos y por qué nadie va a venir en nuestro auxilio. Estamos solos. Pero somos los mismos hombres que doblegaron señores de la guerra y domesticaron estas fronteras. A partir de mañana, no habrá más lamentos por lo que dejamos atrás. Mañana empieza la guerra por lo que tenemos aquí. Melos, Mélon... descansen lo que puedan. Al amanecer, los bárbaros sabrán por qué nos temían tanto.