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La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

La Princesa Del Destino Dorado: ¿Como Sobrevivir Al Emperador?

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencarnación / Hijo/a genio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis_Ochoa

Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.

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Capítulo 18

El jardín secreto de las rosas de cristal resplandecía bajo los rayos del sol de mediodía. O al menos, Evelyn esperaba que resplandeciera. La noche anterior, la promesa del Emperador de acompañarla había sido un bálsamo tan potente que la había sumido en un sueño profundo y, por primera vez en su nueva vida, verdaderamente reparador. Al despertar, el frío habitual de su habitación parecía menos penetrante, el silencio, menos opresivo. Un hilo de esperanza, tan delicado como las venas de una hoja, se había tejido en su corazón.

La mañana fue un torbellino de emociones contenidas y preparativos ansiosos. Evelyn no tenía ropa adecuada, y su delgado camisón blanco, aunque limpio, no era precisamente el atuendo de una princesa para un paseo con el Emperador. Sus pequeños pies seguían descalzos, una constante humillación que, sin embargo, había convertido en parte de su personaje: la niña olvidada, simple y sin pretensiones. Se lavó el rostro con el agua helada del lavamanos, peinó su cabello dorado con los dedos hasta desenredar los nudos, tratando de verse lo más presentable posible dentro de sus limitaciones. La imagen que el reflejo en la ventana le devolvía era la de una niña pálida, con ojos inusualmente grandes y azules, llenos de una mezcla de inocencia infantil y una determinación ferozmente adulta.

—Tienes que ser perfecta, Evelyn —se susurró a sí misma, la voz apenas audible. —No puedes fallar ahora.

El tiempo se arrastraba con una lentitud exasperante. Cada tic-tac imaginario de un reloj, cada sombra que se movía en su pared, parecía alargar la espera. Se pasó las horas revisando sus libros de historia, dibujando mapas, fingiendo una calma que no sentía. Pero su mente estaba en otra parte, repitiendo una y otra vez la conversación de la noche anterior, el fugaz atisbo de algo humano en los ojos dorados del Emperador. ¿Habría sido solo su imaginación? ¿Se arrepentiría él de su promesa? El miedo al rechazo, a ser devuelta al olvido con una crueldad aún mayor, era una punzada constante en su estómago.

Alrededor del mediodía, un golpe suave pero firme en la puerta la sacó de sus cavilaciones. Evelyn se puso de pie de un salto, su corazón latiendo como un tambor de guerra. Era el sirviente personal del Emperador, el mismo hombre impasible de la noche anterior.

—Princesa Evelyn —dijo el sirviente, su voz monótona y sin inflexiones. —Su Majestad la espera en la entrada del ala principal.

Evelyn asintió, tratando de mantener la compostura. —Gracias. Iré de inmediato.

El sirviente se retiró con la misma eficiencia silenciosa con la que había llegado. Evelyn respiró hondo, un último intento de calmar sus nervios, y salió de su habitación, cerrando la puerta con un suave *clack* que resonó con la solemnidad del momento.

El trayecto hasta la entrada del ala principal fue una procesión solitaria pero cargada de significado. Pasó por los pasillos que se habían vuelto familiares: los oscuros y polvorientos pasadizos de servicio, los majestuosos pero desiertos corredores del Palacio de Cristal, y finalmente, la suntuosidad intimidante del ala principal. Cada paso la acercaba no solo a su padre, sino a una nueva fase de su existencia. Sus pequeños pies, acostumbrados a la frialdad del mármol, no sintieron el frío. Su mente estaba demasiado ocupada procesando la magnitud de lo que estaba a punto de suceder.

Al llegar a la entrada, la escena ante sus ojos la detuvo en seco. Allí estaba el Emperador, su figura imponente destacándose incluso en el vasto espacio. Llevaba una túnica de un profundo azul medianoche, bordada con hilos de plata que formaban el emblema del fénix. Su cabello, del mismo tono dorado oscuro que el de Evelyn, estaba recogido con sobriedad. A su lado, el Chambelán, con su expresión de perplejidad y nerviosismo habitual, se mantenía a una distancia respetuosa. Varios guardias imperiales, ataviados con sus armaduras de ceremonia, flanqueaban la entrada. La visión era de poder y solemnidad, y por un instante, Evelyn se sintió abrumada, una mota insignificante en ese grandioso cuadro.

El Emperador, como si sintiera su presencia, giró ligeramente la cabeza. Sus ojos dorados se posaron en ella, escaneándola de arriba abajo, deteniéndose apenas en su camisón sencillo y sus pies descalzos. No había juicio en su mirada, sino la misma evaluación fría y analítica a la que Evelyn ya se había acostumbrado.

Evelyn, con un nudo en la garganta, dio un paso adelante. No corrió, no dudó. Caminó con la dignidad que su pequeño cuerpo podía ofrecer, sus ojos azules fijos en los de su padre.

—Padre —dijo Evelyn, su voz infantil sonó dulce, pero firme, no quebrada por el miedo. Hizo una reverencia, un gesto que había perfeccionado en su imaginación.

El Emperador asintió con un movimiento casi imperceptible de su cabeza.

—Princesa —respondió, su voz era profunda y resonante, sin calidez, pero tampoco con la fría indiferencia inicial. Era una voz de autoridad, pero con una nueva nota de... aceptación.

Evelyn notó un detalle inusual. En la mano del Emperador no había una espada, ni un pergamino, sino un pequeño bastón de paseo de madera oscura, finamente tallado. Un objeto simple, humano, que contrastaba con su aura de poder.

—El jardín de las rosas de cristal se encuentra en el ala sur del palacio —dijo el Emperador, su voz era ahora más directa, como si diera instrucciones. —Sígueme.

Y sin esperar una respuesta, se dio la vuelta y comenzó a caminar. Sus pasos eran largos y medidos. Evelyn tuvo que esforzarse para seguirle el ritmo, sus pequeñas piernas trabajando con todas sus fuerzas. El Chambelán, con una última mirada de preocupación hacia la pequeña princesa, se quedó atrás, inmóvil junto a los guardias.

El camino hacia el jardín de las rosas de cristal fue una experiencia para Evelyn. No era una simple caminata, sino una inmersión en una parte del palacio que nunca había visto. Cruzaron patios interiores adornados con fuentes y esculturas, pasillos con ventanas que daban a extensiones de césped inmaculado, lejos de la desolación del ala oeste. El aire se volvió más fresco, el sonido del palacio, más lejano. Un ambiente de paz y belleza comenzaba a envolverlos.

A medida que se adentraban en el ala sur, los corredores se volvieron más estrechos, más íntimos, adornados con tapices que representaban escenas pastoriles y arreglos florales delicados. La luz que se filtraba por las ventanas, ahora más numerosas, era suave y difusa. El Emperador caminaba en silencio, su presencia imponente, pero no amenazante. Evelyn lo siguió, su mente adulta observando cada detalle, su corazón infantil rebosante de una emoción que apenas podía contener.

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