Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: El primer día en el imperio Smirnov
El sol de la mañana apenas comenzaba a filtrar sus rayos dorados a través de las cortinas pesadas de la suite cuando Amanda ya estaba completamente despierta. A diferencia de las mañanas en su antigua casa, donde el día comenzaba con el temor a los gritos de su padre o los golpes de cobradores en la puerta, la calma abrumadora de la mansión Smirnov le resultaba casi irreal.
Se vistió con un traje de corte ejecutivo que Elena, la ama de llaves, le había dejado cuidadosamente colgado en el vestidor: un pantalón de vestir de tiro alto en tono negro y una blusa de seda marfil de cuello alto. Era impecable, sobrio y profesional. Amanda se miró al espejo, ajustándose el cabello en una cola de caballo tirante. Ya no parecía la muchacha asustada de la noche anterior; parecía una mujer lista para la guerra.
A las ocho en punto de la mañana, descendió hacia el despacho principal del primer piso. El edificio de oficinas centrales del grupo Smirnov no estaba en la mansión, sino en el piso más alto de un rascacielos de cristales espejados en el distrito financiero de la ciudad.
Un vehículo blindado condujo a Amanda bajo la custodia de dos escoltas armados. Al llegar al piso ejecutivo, el ambiente respiraba lujo, competitividad y un peligro latente. Empleados con trajes a la medida caminaban de un lado a otro portando carpetas y tabletas, pero el murmullo se detuvo de golpe cuando Amanda avanzó por el pasillo central escoltada por los hombres de confianza de la familia.
—¿Quién es la devushka? —murmuró un analista senior a una colega en voz baja, creyendo que Amanda no escucharía.
Amanda mantuvo la mirada al frente, la barbilla alzada.
La puerta de la oficina de la presidencia se abrió y Aleksandr Smirnov apareció en el marco. Vestía un traje gris oscuro de tres piezas que acentuaba la anchura de sus hombros y la esbeltez de su figura. Al ver a Amanda, sus ojos azul verdoso se entornaron con una mezcla de sorpresa y apreciación no disimulada.
—Puntual —dijo Alek, apoyándose en el marco de la puerta. Su voz grave resonó en el pasillo—. Entra, Amanda. Tenemos mucho trabajo.
Amanda cruzó el umbral y Alek cerró la puerta a sus espaldas, dejando fuera las miradas curiosas. La oficina era gigantesca, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de toda la ciudad. Sobre el escritorio de caoba descansaban tres monitores de alta resolución y pilas de estados financieros impresos.
—Dobroye utro, Amanda —dijo Alek en ruso antes de pasar al español, rodeando el escritorio—. Espero que hayas dormido bien. Hoy empieza tu semana de prueba. Si pensabas que esto era un juego de escritorio, estás muy equivocada. El holding Smirnov maneja desde logística naviera hasta fondos de inversión de riesgo... y otras actividades que no necesitan figurar en el registro público.
—Estoy lista, señor Smirnov —respondió ella con serenidad—. Demuéstreme qué necesita que haga.
Alek dejó caer un expediente de más de trescientas páginas sobre la mesa auxiliar.
—Este es el balance del último trimestre de la división de importaciones maritimas. Hay una fuga de casi setecientos mil dólares que tres contadores sénior graduados en Harvard no han podido justificar. Te doy hasta el mediodía para encontrar la inconsistencia. Si es un error de auditoría, me lo dices. Si alguien está robando, me das el nombre.
Amanda miró la pila de documentos. Para cualquiera sin formación universitaria, la tarea habría sido un castigo diseñado para provocar la renuncia. Pero para Amanda, que había aprendido a encontrar centavos invisibles en los desastres contables de su padre para evitar que se quedaran sin comer, los números eran un lenguaje intuitivo.
—¿Dónde me siento? —preguntó simplemente.
Alek sonrió, impresionado por la falta de dudar en su voz.
—Frente a mí —dijo, señalando una silla de cuero al otro lado de su enorme escritorio—. Quiero verte trabajar.
Durante las siguientes cuatro horas, la oficina quedó sumida en un silencio tenso y cargado de electricidad. El único sonido era el crujir del papel, el movimiento del bolígrafo de Amanda y las tecleadas ocasionales de Alek en su ordenador.
Sin embargo, debajo de esa fachada profesional, la tensión entre ambos era insoportable. Cada vez que Amanda se inclinaba sobre los papeles, su perfume de jazmín flotaba en el aire, haciendo que Alek levantara la vista de su pantalla para fijar sus ojos en el cuello estilizado de la joven, en la curva de sus labios fruncidos por la concentración y en la delicadeza de sus dedos.
Chyort voz'mi, pensó Alek para sus adentros, pasándose una mano por el cuello de la camisa. Nunca le había costado trabajo concentrarse en sus negocios, pero la presencia de esta muchacha a menos de dos metros le producía un calor extraño, un cosquilleo en la sangre que amenazaba con romper su autocontrol.
Por su parte, Amanda luchaba desesperadamente por mantener la mirada fija en los balances. Cada vez que alzaba la vista por un segundo, se topaba con la imponente figura de Alek: los brazos potentes marcados bajo la tela de la camisa, la línea masculina y marcada de su mandíbula y esa aura de peligro alfa que emanaba de cada uno de sus gestos. Sentía cómo se le aceleraba el pulso, una sacudida en el vientre que le confirmaba que su atracción por él no había sido un espejismo de la noche anterior.
A las once y cuarenta y cinco, quince minutos antes del límite, Amanda cerró el expediente con un golpe seco.
Alek levantó la mirada, alzando una ceja.
—¿Te rindes, krasavitsa? —preguntó con un tono desafiante.
—No —respondió Amanda, mirándolo directamente a los ojos con una sonrisa de absoluta victoria—. El dinero no se está perdiendo en el transporte marítimo. Está siendo desviado a través de sobrantes de facturación ficticios en la compra de combustible para los remolcadores. El auditor principal, el señor Petrov, ha estado duplicando las notas de débito. Aquí está el desglose.
Amanda le deslizó una hoja de papel escrita a mano con una pulcritud quirúrgica, donde cada cifra cuadraba al centavo.
Alek tomó la hoja, la examinó detenidamente y sintió cómo un escalofrío de incredulidad y fascinación le recorría la columna vertebral. La muchacha no solo había encontrado la fuga en cuatro horas, sino que había descifrado un esquema de fraude complejo sin ayuda de ningún software avanzado.
Alek alzó los ojos hacia ella. La mirada de ambos se cruzó en el aire, manteniéndose durante varios segundos en un silencio magnético donde las palabras sobraban.
—Bozhe moy... —musitó Alek en un susurro cargado de asombro—. Eres realmente increíble, Amanda.