Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 7: Labios hinchados y la obsesión de Gianna
El eco de la traba del cerrojo al destrabarse retumbó en la oficina como un latigazo. La puerta se abrió y se volvió a cerrar con un golpe seco cuando Dante Volkov cruzó el umbral, dejando tras de sí una ráfaga de aire helado impregnada de ese perfume espeso a cuero y tabaco.
Adentro, el tiempo parecía haberse detenido. Valeria continuaba petrificada contra el borde del escritorio de nogal, con las palmas apoyadas sobre la madera pulida y los nudillos blancos de la tensión. Sentía las piernas de trapo. Le temblaba el mentón y el pecho le subía y bajaba a una velocidad frenética, buscando un aire que parecía haberse vuelto demasiado denso para sus pulmones. Pero lo peor estaba en su cara: le ardía la boca. Tenía los labios sensibles, encendidos, hinchados por el roce salvaje de la barba de Dante y el ritmo devorador con el que la había besado.
Antes de que pudiera reaccionar o correr hacia el espejo para intentar acomodarse, la puerta del despacho se abrió de par en par sin que nadie se molestara en golpear.
Alessia y Pablo entraron como dos huracanes, con los ojos desorbitados de la intriga acumulada tras quince minutos de espera en el pasillo.
—¡Bueno, se terminó el misterio! —exclamó Alessia entrando primero, pero se frenó en seco a mitad del camino, casi haciendo que Pablo chocara contra su espalda—. A la mierda...
Pablo se quedó estupefacto, mirando a Valeria con la boca entreabierta.
La escena hablaba por sí sola: el cabello de Valeria, que a primera hora lucía un peinado impecable de peluquería, estaba revuelto, con mechones sueltos cayéndole sobre las mejillas; la seda de la blusa marfil tenía arrugas marcadas a la altura de la cintura, justo donde las manos de Dante la habían sujetado con fuerza; y su boca... la boca era un poema. El labial carmín estaba corrido por fuera de la línea natural, dejando una mancha rojiza hacia la barbilla, y los labios lucían notoriamente más gruesos, rojos yuyos y expuestos.
—Che, pendeja... —murmuró Pablo, soltando una risita nerviosa mientras se cruzaba de brazos—. ¿Ese era un control del contrato del muelle o te pasó un camión con acoplado por arriba?
—¡Por el amor de Dios, Valeria! —chilló Alessia, dando tres pasos veloces hasta quedar frente al escritorio, señalándole la cara con un dedo acusador—. ¡Mirá cómo tenés la boca! ¡Te la dejó hecha una compota! ¡Ese ruso no te besó, te comió directamente!
—Cállense los dos, por favor —alcanzó a articular Valeria, pasando la mano temblorosa por su escritorio para buscar desesperadamente un pañuelito de papel, evitando clavarles la mirada—. No pasó nada. Solo estábamos discutiendo unas cláusulas... el tipo es un desubicado, un agresivo de mierda que no sabe mantener la distancia corporativa y...
—¿Cláusulas? —la interrumpió Pablo, soltando una carcajada estridente que retumbó en las paredes—. ¡Por favor, Valeria! Discutían cláusulas y el tipo te raspó la cara con la barba hasta dejarte la piel en carne viva. Miren lo que es esa boca, parece que te hubieran aplicado anestesia local en el dentista.
—¡Y el labial! —agregó Alessia, riéndose con los ojos desorbitados por la malicia—. Tenés el labial marcado casi hasta la oreja. Decí la verdad, Rossi: ¿te comió la boca contra el escritorio o te puso contra el ventanal otra vez?
—¡Les dije que se callen! —gritó Valeria, sintiendo que el rubor violento le quemaba las orejas. Logró enganchar una toallita desmaquillante de su cajón y comenzó a frotarse los labios con furia, aunque lo único que consiguió fue acentuar el dolor en la piel sensible—. Es un animal. Es un tipo peligroso, no entiende razones. Vino a marcar territorio como un salvaje.
—Y bien que te dejó marcada —remató Pablo, guiñándole un ojo—. Decí lo que quieras del ruso, pero el tipo no pierde el tiempo. Con razón entraste cojeando hoy a la mañana. Ese hombre tiene una efectividad del cien por ciento.
En medio del frenesí de burlas y del ardor que sentía en la boca, Valeria miró de reojo la mano izquierda. La piel de su dedo anular estaba roja por el tirón violento con el que Dante le había arrancado la joya. El lugar donde hasta hace unos minutos descansaba el símbolo de su compromiso con Martín estaba completamente vacío.
—Pará... —dijo Alessia, cuyo ojo clínico no dejaba pasar un solo detalle. La amiga le agarró la muñeca izquierda y se la levantó a la altura de los ojos—. ¿Y el anillo? ¿Dónde está el anillo de Martín?
Valeria tragó saliva, sintiendo que la garganta se le secaba por completo. Miró hacia la ranura de ventilación del gran ventanal que daba a la avenida, recordando la frialdad con la que el ruso había arrojado el metal al vacío.
—Se... se me cayó —mintió torpemente, intentando zafar la mano—. Se me enganchó en la alfombra cuando abrí el cajón y rodó. Después lo busco.
—¿Rodó? —repetió Pablo, achicando los ojos con sospecha—. Valeria, ese anillo te quedaba ajustado, no se sale así nomás. No me digas que el magnate te vio la alianza y se la quedó de souvenir...
—¡Que no! ¡Ya les dije que se me cayó! —exclamó ella con la voz al borde de un hilo, exhausta, abrumada por la tormenta de sensaciones que le rugía en el vientre. Apoyó las dos palmas en la mesa y suspiró profundo—. Necesito que me dejen sola dos minutos. En serio. Tengo que lavarme la cara, peinarme y bajar a la sala de reuniones como si no hubiera pasado nada. Si mi papá me ve con esta cara, me mata.
Alessia y Pablo se miraron. Conocían los límites de su amiga y sabían que, detrás de la fachada de bronca y la boca hinchada, Valeria estaba temblando por dentro, absolutamente descolocada por el impacto de Dante Volkov.
—Está bien, te dejamos —cedió Alessia, dándole un apretón cariñoso en el hombro—. Pero de esta no te salvás, pendeja. Hoy a la noche te caemos al departamento con dos botellas de vino y nos contás con punto y coma cómo carajo besa el ruso, porque esa cara no es de sufrimiento, es de fuego puro.
Mientras tanto, en el pasillo principal del sector de alta dirección, el ambiente respiraba una calma tensa.
Dante caminaba con paso firme y pesado hacia el núcleo de ascensores ejecutivos. A su izquierda avanzaba Damián Meddis, ajustándose los lentes con la frialdad habitual de un contador de la mafia, y a su derecha lo seguía Nicolás Vane, que venía aguantándose la risa con la mano metida en el bolsillo del pantalón.
—Sos un salvaje, Dante —murmuró Nicolás por bajo, mirando de reojo la camisa de su jefe—. Tenés una mancha rosa de labial cerca del cuello de la camisa. Si el viejo Rossi te ve salir así de la oficina de la hija, nos declara la guerra antes del almuerzo.
Dante no se detuvo ni bajó la vista. Con un gesto seco de la mano, se acomodó el cuello de la camisa negra, tapando la mancha con la solapa del saco que llevaba doblado en el brazo.
—Que intente declararla —respondió Dante con voz de ultratumba—. Los Rossi necesitan nuestra flota logística más de lo que nosotros necesitamos sus muelles. Esa loca es mía, Nicolás. Y no me importa el viejo, el novio ni la empresa.
—Ah, listo. Mía, dijo el pendejo —se rió Nicolás, mirándolo a Damián—. Te dije que la heredera Rossi le voló los sesos.
En ese preciso instante, la puerta de una de las oficinas secundarias se abrió.
Gianna Rossi, la prima de Valeria, salió al pasillo cargando un par de carpetas de la gerencia comercial. Lucía un vestido ceñido color esmeralda, un escote pronunciado y unos tacos aguja que hacían sonar el suelo a cada paso. Gianna se consideraba la mujer más refinada, bella y codiciada de la familia, convencida de que su primo Alexis y su prima Valeria eran simples estorbos en su camino hacia el control del Holding.
Pero al levantar la vista y cruzarse de frente con la comitiva del Grupo Volkov, Gianna se quedó petrificada en el medio del pasillo.
El impacto fue tan directo que casi se le caen las carpetas de las manos.
Parado a menos de dos metros de ella estaba el hombre más imponente, guapo y brutal que había visto en toda su vida. Dante Volkov era una mole de más de un metro noventa, con ese cabello castaño cobrizo apenas despeinado, los ojos azules claros que parecían capas de hielo y una barba corta perfectamente marcada que le daba el aspecto de un rey o un demonio. Pero lo que terminó de enloquecer a Gianna no fue solo su físico: fue el aura. Emanaba un poder económico y una peligrosidad tan salvaje que el aire alrededor de él parecía vibrar.
“Dios mío... este es el ruso de las noticias”, pensó Gianna, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de codicia pura. “Es multimillonario, es un animal y es ridículamente hermoso”.
Rápidamente, Gianna cambió su postura rígida por un contoneo estudiado de caderas. Se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, esbozó su sonrisa más coqueta, dulce e insinuante y dio un paso hacia el centro del pasillo para interponerse ligeramente en el camino de Dante.
—Buenas tardes... —dijo Gianna con una voz fingidamente suave, dulce y modulada, estirando la mano con la intención clarísima de rozarle el brazo a Dante al pasar—. Bienvenidos a la torre. Soy Gianna Rossi, la gerenta de...
Dante ni siquiera aminoró la marcha.
Ni la miró. Ni un pestañeo. Ni un giro de cabeza.
Pasó por al lado de ella como si Gianna fuera una columna de concreto o un poste de luz sin valor. El hombro de Dante apenas la rozó por la inercia del paso, obligando a Gianna a dar un paso en falso para no perder el equilibrio sobre los tacos. La ráfaga de su perfume a cuero y tabaco le dio de lleno en la cara, dejándola mareada en el medio del pasillo mientras el ruso presionaba el botón del ascensor privado sin voltearse.
Nicolás Vane y Damián pasaron detrás de él. Nicolás miró a Gianna de arriba abajo, vio la cara de humillación y desconcierto que le había quedado a la rubia y soltó una sonrisa socarrona antes de meterse al ascensor detrás de su jefe.
Las puertas de bronce se cerraron, dejando a Gianna sola en el pasillo, respirando agitada y con las mejillas ardiendo de bronca.
Apretó las carpetas contra su pecho hasta que las uñas le perforaron el cartón. La indiferencia brutal de Dante no la había ahuyentado; al contrario, le había encendido una obsesión enfermiza en la sangre. Ella estaba acostumbrada a que los hombres se arrastraran a sus pies con solo una sonrisa, y que semejante magnate la hubiera tratado como a una basura invisible la volvía loca.
—Vas a mirar, pedazo de hermoso —murmuró Gianna entre dientes, mirando las luces del ascensor que bajaban hacia la planta baja—. Te juro por mi vida que me vas a mirar. Vas a ser mío, ruso de mierda. Mío y de nadie más.