Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 19
La fiesta continuó durante varias horas más.
Después de la propuesta, todo pareció avanzar demasiado rápido. Hubo fotografías, un brindis y tantas conversaciones que llegó un momento en que dejé de recordar con quién había hablado. Sonreí, agradecí y permití que varias personas tomaran mi mano para observar el anillo.
En algún momento terminé separada de Alexander. A él lo llevaron hacia uno de los extremos del jardín, mientras mi madre me arrastró hacia otro grupo de invitados que insistía en hablar de la boda, aunque todavía no existiera una fecha.
Cuando finalmente comenzaron a marcharse los últimos, mis pies dolían y sentía que llevaba sonriendo desde hacía una semana.
Mamá todavía despedía a unos familiares cerca de la entrada cuando vi a Alexander hablando con sus padres. Victoria fue la primera en acercarse a mí. Me abrazó una vez más, con la misma felicidad que había mostrado durante toda la noche, antes de subir al automóvil. Su esposo se despidió de mis padres y, pocos minutos después, ambos se marcharon.
Alexander se quedó.
Lo encontré junto a las escaleras de la entrada, hablando con papá. No escuché lo que decían. Esperé a unos pasos hasta que mi padre le dio una palmada en el hombro y regresó al interior de la casa.
Entonces Alexander levantó la mirada hacia mí.
Caminé hasta él.
Por primera vez en toda la noche no había cámaras frente a nosotros, familiares interrumpiendo ni una multitud pendiente de cada gesto. El silencio resultó extraño después de tantas horas de ruido.
—Estoy agotada —admití.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Te entiendo. Fue una noche larga.
—Demasiado.
Su sonrisa aumentó apenas.
Durante unos segundos permanecimos en silencio. Yo estaba a punto de despedirme cuando recordé algo que había estado rondando mi cabeza desde hacía rato.
—Alexander.
—¿Sí?
Miré brevemente el anillo antes de volver a encontrar sus ojos.
—Lo que dijiste esta noche...
Su expresión cambió apenas.
Esperó.
—Sé que la mayoría no era verdad.
Alexander abrió la boca, pero continué antes de que pudiera responder.
—Aunque sé cuáles cosas sí lo eran.
Las fotografías. Las vacaciones. Las Navidades. Toda aquella infancia compartida. Alexander formaba parte de mis recuerdos mucho antes de convertirse en el hombre con quien había aceptado casarme.
Sonreí un poco.
—Pero fueron palabras muy bonitas.
Alexander no apartó la mirada.
—Me conmovió.
Algo pasó por su expresión, demasiado rápido para que pudiera identificarlo.
Antes de que dijera nada, negué suavemente con la cabeza.
—No tienes que explicarme nada. Solo quería decírtelo.
Estaba demasiado cansada para convertir aquello en otra conversación. Para analizar sus palabras, la propuesta o cualquier cosa relacionada con el hombre que tenía frente a mí.
Alexander pareció entenderlo y no insistió.
—Descansa.
Asentí.
Él dio un paso hacia la salida, pero antes de marcharse volvió a mirarme.
—Te veo mañana, Isabella.
—Mañana.
Y eso fue todo.
Alexander se marchó y yo subí a mi habitación deseando únicamente quitarme los zapatos, cerrar los ojos y dejar que aquella noche terminara por fin.