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MI ESTUPIDO NIÑERO

MI ESTUPIDO NIÑERO

Status: Terminada
Genre:Romance / Niñero / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa




Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.

Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.

Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.

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Capitulo 5

El coche estaba listo en la puerta, las maletas de sus padres en el asiento trasero. La despedida fue rápida pero llena de emoción. Su madre abrazó a Mariana con fuerza.

—Cuídate mucho, hija. Y por favor… intenta llevarte bien con Valentino.

Mariana correspondió el abrazo sin entusiasmo.

—Prometo nada, mamá. Ya lo sabes.

Su padre le acarició la frente y luego se volvió hacia Valentino. Le puso una mano en el hombro y lo miró a los ojos.

—Queda en tus manos. Confiamos en ti.

—Puede estar tranquilo —respondió Valentino con seriedad—. Cuidaré de ella como si fuera mi propia familia.

—Gracias, hijo —asintió el padre—. Nos vemos pronto.

Subieron al coche y este se alejó por el camino, perdiéndose de vista entre los árboles. Mariana se quedó mirando hasta que desapareció por completo. En cuanto el coche ya no se veía, giró sobre sus talones y entró en la casa con una sonrisa que no auguraba nada bueno. Valentino la siguió despacio.

—Bueno —dijo ella, sin girarse—. Ya se fueron. Por fin.

—Sí —respondió él, cerrando la puerta—. Y ahora somos nosotros dos. Quiero que hablemos de las reglas, para que todo quede claro.

Mariana soltó una risa ligera y se encaminó hacia la escalera.

—Habla tú todo lo que quieras. Yo tengo cosas que hacer.

—Mariana, espera —la llamó él, dándole un paso—. Es importante que sepamos cómo funcionaremos mientras no están.

—No funcionaremos —lo corrigió ella, subiendo dos escalones—. Tú estarás en tu lado, yo en el mío. Y cada uno hace lo que le da la gana.

—No es así como quedamos —dijo él con firmeza—. Cuando salgas, me avisas. Dices a dónde vas y a qué hora vuelves. Así de simple.

Ella se detuvo y lo miró desde arriba, con una sonrisa desafiante.

—¿Simple? Para mí es inaceptable. Adiós, Valentino.

Subió corriendo y cerró la puerta de su habitación. Él suspiró, sabiendo que no sería fácil.

Horas más tarde, cuando el sol empezaba a ocultarse, Mariana salió de su cuarto con ropa distinta, el bolso al hombro y sin hacer ruido. Miró a ambos lados del pasillo: todo estaba en silencio. Bajó despacio, sin hacer chocar los escalones, cruzó el vestíbulo y abrió la puerta trasera del jardín. Salió sin que nadie la viera. Se sentía libre.

Volvió mucho después de lo que él esperaba. La noche ya estaba avanzada y las luces de la casa estaban encendidas todas. Cuando abrió la puerta principal, se quedó helada: Valentino estaba sentado en el sofá del vestíbulo, frente a la entrada, esperándola. Se levantó en cuanto la vio entrar. Tenía el ceño fruncido y la mirada seria.

—¿Dónde has estado? —preguntó, acercándose a ella—. He estado llamándote todo el tiempo. Tu teléfono no responde.

Mariana se encogió de hombros, apartándose de él para dejar el bolso en una mesa.

—Me fui a pasear. Con mis amigas. Y apagué el teléfono porque no tenía ganas de que me molestaran.

—¿A pasear? —repitió él, con voz tensa—. Sin decirme nada. Sin avisar. Sin decir a dónde ibas ni cuándo volverías. Sabes lo preocupado que estaba.

—Pues no deberías estarlo —respondió ella con desdén, pasando a su lado—. Estoy bien, ¿no lo ves? Aquí estoy. Sana y salva. No ha pasado nada.

—Podría haber pasado —replicó él, deteniéndola con un gesto—. Es tarde. Estabas sola. No sabía nada de ti durante horas.

—No estaba sola, te dije que estaba con amigas —lo miró con burla—. Y además, ¿qué te importa? No eres mi padre. No eres nadie para reclamarme.

Valentino apretó la mandíbula, intentando mantener la calma.

—Soy la persona responsable de ti mientras tus padres no están. Y tengo que saber que estás bien.

—Pues vas a tener que acostumbrarte —dijo ella, subiendo un escalón y mirándolo desde arriba—. Esto apenas empieza. Hoy fue solo un ensayo. Mañana haré lo mismo y pasado también. Y si no te gusta… ya sabes dónde está la puerta.

Él levantó la vista y la miró con firmeza, sin ceder ni un milímetro.

—No me voy a ir, Mariana. No por esto. No por nada. Tengo un encargo y lo voy a cumplir. Me cueste lo que me cueste.

—Veremos cuánto aguantas —soltó ella con una sonrisa desafiante—. Te apuesto a que en menos de una semana me ruegas dejarte ir.

—No acepto apuestas —respondió él con serenidad—. Solo te pido que la próxima vez, me avises. Solo eso. Por favor.

Mariana soltó una risa suave y burlona.

—Lo pensaré. Quizás. Si me da la gana.

Giró en redondo y subió las escaleras despacio, sin prisa, sabiendo que él la miraba marchar. Al llegar a la puerta de su habitación, se giró una última vez.

—Buenas noches, niñero —dijo, con la voz cargada de ironía—. Duerme bien. Vas a necesitar energía.

Cerró la puerta. Valentino se quedó solo en la entrada, mirando la escalera, comprendiendo por fin que la tarea que tenía entre manos era mucho más difícil de lo que imaginaba. Pero no se rindió. Respiró hondo, enderezó la espalda y se dijo a sí mismo con determinación:

No voy a rendirme. No importa lo que haga. Voy a llegar a ella.

Valentino dio unos pasos hacia la escalera y alzó la voz, sin gritar pero con firmeza:

—Mariana, por favor, abre un momento. Necesitamos hablar en serio.

La puerta se abrió apenas unos centímetros y asomó su rostro, con una sonrisa de desafío.

—¿Otra vez? ¿No te cansas?

—No, no me canso —respondió él, mirándola a través de la rendija—. Lo que hiciste hoy no puede repetirse. Me dejaste sin saber si estabas bien durante horas.

—¿Y eso qué? —se encogió de hombros—. Ya estoy aquí. Nadie me comió.

—Pero podría haber pasado cualquier cosa —insistió él—. Algo malo, algo que no imaginas. Y nadie lo sabría. Ni yo, ni tus padres…

—Ah, ya entiendo —lo interrumpió ella, abriendo un poquito más la puerta—. Tienes miedo de que te regañen si me pasa algo. Quedas mal con tus amigos.

—No es eso —dijo él con suavidad—. Tengo miedo por ti. Punto. No me importa quedar bien o mal con nadie. Me importas tú.

Mariana parpadeó, como si esas palabras la descolocaran un instante, pero enseguida recuperó su tono frío:

—Pues no pierdas el tiempo preocupándote. Sé cuidarme. He estado haciéndolo toda mi vida, aunque no lo creas.

—Mariana…

—Mira —lo cortó, saliendo al pasillo y cerrando la puerta tras de sí—, hagamos un trato: tú ocúpate de tus cosas, yo de las mías. Si vuelvo a casa, bien. Si no… ya buscaré la forma de avisar. ¿Te parece justo?

—No me parece justo —respondió él sin dudar—. No es así como funciona. Tienes que decirme dónde vas. Tengo que saberlo.

—¿Y si te digo que no lo haré? —se acercó un paso, desafiante—. ¿Qué vas a hacer? ¿Encerrarme? ¿Llamar a mis padres?

Valentino guardó silencio un segundo, luego dijo con calma:

—No te encerraré. Y no llamaré a tus padres a la primera dificultad. Pero sí te acompañaré. Si no me dices a dónde vas, iré contigo.

Mariana abrió los ojos, indignada:

—¡No tienes derecho!

—Tengo la responsabilidad —corrigió él—. Y la voy a ejercer. De la forma que sea.

Ella apretó los labios, furiosa:

—Eres… eres peor de lo que pensaba.

—Y tú eres más testaruda de lo que imaginaba —respondió él, sin apartar la mirada—. Pero no voy a ceder. No por tu seguridad.

Mariana lo miró fijamente, buscando algún rastro de debilidad. No lo encontró.

—Bien —dijo con voz gélida—. Pues veremos quién se cansa primero.

—Veremos —asintió él.

Ella entró de golpe a su habitación y cerró la puerta con fuerza. Valentino se quedó solo en el pasillo, suspirando, pero sin dudar. No voy a rendirme, pensó. De ninguna manera.

 

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Tere Jimenez
empieza muy interesante gracias
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