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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

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Capítulo 22

Doña Elvira Casares de Nocedal entró a la Hacienda como si el aire mismo debiera hacerse a un lado para dejarla pasar.

Yo la había visto una sola vez, de lejos, en una fotografía sobre el piano del salón principal, una imagen en blanco y negro de hacía décadas donde ya se adivinaba esa misma columna vertebral inflexible. En persona resultaba más imponente todavía: espalda recta como una regla, cabello plateado peinado hacia atrás sin un solo mechón fuera de lugar, un vestido de un gris tan elegante que parecía diseñado para intimidar más que para vestir, y un bastón de madera oscura que usaba más como cetro que como apoyo. Hasta sus pasos, lentos y medidos sobre el mármol, parecían calculados para que todos en la sala tuvieran tiempo de notar su llegada.

Detrás de ella entró una joven que tenía que ser Valeria Robledo. Alta, de sonrisa perfecta, con un aire de quien siempre ha sabido exactamente qué lugar ocupa en cualquier habitación, el cabello castaño cayéndole en ondas que parecían haber sido peinadas por un ejército de estilistas esa misma mañana. Llevaba un vestido color crema que debía costar más que mi sueldo de tres meses, y unos aretes de perla que giraba entre los dedos con la displicencia de quien está acostumbrada a que la miren.

—Dante, cariño —Doña Elvira extendió los brazos, y por primera vez en las semanas que llevaba conociéndolo, vi al hombre de hielo doblegarse ante alguien, inclinarse para recibir el abrazo con una obediencia casi infantil—. Ya era hora de que trajeras aquí a Valeria. Se conocen desde niños, ¿te acuerdas? Ella siempre decía que se iba a casar contigo, desde que tenían seis años y jugaban en el jardín de tu tío.

—Abuela.

Una sola palabra, cargada de advertencia, pero Doña Elvira la ignoró con la práctica de quien lleva toda una vida ignorando las objeciones de sus nietos.

—No me pongas esa cara. —La señora se giró hacia mí entonces, evaluándome con una mirada rápida, quirúrgica, que recorrió mi vestido sencillo, mis zapatos cómodos, el delantal que todavía llevaba puesto por el desayuno, y que me hizo sentir como si estuviera en subasta—. ¿Y tú eres…?

—Ximena. Cuido a Leo y a Luna.

—Ah. La niñera.

Lo dijo sin desprecio, pero también sin el más mínimo interés, como quien menciona el clima o el precio del pan, ya con la atención puesta de vuelta en su nieto. Valeria, en cambio, sonrió con algo más filoso, un destello en los ojos que no se molestó en disimular.

—Qué lindo que Dante tenga quien le ayude con los niños mientras nosotros… nos ponemos al corriente.

La forma en que dijo "nosotros" me heló algo en el pecho.

—Valeria. —La voz de Dante cortó el aire, seca, definitiva, sin espacio para réplica—. No hay ningún "nosotros". Y no hay compromiso, ni de niños, ni de ahora. Eso quedó claro hace años, la última vez que estuvimos en la misma habitación.

—Dante, por favor. —Doña Elvira frunció el ceño, la voz cargada de una autoridad que no admitía réplica, el bastón golpeando levemente el piso de mármol igual que si quisiera puntuar la frase—. No delante de la servidumbre.

Sentí el golpe de esa palabra —servidumbre— como una bofetada silenciosa, algo que me recorrió la espalda con un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Bajé la mirada un segundo, tragándome la humillación como había aprendido a tragarme tantas otras cosas en esta casa, y cuando la levanté, me encontré con los ojos de Dante, que me miraban con algo parecido a la disculpa, algo que no esperaba y que casi me dolió más que la palabra misma.

—Ximena no es servidumbre —dijo él, despacio, cada palabra como una piedra colocada con cuidado sobre una base que no pensaba dejar temblar—. Es quien ha cuidado de mis hijos mejor que nadie en años. Mejor que nadie, abuela.

El salón se quedó en silencio, un silencio tan denso que hasta el tictac del reloj antiguo del pasillo pareció más fuerte. Doña Elvira lo miró con una ceja alzada, sopesando algo detrás de sus ojos oscuros que no supe descifrar, algún cálculo antiguo que llevaba años haciendo. Valeria, en cambio, ya no sonreía; su boca se había convertido en una línea recta y perfecta, como el resto de ella, y sus dedos, ahora quietos alrededor de los aretes de perla, delataban una tensión que su rostro se negaba a mostrar.

—Interesante —murmuró la anciana, casi para sí misma, con un tono que no supe si era advertencia o el principio de una evaluación distinta, recorriéndome de nuevo con la mirada, esta vez más despacio.

Los niños eligieron ese momento para bajar corriendo las escaleras, Luna gritando "¡Abuela!" con los brazos abiertos y Leo pisándole los talones, y por un instante toda la tensión del salón se disolvió en abrazos y risas infantiles. Doña Elvira se arrodilló —con esfuerzo, pero sin ayuda de nadie, rechazando con un gesto la mano que Dante le tendió— para recibirlos, y algo en su rostro duro se ablandó de verdad, sin actuación, sin cálculo, la sonrisa más honesta que le había visto en toda la mañana.

—Miren nada más —dijo, besando la coronilla de Luna—. Cada día más grandes. Y más traviesos, seguro.

—¡Leo se comió mi galleta! —acusó Luna de inmediato.

—¡Tenía más hambre que tú!

—Siempre tienes más hambre que yo, eso no es excusa.

Doña Elvira soltó una risa breve, seca, la primera que le escuchaba, y por un segundo pude imaginar a la mujer que debió ser antes de que la vida —o la familia, o ambas cosas— la endureciera hasta convertirla en esta columna de mármol.

Aproveché ese respiro para retirarme discretamente hacia la cocina, con el corazón todavía acelerado por la humillación de hacía un minuto y las manos temblando apenas lo suficiente para que el delantal se me resbalara un poco de la cintura.

No llegué muy lejos. Valeria me alcanzó en el pasillo, con los tacones repiqueteando como advertencia contra el piso, cortándome el paso con un movimiento calculado, casi coreografiado.

—No te hagas ilusiones, niñera. —Su voz, ahora sin público, perdió toda la dulzura, se volvió filosa como un bisturí—. Los hombres como Dante juegan con las empleadas. Se distraen un rato, se divierten. Pero se casan con mujeres de su nivel.

—No estoy jugando a nada.

—Eso espero. —Sonrió, fría, midiéndome de arriba abajo una vez más, deteniéndose deliberadamente en mis zapatos gastados—. Porque yo sí sé jugar, y siempre gano. Pregúntale a cualquiera en este círculo. Pregúntale a las tres chicas que Dante tuvo antes de que yo decidiera que ya era hora de reclamar lo que es mío.

—Él no es una cosa que se reclama.

Valeria ladeó la cabeza, como si mi respuesta la divirtiera más que ofenderla.

—Qué tierna. De verdad crees que esto va de sentimientos.

Se dio la vuelta y regresó al salón, la falda ondeando con un movimiento demasiado ensayado, dejándome con el pulso acelerado y una certeza incómoda instalándose en el pecho: Valeria Robledo acababa de declararme la guerra, y Doña Elvira, con esa mirada calculadora que me había dedicado al llegar, no parecía dispuesta a ponerse de mi lado. Todavía no, al menos.

Me quedé apoyada contra la pared del pasillo un momento, respirando hondo, tratando de recomponer el rostro antes de volver a la cocina donde me esperaban las verduras a medio picar para la comida. No tienes nada que demostrarle a esa mujer, me dije, aunque la voz interna sonaba menos convencida de lo que hubiera querido. Por la puerta entreabierta del salón alcancé a escuchar la risa de Luna, clara y despreocupada, ajena por completo a la guerra silenciosa que se acababa de declarar sobre su cabeza, y eso, extrañamente, me devolvió algo de calma. Los niños todavía no sabían nada de compromisos ni de círculos sociales ni de mujeres de "su nivel". Para ellos, yo seguía siendo, simplemente, quien les cantaba para dormir.

Terminé de picar las verduras con más fuerza de la necesaria, la tabla de madera resonando bajo el cuchillo cada vez que Valeria decía algo en mi cabeza, y para cuando Simón asomó la cabeza por la puerta de la cocina a preguntarme si necesitaba ayuda con la comida, ya había decidido una cosa: fuera lo que fuera que esa familia terminara decidiendo sobre mi lugar en esta casa, no pensaba irme sin pelear.

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Isabella Varela
Lulú que novela tan larga nada de momentos de amor ,solo tragedia tras tragedia muy cansona no me gustó.
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