En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.
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CAPÍTULO 22 LA PRUEBA Y LA ELECCIÓN
Aelion
El murmullo de la multitud en el Gran Patio de Honor de la Academia sonaba distante, ahogado por el latido desbocado de mi propio corazón.
Estaba de pie en la estrado principal, flanqueado por los maestres del Alto Consejo Arcano y por mi madre, la Reina, cuya presencia imponía un silencio casi reverencial entre los cientos de aspirantes convocados.
Mi túnica de gala, bordada en hilos de plata y zafiro, pesaba sobre mis hombros, pero nada pesaba más que la desconcertante, imposible y abrasadora verdad que acaban de presenciar mis ojos.
Allí, en la tercera fila de la masa de iniciados vestida con la burda túnica gris de los aspirantes sin linaje, estaba ella.
Mia.
El mundo pareció detenerse sobre su eje. Parpadeé dos veces, convencido de que la fatiga, el peso de mis deberes o la maldita culpa que me devoraba por noches entero me estaban haciendo alucinar. Pero no era una sombra ni una jugada del viento. Era Mia. Su rostro pálido, enmarcado por ese cabello que tantas veces me había enredado entre los dedos en la penumbra de mi tienda o en la hierba del bosque, se erguía entre la multitud con una mezcla de orgullo indomable y absoluto terror.
¿Qué demonios hace ella aquí?, me pregunté, sintiendo que el aire se me congelaba en los pulmones. Mi mano, oculta tras la pesada tela de mi capa, se cerró en un puño tan apretado que mis nudillos blanquearon.
Para cruzar los portones de piedra de la Academia de Aethelgard no bastaba con tener una recomendación noble ni una bolsa llena de monedas. La barrera ancestral exigía una sola cosa para permitir el paso a los humanos de las Comarcas: el florecimiento.
Tenías que canalizar la magia pura que latía en la tierra y hacer que la flor de prueba, una brote de lirio plateado marchito, abriera sus pétalos en la palma de tu mano. Si no poseías chispa arcana, la flor se deshacía en cenizas y los guardias te escoltaban de regreso a la miseria del pueblo.
Si Mia estaba en esta plaza, vistiendo la tela gris de los aceptados, significaba que lo había logrado. La chica a la que yo había creído una humana común y frágil, la joven que cuidaba a su tío moribundo en una choza helada y a la que yo había intentado proteger a mi manera brutal y torpe, poseía magia.
Una oleada de calor violento me recorrió el pecho, un chisporroteo eléctrico que encendió el lazo invisible que nos unía. La marca en mi alma, esa chispa que solo un elfo de sangre real siente cuando reconoce a su verdadera mitad, rugió con una fuerza que amenazó con hacerme perder la compostura. Ella era mi compañera de alma. Mi única. Y estaba a escasos veinte metros de mí, ignorante del fuego que desencadenaba en mi interior con solo respirar.
—Hijo mío —la voz baja y pausada de mi madre interrumpió la tormenta de mis pensamientos—. Los maestros esperan que selecciones al iniciado para la demostración de canalización avanzada. Los nobles de la primera fila aguardan para ver a sus herederos.
Giré la cabeza ligeramente hacia la reina. Elora observaba a la masa con esa compostura imperial e inalterable, ajena por completo a la convulsión que destrozaba mi templanza.
—No elegiré a un noble, madre —murmuré, con una voz rasposa que apenas reconocí como mía.
El Maestre Supremo, un elfo anciano de túnicas doradas, se aclaró la garganta a mi izquierda.
—Príncipe Aelion, la costumbre dicta que se elija a un aspirante de las Grandes Casas para poner a prueba el entrenamiento previo...
—La costumbre puede cambiar, Maestro —lo corté sin mirarlo, fijando mis ojos clavados, inflexibles y hambrientos, en la figura pequeña de la tercera fila—. La verdadera magia no entiende de linajes ni de títulos. Se demuestra en la prueba.
Di un paso al frente, llegando al borde del estrado de mármol. El murmullo de los cientos de estudiantes y nobles se apagó de golpe. El viento de la tarde agitó mi cabello y las capas de mi túnica, pero toda mi atención estaba concentrada en ella.
Vi cómo Mia alzaba la vista, cómo sus ojos se cruzaban con los míos y cómo un estremecimiento visible recorría su cuerpo. Pude ver el pánico en su mirada, la forma en que sus labios se entreabrían con sorpresa y esa vulnerabilidad dulce que siempre me había desarmado el corazón.
Querías saber de qué eras capaz, Mia. Quisiste esconderte en la academia. Pues muéstrame quién eres.
Levanté el brazo derecho y extendí el dedo hacia la masa de iniciados.
—Tú —mi voz resonó en todo el patio, magnificada por la acústica de la piedra y el silencio absoluto que reinaba—. La iniciada de la tercera fila. Pasa al centro del círculo.
Un murmullo de asombro y protesta sorda corrió entre las familias nobles. Isolda, que permanecía erguida en el ala lateral reservada a los aristócratas, me dedicó una mirada de puro veneno y desprecio, apretando los abanicos de seda contra su pecho. La ignoré por completo. No existía Isolda. No existía la corte. Solo existía Mia.
Mia se quedó paralizada por un segundo, llevándose una mano temblorosa al pecho, como si no pudiera creer que la estuviera señalando a ella. Un iniciado a su lado le dio un pequeño empujón, mitad por miedo a mi orden, mitad por el shock de la situación.
Con pasos dudosos, la cabeza agachada y los hombros encogidos, Mia salió de la fila. La tela burda de su túnica ondeaba débilmente con la brisa. Cada paso que daba hacia la arena central trazada en el suelo de adoquines me parecía una eternidad agónica.
Quería bajar del estrado, tomarla entre mis brazos, ocultarla del escrutinio de todas estas víboras y exigirle que me dijera por qué demonios se había alejado de mí. Pero me obligué a permanecer inmóvil. Necesitaba verla. Necesitaba saber qué fuego guardaba en el alma la mujer que los dioses habían elegido para ser mi otra mitad.
Llegó al centro del patio, a escasos diez metros de la tarima. Se detuvo y levantó la mirada hacia mí. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, pero detrás del miedo... detrás de esa fragilidad que siempre me despertaba el instinto de protegerla contra el universo entero, vi una chispa de terquedad inquebrantable.
—Señorita Fisher —dijo el Maestre Supremo, dando un paso hacia el borde con tono condescendiente—. El Príncipe Heredero os ha otorgado el honor de la demostración inicial. Se os pide que canalicéis un elemento básico. Una llama pequeña, una ráfaga de aire o la alteración del suelo. Algo que pruebe que el florecimiento no fue un mero accidente.
Mia no respondió al maestre. No dejó de mirarme a mí. Se mordió el labio inferior y pude ver el temblor leve de sus manos.
—No tienes que temer, Mia —dije en un susurro que la magia del estrado llevó directamente hacia ella, un hilo de voz privado en medio de la multitud—. Muéstrales de qué estás hecha.
Mia cerró los ojos. Tomó un aire profundo, largo, y cuando volvió a inhalar, la atmósfera del Gran Patio cambió de forma drástica y aterradora.
El viento suave que soplaba desde las montañas se detuvo en seco. La temperatura descendió varios grados en un único pestañeo. Sentí cómo la energía arcana del ambiente, la corriente subterránea que alimenta las venas de la tierra de Aethelgard, se volcaba de golpazo hacia el cuerpo de la chica en la arena.
Por los dioses..., pensé, aferrándome al barandal de mármol.
Mia abrió los ojos. Ya no eran del color suave y terrenal de siempre; un fulgor dorado y salvaje refulgía en sus pupilas. Extendió las manos hacia abajo, con las palmas abiertas hacia el suelo de adoquines centenarios.
El sonido de la piedra quebrándose rascó el aire como un trueno seco. Apenas a un metro de donde ella estaba parada, los adoquines masivos de mármol y granito se agrietaron. De la grieta negra no brotó una simple flor o un tallo endeble. De la piedra misma brotó una masa de raíces gruesas y retorcidas que se abrieron paso con una fuerza brutal.
En cuestión de tres segundos, ante la mirada incrédula de todo el reino, un sauce majestuoso emergió de las entrañas de la tierra. Sus ramas se desplegaron con un chasquido rotundo, alcanzando más de cuatro metros de altura, con hojas verdes y frescas que goteaban una esencia arcana dorada.
Un jadeo colectivo rasgó el silencio de la multitud. El Maestro Supremo retrocedió un paso, trastabillando con su propia túnica. A mi lado, la Reina Elora se erguí de golpe, sus ojos violetas abiertos de par en par con un asombro que jamás le había visto en la vida.
Pero esto no era más que el principio.
Mia alzó ambos brazos hacia el cielo. Un silbido agudo cruzó el patio y una ráfaga de viento violenta, cargada con la fuerza de un huracán contenido, envolvió la copa del sauce. Las ramas no se rompieron; comenzaron a ondear con una gracia hipnótica, coordinada, moviéndose en un ritmo perfecto y fluido como si el árbol entero estuviera ejecutando una danza sagrada en medio del patio. El viento cantaba entre las hojas, un sonido melódico y sobrecogedor que erizaba la piel de todos los presentes.
Sentí que la sangre me quemaba por dentro. La magia de la tierra. La magia del aire. Mantenía dos elementos primordiales en perfecto equilibrio sin el uso de un catalizador o un báculo. Algo que a los magos de la academia les tomaba décadas dominar.
—Increíble... —murmuró un noble a mi espalda—. Es imposible... para una humana...
Mia apretó las manos en puños en el aire. La danza del viento se volvió más frenética. Y entonces, con una mueca de esfuerzo puro que hizo que una gota de sudor le resbalara por la sien, exhaló una palabra silente.
De la base del tronco emergió una llamarada de color azul y dorado. La llama no detonó; corrió por el sauce como un manto de luz pura. El fuego devoró la madera, las hojas y el tronco con una velocidad espeluznante, pero no hubo humo negro ni olor a quemado. Fue una combustión mágica, limpia, resplandeciente, que transformó el majestuoso sauce en una silueta de fuego bailando al compás del viento.
En menos de diez segundos, el fuego se extinguió de golpazo, dejando en el suelo únicamente un montón de cenizas doradas que flotaban suavemente sobre los adoquines destrozados.
La multitud estaba en absoluto shock. Nadie respiraba. Nadie se atrevía a emitir un murmullo. La demostración de tres elementos combinados en una sola secuencia era una hazaña de nivel Archimago.
Mia mantenía los brazos suspendidos en el aire, temblando visiblemente. Sus respiraciones eran agitadas, cortas. Clavó la mirada en la montaña de cenizas a sus pies. Levantó una sola mano, abriendo los dedos con infinita delicadeza, como si estuviera acariciando el aire.
Una chispa de luz verde brotó de su palma y descendió lentamente sobre el montón de ceniza.
En el instante en que la luz tocó el suelo, las cenizas se reabsorbieron. De la nada misma, del polvo consumido por el fuego, un nuevo brote vegetal rasgó la tierra. En un parpadeo de luz, un segundo sauce, aún más frondoso, más verde y hermoso que el primero, renació en el mismo lugar, expandiendo sus ramas hacia el sol poniente.
Renacimiento. La creación desde la ceniza. La magia de la restauración sagrada.
Mia dejó caer los brazos a los costados, exhausta. El sauce permaneció allí, erguido y perfecto sobre la piedra rota del patio.
El silencio que siguió fue absoluto, pesado, aplastante. Un silencio hecho de estupefacción, de temor y de un respeto involuntario que nadie en la nobleza podía reprimir. Los maestres tenían las bocas abiertas, incapaces de formular una sola palabra. Isolda estaba pálida como un cadáver, aferrada al brazo de su padre con los nudillos blancos. Mi madre, la Reina Elora, miraba a Mia como si estuviera contemplando una profecía viviente hecha carne.
Y yo... yo sentí que las rodillas me temblaban.
La vi. Realmente la vi por primera vez en toda su magnitud. No era solo la chica dulce y frágil que había intentado proteger. Era una fuerza de la naturaleza. Una criatura tocada por los dioses con un poder tan desbordante y puro que hacía palidecer a toda la nobleza de este imperio podrido. Era mi compañera de alma. La mujer que llevaba mi marca. Y la intensidad de la orgu-llo y del amor que explotó en mi pecho fue tan destructiva que casi me saca un gemido.
Mia se quedó parada en el centro de la arena, respirando con dificultad. Miró el sauce que acababa de crear, miró sus propias manos temblorosas y luego volvió a alzar la vista hacia mi estrado.
Nuestros ojos se encontraron de nuevo en medio del silencio sepulcral de la multitud. Pude ver el agotamiento extremo que empezaba a apoderarse de sus rasgos, la forma en que el color abandonaba sus mejillas y la sombra de un mareo terrible que nublaba sus pupilas.
Había canalizado demasiada magia. Demasiada para un cuerpo que no había sido entrenado para contener semejante torrente.
Dio un paso atrás, trastabillando levemente. Nadie en la multitud se movió; todos seguían petrificados por el espectáculo. Mia se giró despacio y, sin esperar la venia del tribunal ni las palabras de la reina, echó a caminar hacia la salida del patio, buscando desesperadamente el aire libre de los jardines traseros.
—¡Príncipe Aelion! —interrumpió el Maestre Supremo, recuperando la voz—. La demostración ha sido... ¿debemos detenerla?
—Nadie la toca —ordené con una voz de trueno que hizo temblar a las autoridades del estrado—. La sesión de la tarde ha concluido.
Sin pedir permiso a mi madre ni esperar el protocolo real, me giré sobre mis talones, me bajé del estrado de tres zancadas y me lancé a perseguirla por los pasillos de piedra, con el corazón en la garganta y la certeza de que no volvería a dejar que se me escapara jamás.