Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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Cambio para bien
La mansión de los Montenegro estaba más ocupada de lo habitual.
Los empleados entraban y salían del enorme salón principal mientras acomodaban mesas, flores y elegantes decoraciones.
Beatriz Montenegro supervisaba cada detalle con una sonrisa satisfecha.
—No, esos arreglos van junto a la escalera. Y los invitados importantes irán en esta sección —ordenó con elegancia—. Todo debe salir perfecto.
En ese momento, la puerta principal se abrió.
Mateo entró a la mansión con el nudo de la corbata aflojado. Su expresión era cansada.
Sin decir una palabra, dejó caer su cuerpo sobre el sofá del salón.
—Ah...
Se cubrió el rostro con una mano y soltó un largo suspiro.
Beatriz lo observó de reojo.
—Hijo... ¿qué te ocurre?
Mateo permaneció en silencio.
Cuando intentó incorporarse, llevó la mano hasta su cuello para cubrir una pequeña marca rojiza.
Pero fue demasiado tarde.
Beatriz caminó hasta él y, de un tirón, apartó su mano.
—¡Baja esa mano, mocoso!
Mateo hizo una mueca.
—Mamá...
—¡Otra vez estuviste con otra mujer!
Él rodó los ojos con evidente fastidio.
Tomó una botella de agua de la mesa y bebió un largo trago.
—Ya deja de exagerar. Soy un hombre.
Beatriz le arrebató la botella.
—¡Ser un hombre no significa acostarte con tu secretaria!
Mateo soltó un suspiro.
—Qué dramática eres.
—¡No soy dramática!
Lo señaló con el dedo.
—¡Eres el heredero de la familia Montenegro! Todo lo que haces termina convirtiéndose en un escándalo.
—Lo sé.
Respondió con calma.
—Pero deja de insistir con Susana. No siento absolutamente nada por ella.
Beatriz frunció el ceño.
—¿Y desde cuándo importa eso?
—Además...
Mateo desvió la mirada.
—A Susana siempre le gustó Sebastián.
La expresión de Beatriz se endureció.
Sin pensarlo dos veces, le dio un tirón de oreja.
—¡Ay! ¡Mamá!
—¡Ni se te ocurra volver a mencionar a ese bastardo!
Mateo apartó su mano con molestia.
—Solo dije la verdad.
Beatriz respiró hondo para recuperar la compostura.
—Escúchame bien.
Su tono se volvió firme.
—La mujer que te conviene es Susana.
—...
—Es hermosa, educada, inteligente y proviene de una buena familia.
Lo observó fijamente.
—Además, pensé que te gustaba.
Mateo permaneció en silencio unos segundos.
Después simplemente sonrió con cansancio.
—Buenas noches, mamá.
Sin esperar respuesta, subió las escaleras.
Beatriz lo observó alejarse mientras cruzaba los brazos.
—Ese muchacho terminará sacándome canas verdes...
Minutos después...
Mateo salió de la ducha.
Con el cabello todavía húmedo, caminó hasta su habitación y se dejó caer sobre la cama.
—Ah...
Cerró los ojos unos segundos.
—¿En qué momento dije que me gustaba Susana?
Giró la cabeza hacia el buró.
Abrió lentamente el primer cajón.
Entre varios documentos apareció un pequeño peluche de tela.
Estaba un poco viejo.
Pero seguía perfectamente conservado.
Mateo lo tomó con cuidado.
Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.
—Qué tonto fui...
Sus dedos acariciaron la tela desgastada.
Y, poco a poco...
Los recuerdos comenzaron a regresar.
Un jardín iluminado por el sol.
Las risas de dos adolescentes llenaban el aire.
—¡Mateíto!
Una joven corría hacia él sosteniendo un pequeño peluche hecho a mano.
Tenía el cabello largo, una sonrisa brillante y los ojos llenos de ilusión.
—Mira...
Se lo extendió con orgullo.
—Lo hice yo.
Mateo lo observó unos segundos.
—¿Qué se supone que es esto?
La muchacha infló las mejillas.
—¡Un osito!
Él intentó contener la risa.
—Está... bastante feo.
—¡¿Qué?!
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
—¡Me tardé tres días haciéndolo!
Mateo terminó riendo.
Después abrazó el peluche contra su pecho.
—Mentía.
La miró con ternura.
—Me encanta.
Los ojos de la joven brillaron.
—¿De verdad?
—Sí.
Hubo un breve silencio.
Mateo sonrió.
—Pero ¿sabes qué me gusta todavía más?
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué?
Sin responder, él se acercó despacio...
Y dejó un suave beso sobre su mejilla.
La muchacha quedó completamente inmóvil.
Su rostro comenzó a teñirse de rojo.
Mateo sonrió satisfecho.
En ese instante sintió que aquel momento duraría para siempre.
Pero el destino tenía otros planes.
El recuerdo cambió de golpe.
Un grito rompió el silencio.
—¡¡¿CÓMO QUE VALERIA ESTÁ EMBARAZADA DE SEBASTIÁN?!!
El vaso que sostenía Mateo cayó al suelo y se hizo añicos.
Su mundo acababa de derrumbarse.
Mateo volvió lentamente al presente.
Seguía sosteniendo el viejo peluche entre las manos.
Bajó la mirada y sonrió con amargura.
—Han pasado tantos años...
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Cómo estarás, Valeria...?
La habitación volvió a quedar en silencio. Solo el peluche permanecía entre sus manos, como el último recuerdo de un amor que el tiempo nunca logró borrar.
En la casa de Valeria.
El pequeño comedor estaba lleno de bolsas con verduras y varias cajas de productos. Sobre la mesa descansaba el dinero que habían ganado con la cosecha.
Valeria contaba los billetes una y otra vez.
Sus ojos brillaban de emoción.
—¡Veinte millones...!
Se llevó ambas manos al pecho.
—¡Sebastián, somos ricos!
"Corrijo... ya no estamos muriéndonos de hambre."
Ella soltó una risa.
—¡Eso también cuenta!
Miró nuevamente el dinero.
—Y lo mejor es que nuestras verduras son especiales. En muy pocos lugares pueden conseguirse tan frescas.
Se levantó de un salto y caminó hasta la habitación.
Sebastián seguía acostado, tan tranquilo como siempre.
Valeria apoyó las manos en la cintura.
—¿Sabes? Si no fuera por ti... probablemente seguiría metida en un enorme problema.
"Eso te pasa por buscar peleas."
Ella infló las mejillas.
—¡Yo no busco peleas!
"Claro... ellas te encuentran solitas."
—Exactamente.
Sonrió con orgullo.
—No es mi culpa que la gente sea tan problemática.
Sebastián prefirió guardar silencio.
Valeria se acercó despacio hasta la cama.
Se sentó junto a él.
—Bueno...
Lo observó unos segundos.
—Ya es hora de que despiertes.
"Sí... como si fuera tan fácil."
Ella suspiró.
Después levantó una mano lentamente.
—¿Y si hago esto...?
Con la punta de los dedos recorrió suavemente el pecho de Sebastián.
Él sintió un escalofrío.
"¡Valeria!"
Ella sonrió traviesa.
—¿Qué?
"¡No me toques!"
—Pero eres mi esposo.
"Eso no te da permiso."
—¿Seguro?
Apoyó toda la palma sobre su pecho.
—Aún late muy fuerte.
"¡Valeria, pervertida!"
De repente...
Una mano sujetó su muñeca.
Valeria abrió los ojos como platos.
Miró la mano.
Luego a Sebastián.
Después volvió a mirar la mano.
—¿...Sebastián?
Él seguía con los ojos cerrados.
Pero sus dedos continuaban rodeando su muñeca.
Valeria comenzó a temblar de la emoción.
—¡No puedo creerlo!
Salió corriendo de la habitación.
Asomó la cabeza por la ventana y gritó con todas sus fuerzas.
—¡¡MI ESPOSO YA NO ES UN INÚTIL!!
Los vecinos levantaron la vista, confundidos.
Dentro de la habitación...
Sebastián seguía profundamente dormido.
Su mano, poco a poco, volvió a relajarse.
Unas horas más tarde...
La puerta principal se abrió.
—¡Ya llegué!
Lucas dejó su mochila junto a la entrada.
Entonces un delicioso aroma llegó hasta él.
Parpadeó confundido.
—¿Qué...?
Caminó despacio hasta la cocina.
Allí encontró a Valeria completamente cubierta de harina.
Tenía un poco en la nariz, en las mejillas e incluso en el cabello.
Aun así, sonreía feliz mientras removía una enorme olla.
Lucas abrió mucho los ojos.
—¿Mamá...?
Ella giró sonriendo.
—¡Llegaste!
—¿Estás... cocinando?
—Sí.
—¿Tú sabes cocinar?
Valeria ladeó la cabeza.
—Claro.
Después rascó su mejilla con una sonrisa avergonzada.
—Bueno... antes solo sabía preparar sopa instantánea.
Lucas comenzó a jugar nerviosamente con sus dedos.
—Es que...
Ella notó su expresión.
—¿Qué pasa, cielo?
El niño bajó la cabeza.
—Tú nunca querías cocinar para mí...
La sonrisa de Valeria desapareció.
—Decías...
Su voz tembló.
—...que yo no merecía comer lo que tú preparabas.
El corazón de Valeria se hizo pedazos.
Sintió un enorme nudo en la garganta.
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia él y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—¡Perdón!
Lucas se quedó inmóvil.
—Perdóname...
Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Valeria.
—Tu mamá fue una completa idiota...
—Mamá...
—No entiendo cómo pude hacerte tanto daño...
Lucas levantó lentamente una mano y secó las lágrimas de su madre con mucha delicadeza.
—Está bien...
Valeria lo miró.
El pequeño sonrió con dulzura.
—Te casaste muy joven con papá.
—...
—Tal vez... por eso estabas triste.
Valeria sintió que el pecho le dolía aún más.
Acarició su cabello.
—No.
Sonrió entre lágrimas.
—No busques excusas para mí.
Apoyó la frente contra la de él.
—La única verdad es que tú nunca tuviste la culpa de nada.