Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.
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El arte de no hacer nada... Mientras todos te miran
La humedad de la montaña tiene una forma particular de meterse en los huesos, pero sobre todo, en los mecanismos de madera vieja. La puerta de la cabaña había decidido que hoy no quería colaborar, emitiendo un chirrido que sonaba como el lamento de un espectro con dolor de muelas cada vez que el viento la sacudía. Victoria, sentada a la mesa del comedor con su portátil —que seguía siendo un pisapapeles de lujo de tres mil dólares—, me lanzó una mirada que habría congelado el helio.
—Adrian, esa puerta. Por favor. Haz algo.
—¿La puerta? Ah, sí. Es que está intentando comunicarse, jefa —respondí, mientras batía unos huevos con un tenedor con un entusiasmo sospechoso—. Creo que está en sol menor. Es una puerta con inquietudes artísticas, deberíamos darle una oportunidad antes de censurarla. No todos los días se tiene una entrada con oído absoluto… y yo aquí ignorándola.
Victoria cerró los ojos y respiró hondo. Era ese suspiro largo, el número cuarenta y dos de la mañana, que indicaba que su paciencia estaba colgando de un hilo de seda dental.
—No quiero arte. Quiero silencio. Y quiero que dejes de batir esos huevos como si estuvieras intentando generar electricidad estática. Tenemos problemas reales. Miller ha bloqueado mis cuentas personales. No puedo mover un solo centavo sin que el Tesoro reciba una alerta roja. Estamos atrapados en una postal de madera y tú estás haciendo un concierto de percusión.
—Bueno, técnicamente aquí no hay tiendas, así que el dinero es solo un concepto abstracto —dije, vertiendo la mezcla en una sartén que ya humeaba—. Mira el lado positivo: eres la mujer más rica del mundo en términos de aire puro y tranquilidad forestal. Eso no tiene precio, literalmente. Además, los huevos revueltos no aceptan tarjetas de crédito, solo buen apetito… y tolerancia al quemado.
Me acerqué a ella con un plato de algo que, en teoría, eran huevos, pero que parecían haber sobrevivido a un pequeño incendio controlado. Victoria ni siquiera miró la comida. Sus ojos estaban fijos en la pantalla, donde un cursor parpadeaba con una insistencia maníaca, recordándole que estaba desconectada del imperio que ella misma había construido desde cero.
—Eres increíble —susurró ella, y no era un cumplido—. Estamos siendo cazados, mi empresa está en manos de un burócrata, y tú estás preocupado por el tono musical de una puerta. ¿Alguna vez te tomas algo en serio, Adrian? ¿O es que tu cerebro tiene un límite de capacidad para el estrés y ya lo llenamos con la lista de la compra?
—Mi cerebro es un templo de paz, Victoria. Solo que a veces el monje encargado de la limpieza se queda dormido y deja la puerta abierta —le guiñé un ojo y le dejé el tenedor cerca—. Come. El quemadito tiene carbón activo. Es tendencia en las dietas de Silicon Valley para desintoxicar el alma de las malas vibras corporativas… o eso dicen los blogs raros.
Victoria apartó el plato con un gesto de cansancio. Se levantó y empezó a caminar por la estancia, con esa elegancia felina que ni el suelo irregular podía estropear. Se detuvo frente al viejo televisor de tubo que descansaba en una esquina, un artefacto que probablemente recordaba la llegada del hombre a la Luna.
—Ni siquiera esto funciona —dijo, golpeando suavemente el cristal—. Si pudiéramos al menos ver las noticias locales, sabríamos si Miller ha dado la rueda de prensa. Necesito saber qué narrativa está vendiendo Hale Tech al mundo.
—Esa reliquia solo sirve para sintonizar fantasmas, jefa. A menos que quieras ver estática con mucho sentimiento —me acerqué al televisor, tropezando con el cable de una lámpara y casi derribando un jarrón vacío en el proceso—. Aunque mi abuelo decía que estas cajas solo necesitan un poco de "percusión correctiva". Es como la vida: a veces necesitas un buen golpe para centrarte… o para empeorarla, depende.
—No me digas tonterías, Adrian. Es una antena de aire en medio de un valle muerto. No hay forma de que reciba una señal limpia sin un repetidor activo.
—¡Espera! —la interrumpí, señalando un cable que colgaba por detrás—. Mira, está lleno de telarañas. A lo mejor las arañas están cobrando peaje por la señal… sindicatos de insectos, ya sabes.
Me agaché detrás del mueble, haciendo ruidos de esfuerzo totalmente innecesarios. Victoria se cruzó de brazos, observándome con una mezcla de lástima y frustración.
Mis manos se movieron en la penumbra.
Pero esta vez…
👉 algo cambió.
Un pulso leve recorrió el cable.
Un latido artificial.
Casi imperceptible.
Mis dedos se detuvieron una fracción de segundo.
Demasiado.
Luego continué.
Tocando cables calientes, ajustando algo que simplemente se sentía suelto y dando un tirón seco a una conexión que parecía estar en el lugar equivocado. No fue una reparación elegante; fue un forcejeo que terminó conmigo dándole un rodillazo accidental al panel trasero mientras intentaba no caerme.
Luego, por puro instinto de supervivencia ante el ridículo, le di un palmetazo seco a la parte superior de la caja de madera.
—¡Ay! ¡Maldita sea! —exclamé, sacudiéndome la mano.
La pantalla estalló en nieve.
Luego imagen.
Pero esta vez…
no fue inmediato.
Hubo un retraso.
Un desfase.
Como si alguien…
hubiera aceptado la conexión.
Victoria no lo notó.
Yo sí.
Era demasiado tarde para detenerlo.
La imagen se estabilizó en el canal financiero.
Miller apareció.
Pero no estaba solo.
Detrás de él, durante una fracción de segundo…
un reflejo.
Un monitor.
Un mapa.
Una coordenada.
👉 Esta coordenada.
Mi sonrisa desapareció por dentro.
Victoria se quedó petrificada. Se acercó al televisor como si fuera un portal a otra dimensión.
—¿Cómo...? —empezó a decir, pero la imagen parpadeó violentamente—. ¡Adrian, muévete! ¡Vuelve a tocar lo que sea que tocaste!
—¡No sé qué toqué! —dije, entrando en pánico fingido mientras movía los brazos—.
Pero esta vez…
no era del todo fingido.
—¡Quédate quieto ahí! —gritó ella.
Me quedé.
La imagen volvió.
Miller hablaba.
Pero yo ya no escuchaba.
Porque ahora lo sabía.
👉 Nos habían encontrado.
—Está mintiendo —susurró Victoria.
—Sí… —respondí en voz baja.
Demasiado baja.
Ella no lo notó.
Pero yo sí.
Otro error.
Pequeño.
Pero acumulativo.
—¡Me pica la nariz! —solté el cable.
La señal murió.
Silencio.
Victoria explotó.
—¡Eres un desastre!
—Lo siento… —dije.
Pero ya estaba pensando en otra cosa.
El bosque.
El perímetro.
El tiempo.
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Esa noche, Victoria no durmió.
Pero no fue la única.
Yo tampoco.
Porque a las 02:17…
algo cruzó el bosque.
Un sonido seco.
Metálico.
Lejos.
Pero no lo suficiente.
Un dron.
No visible.
Pero audible para alguien que sabía escuchar.
Victoria se movió.
Se acercó a la ventana.
—¿Escuchaste eso?
—¿El qué? —respondí, medio dormido.
—Eso.
Silencio.
—Debe ser el viento —dije.
Pero el viento no se mueve en patrones de búsqueda.
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A la mañana siguiente, todo parecía igual.
Demasiado igual.
Eso era peor.
Preparé café.
Victoria estaba frente al televisor abierto.
—¿Buscando el tesoro escondido, jefa?
No respondió.
—¿Quién eres realmente, Adrian?
—Tu marido…
Pero esta vez…
no terminé la frase.
Porque afuera…
una rama crujió.
Cerca.
Demasiado cerca.
Victoria lo escuchó.
Lentamente giró la cabeza hacia la ventana.
Luego hacia mí.
Luego otra vez hacia la ventana.
—No estamos solos.
Silencio.
Yo sonreí.
Pero no como idiota.
No esta vez.
—Ahora sí se puso interesante… —murmuré.
Victoria se quedó congelada.
Porque esa frase…
no pertenecía al hombre con el que se había casado.
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Salí al porche.
El aire era distinto.
Pesado.
Vigilado.
Miré hacia el bosque.
Nada visible.
Pero todo presente.
Saqué el papel.
Lo rompí.
No lo iba a necesitar.
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Dentro, Victoria encontró el bloc.
Lo leyó.
Lo entendió.
No completamente.
Pero suficiente.
Miró hacia mí.
Y esta vez…
no vio a un idiota.
Vio un problema.
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Cliffhanger fuerte:
En el borde del bosque, oculto entre los árboles, una luz roja parpadeó una sola vez.
Luego desapareció.
Pero ya era tarde.
Porque alguien…
ya había fijado el objetivo.