Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.
Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.
Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.
Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.
Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.
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Capitulo 7
El coche avanzaba por las calles oscuras y silenciosas, y el silencio en el interior se sentía denso, pesado. Nereo conducía con la mirada fija en la carretera, apretando el volante con ambas manos, sin decir una palabra más desde que habían salido del evento. Ottavia iba recostada contra el asiento, mirando las luces de la ciudad desfilar ante sus ojos, pero no las veía. Su mente estaba muy lejos: en cada palabra, cada mirada, cada gesto de Lorenzo Salvetti.
—Estás muy pensativa —dijo Nereo de pronto, rompiendo el silencio con voz seca—. No has dejado de mirar por la ventana en todo el camino.
Ella giró la cabeza despacio hacia él. —Solo voy cansada. Ha sido una noche larga.
—Larga, sí —repitió él, y soltó una risa corta, amarga—. Pero no creo que sea el cansancio lo que te tiene así. Es él, ¿verdad? Salvetti. No le has quitado la cabeza desde que hablaste con él.
Ottavia lo miró con calma, sin alterarse. —¿Por qué te asusta tanto? ¿Acaso tienes miedo de que yo descubra que hay personas que saben tratar a una mujer con respeto?
Nereo golpeó levemente el volante con la palma de la mano, frustrado. —¡No me hables así! Yo te respeto. Te he dado un hogar, una familia, todo lo que tienes.
—Me has dado cosas, es cierto —respondió ella, con voz suave pero firme—. Pero hace mucho dejaste de darme atención. Me tratas como un mueble que siempre está ahí, que no cambia, que no necesita nada. Y él… él me miró como si importara. Como si yo importara.
—Te halagó, eso es todo —dijo él con desprecio—. Sabe cómo hablar, cómo convencer. Es su oficio. No te confundas, Ottavia. No te quiere a ti. Quiere dañarme a mí.
—¿Y si fuera al revés? —preguntó ella, y la pregunta le salió del alma antes de que pudiera detenerla—. ¿Y si él no me quiere para dañarte, sino porque simplemente me ve? Algo que tú dejaste de hacer hace años.
Nereo guardó silencio, apretó los labios y no respondió. En ese silencio estaba la respuesta: no tenía cómo contradecirla, porque sabía que era verdad.
Llegaron a casa. La puerta se cerró tras ellos y la casa quedó envuelta en esa calma que antes le parecía paz y ahora le parecía soledad. Se prepararon para dormir, cada uno por su lado, sin apenas mirarse. Nereo se metió bajo las sábanas y apagó la luz, dando la espalda a ella casi de inmediato.
—Buenas noches —murmuró, y su voz sonó lejana, sin calor.
—Buenas noches —respondió Ottavia, quedándose sentada en el borde de la cama, con la luz de la luna entrando suavemente por la ventana.
Se quedó allí largo rato, escuchando la respiración de Nereo volverse profunda y regular mientras se dormía. Entonces se acostó, pero con los ojos abiertos, repasando cada instante de la noche. Comparó la forma en que Nereo la había tratado durante años —con indiferencia, como algo seguro que no requiere esfuerzo— con la manera en que Lorenzo la había mirado, escuchado y hablado, como si cada palabra suya mereciera ser tenida en cuenta.
—¿Por qué duele tanto? —susurró en la oscuridad, apretando las manos sobre el pecho—. ¿Por qué tengo que sentir que por fin estoy viva, precisamente ahora, cuando todo se ha roto?
Cerró los ojos y volvió a ver la mirada de Lorenzo: intensa, sincera, sin fingir nada. Recordó sus palabras: “No deje que nadie la apague. Brilla demasiado como para pasar desapercibida”. Y por primera vez en mucho tiempo se permitió imaginarlo: ¿qué pasaría si aceptara lo que él parecía ofrecer? ¿Y si en lugar de quedarse aquí esperando que Nereo la valorara, decidiera valorarse ella misma?
—Sería peligroso —se dijo a sí misma, reconociendo el riesgo—. Él es mucho más joven. Es el rival de Nereo. Todo el mundo hablaría…
Pero entonces pensó en la frialdad de su esposo, en las mentiras, en Beatrice, y la duda se mezcló con una determinación nueva y temeraria. —¿Y si vale la pena? ¿Y si por una vez en mi vida hago algo solo por mí?
Se giró en la cama y miró la espalda de Nereo, esa espalda que durante diez años había sido su refugio y que ahora se sentía como un muro entre los dos. No se había dado cuenta de que ella misma había estado viviendo en sombras, esperando un amor que nunca llegaba, mientras alguien más joven, con menos historia, le ofrecía en unos minutos más respeto del que había recibido en toda una vida.
—No me enamoraré —pensó, como si se lo prometiera a alguien—. Solo quiero sentir que existo. Que todavía puedo gustar, que todavía puedo ser vista. Y si él es quien puede recordarme cómo se siente… ¿por qué no?
Respiró hondo y sintió cómo el corazón se le aceleraba no con miedo, sino con una emoción nueva, inquietante y hermosa a la vez. No sabía cómo, ni cuándo, ni hasta dónde llegaría. Pero en esa noche, mientras el hombre que tenía al lado dormía sin saber nada, Ottavia decidió que no iba a apagarse. Que si Lorenzo le abría una puerta, ella tendría el valor de cruzarla.
—Tengo derecho a ser feliz también —susurró al techo, con una sonrisa tímida pero firme—. Y si el precio es atreverme… lo haré.
Cerró los ojos por fin, y por primera vez en mucho tiempo, no soñó con el dolor de la traición. Soñó con una mirada oscura y profunda que la hacía sentir como la mujer más especial del mundo. Y al despertar al día siguiente, sabría que nada volvería a ser igual.
—¿Sigues despierta? —preguntó Nereo con voz somnolienta, sin girarse siquiera—. Te mueves demasiado.
Ottavia lo miró a la espalda, a esa figura que durante diez años había creído conocer de memoria. —Solo pensaba en lo que es sentirse invisible. Como si nadie te viera de verdad.
Él soltó un suspiro impaciente. —No digas tonterías. Estás cansada. Duérmete.
—No estoy cansada —respondió ella bajito—. Estoy despierta. Por primera vez en años, alguien me miró y me vio. Y me duele reconocer que tú nunca lo hiciste.
Nereo no respondió. Solo se encogió de hombros y siguió durmiendo, indiferente. Y Ottavia miró hacia la ventana con una sonrisa triste pero decidida: “No importa. Ya alguien lo hizo. Y eso basta para empezar”.