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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 21: La pista que mentía

El jueves por la mañana, Min‑jun despertó temprano, con una sonrisa en los labios y la sensación de que por fin todo iba a ir bien. Se lavó, se vistió y bajó a la cocina esperando oír la voz de su abuela diciéndole que el desayuno ya estaba listo, como hacía cada mañana sin falta.

Pero la cocina estaba vacía.

La mesa estaba puesta, los platos listos, el té humeante en la taza… pero ella no estaba. Min‑jun frunció el ceño. Su abuela nunca salía tan temprano sin dejarle una nota. Nunca. Se acercó a la mesa y su corazón dio un vuelco. Allí, justo encima de su plato, había un trozo de tela negra con un brillo dorado en el borde: **un pedazo del traje de Ámbar Negro**.

Se quedó helado. Lo tocó con dedos temblorosos. Era el mismo tejido que tenía Seo‑jun en los hombros del traje. Exactamente el mismo.

Salió corriendo de casa sin desayunar, cruzando la calle a toda velocidad hacia la de Seo‑jun. Llegó justo cuando él salía por la puerta, con la mochila al hombro y una expresión de preocupación que no se le iba de la cara. Al ver a Min‑jun pálido y sin aliento, se acercó rápido.

—¿Qué pasa? —le preguntó agarrándolo de los brazos—. ¿Te ha pasado algo?

Min‑jun levantó la mano y le mostró el trozo de tela negra con el brillo dorado.

—Estaba en mi cocina. Encima de mi plato. Mi abuela no está. Se ha ido sin dejar nota… y dejaron esto.

Seo‑jun se quedó mirando la tela. Luego se la acercó a su propio hombro y comparó. Era idéntica. El mismo material, el mismo brillo, el mismo corte. Se puso pálido de golpe.

—No… yo no he ido a tu casa esta mañana. No he salido hasta ahora. Min‑jun, te lo juro.

En ese momento, el brazalete de Min‑jun vibró con fuerza, no con la señal de alerta, sino con un mensaje grabado en la energía: *"Si quieres verla viva, ven solo al puente viejo del río Han. Y no llames a tu novio. O ella paga el precio."*

—Me han citado —dijo Min‑jun con voz quebrada—. Al puente viejo. Dice que vaya solo.

—No vas a ir solo —dijo Seo‑jun cerrando los puños—. Es una trampa. Y esa tela… es la prueba que querían que vieras. El Tejedor puede copiar nuestra apariencia, ¿recuerdas? Puede parecerse a ti, a mí, a cualquiera. Ha venido disfrazado de mí a tu casa. Para que dudaras de mí antes de que habláramos.

Min‑jun apretó los dientes. Tenía razón. Sabía que tenía razón. Pero la duda se le había metido en la cabeza igual: *¿y si no era mentira? ¿y si Seo‑jun le había ocultado algo más?* Sacudió la cabeza para espantar ese pensamiento. No. Seo‑jun era su persona. No podía dudar de él. No ahora.

—Voy a ir —dijo Min‑jun—. Pero no iré solo. Tú irás escondido. Si es él disfrazado… sabremos la verdad. Y si es otra cosa… nos cuidamos entre los dos.

Llegaron al puente viejo separados. Min‑jun caminó por la calzada principal, visible para cualquiera que estuviera mirando. Seo‑jun se coló por detrás de las barandillas, agarrado a los tubos de hierro, invisible desde arriba.

En medio del puente, de pie junto al borde, esperaba una figura alta con el traje de Ámbar Negro completo, igual que el de Seo‑jun, con la cara cubierta por el casco. Y detrás de él, atada a un poste de hierro con cuerdas de sombra, estaba la abuela de Min‑jun, con los ojos vendados y la boca tapada, temblando de miedo.

—¡Aquí estoy! —gritó Min‑jun deteniéndose a unos metros—. Suéltala. Tienes lo que querías.

El falso Ámbar se giró lentamente. La voz que salió del casco era una imitación perfecta de la de Seo‑jun, tan exacta que dolía oírla:

—Hola, Min‑jun. Pensé que nunca vendrías. Sabía que la vieja era tu punto débil. Fácil de llevarme, fácil de usar.

Min‑jun sintió que se le helaba la sangre. Esa voz… era idéntica. Pero había algo en la forma de moverse, en la postura, que no encajaba. Seo‑jun siempre se mantenía derecho, firme. Ese tipo se encorvaba un poco, como si le pesara el cuerpo.

—¿Quién eres de verdad? —preguntó Min‑jun dando un paso adelante—. No eres él.

El falso Ámbar se rió, y la risa se rompió en la mitad, volviéndose la voz rasposa y vieja del Tejedor de Han.

—¿No lo sabes seguro? ¿Y si sí soy yo? ¿Y si todo este tiempo te he estado mintiendo? ¿Y si solo me acerqué a ti por los Sellos? ¿Y si te quiero igual que quise a él hace veinte años… y te romperé igual que lo rompí a él?

Desde abajo, detrás de la barandilla, Seo‑jun vio todo. Y entendió el plan al instante: no quería matarlos. Quería que Min‑jun creyera que era él. Quería que dudara. Que se rompiera por dentro antes de luchar.

El falso Ámbar levantó una mano cargada de energía dorada, igual que la de Seo‑jun, y lanzó un rayo hacia el pecho de Min‑jun. Min‑jun no se movió. No esquivó. Solo gritó con todas sus fuerzas:

—¡SEI‑JUN, AHORA!

En el mismo segundo, el verdadero Seo‑jun saltó desde abajo, se transformó en Ámbar Negro en el aire y chocó contra el falso de lleno antes de que pudiera tocar a Min‑jun. Los dos cayeron al suelo en el borde del puente, rodando y golpeándose. El casco del impostor se resbaló y cayó hacia un lado.

Bajo él no había nadie conocido. Solo un rostro pálido y sin forma, como de sombra sólida, sin ojos ni nariz definida. **Era una copia. Un títere hecho de oscuridad.**

—¡Lo sabía! —gritó Min‑jun lanzando luz verde contra las cuerdas que ataban a su abuela—. ¡Sabía que no eras él!

El títere soltó un grito agudo y se deshizo en humo negro al instante. La abuela cayó hacia adelante, pero Min‑jun la agarró a tiempo antes de que golpeara contra el suelo. Le quitó la venda y la tela de la boca. Estaba asustada, pero no herida.

—Abuela… ¿estás bien? —le preguntó con voz temblorosa.

Ella lo miró a los ojos, luego miró a Seo‑jun, que se había quitado el casco y los miraba preocupado, y dijo algo que heló la sangre de ambos:

—El que me trajo aquí… no llevaba casco. Lo vi la cara claramente. Era él. Era este chico. Seo‑jun.

Min‑jun se quedó inmóvil. Seo‑jun abrió los ojos muy grandes.

—Pero… yo no fui —dijo suavemente, sin atreverse a levantar la voz—. Yo estuve en mi casa hasta que salí corriendo con Min‑jun. Lo sabes.

La abuela negó con la cabeza, firme.

—Vi su cara. Exactamente su cara. No era un disfraz. Era él. Me habló con su voz. Me dijo que si no me callaba, le haría daño a mi nieto.

El silencio que siguió fue peor que cualquier pelea. Min‑jun miró a Seo‑jun. Quería creerle. Quería con toda su alma. Pero su abuela nunca mentía. Nunca. Y el Tejedor podía copiar voces, podía copiar apariencias… ¿pero podía copiarse tan bien que hasta alguien que conocía a Seo‑jun de toda la vida se confundiera?

Seo‑jun dio un paso hacia él, con los ojos llenos de lágrimas que no soltaba.

—Min‑jun… por favor. Tú sabes quién soy. Tú sabes que nunca te haría eso. Ni a ti ni a nadie que quieras. Confía en mí. Solo en mí.

Min‑jun apretó los puños hasta que las uñas le clavaron en las palmas. Respiró hondo y miró a su novio a los ojos.

—Confío en ti —dijo, aunque por dentro sentía que se le rompía algo—. Pero el Tejedor quiere que dudemos. Eso es lo que quiere. Que nos rompamos nosotros mismos antes de que él tenga que hacer nada.

Seo‑jun asintió despacio, pero la sombra de la duda ya estaba ahí, flotando entre los dos como una pared invisible.

Caminaron de regreso a casa en silencio. La abuela no volvió a hablar del tema, pero cada vez que miraba a Seo‑jun, lo hacía con desconfianza. Cuando llegaron a la puerta de la casa de Min‑jun, Seo‑jun se detuvo antes de despedirse.

—Tengo que irme —dijo sin mirarlo casi—. Tu abuela no se siente cómoda conmigo cerca ahora. Y la entiendo.

—No tienes que irte —dijo Min‑jun agarrándole la mano—. No dejes que gane.

Seo‑jun apretó su mano un instante y luego la soltó despacio.

—No es él quien me hace irme, Min‑jun. Soy yo. Si mi cara, mi voz, todo lo que soy… puede ser copiado y usado para haceros daño… entonces cuanto más cerca esté de vosotros… más peligro tenéis. No quiero ser el arma que os destruya.

Se dio la vuelta y se fue caminando despacio, sin mirar atrás. Min‑jun se quedó solo en la puerta, mirándolo ir, sintiendo que el Tejedor acababa de ganar la primera batalla sin siquiera levantar un dedo.

Entró en su habitación, se dejó caer en la cama y sacó el cuaderno de debajo del colchón con manos pesadas.

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📔 CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN

Jueves por la noche, con miedo a dudar

Querido cuaderno:

Hoy ha pasado lo que más miedo me daba. No porque nos atacaran con sombras o monstruos. Sino porque el Tejedor ha usado la cara de Seo‑jun para hacer daño. Y mi propia abuela lo ha visto. O lo ha visto a él, o a alguien que era idéntico a él. Y dice que era él.

Yo sé que no era él. Sé que Seo‑jun no es capaz de hacerle daño a nadie, mucho menos a mi abuela. Sé que estaba conmigo desde esta mañana. Pero el problema no es lo que yo sé. El problema es que ahora mi abuela duda de él. Y si ella duda… ¿quién más lo hará? Y lo peor de todo: ¿y si el Tejedor puede copiarlo tan bien que ni yo mismo pueda distinguirlo algún día?

Seo‑jun se ha ido antes. Me ha dicho que cuanto más cerca esté de nosotros, más peligro corremos. Y tiene razón. Si su cara puede convertirse en una amenaza… entonces estar conmigo es peligroso para mí. Y eso es justo lo que quiere el Tejedor. Que nos alejemos. Que nos separemos. Que nos rompamos por dentro sin que él tenga que dar ni un solo golpe.

Pero no voy a dejar que lo consiga. No voy a dejar que gane solo porque se disfraza de la persona que más quiero. Tengo que confiar en Seo‑jun. En la forma en que me mira. En la forma en que me agarra la mano cuando tenemos miedo. En las cosas que solo nosotros sabemos. Si me fijo solo en la cara… cualquiera puede engañarme. Pero si me fijo en lo que lleva dentro… nadie puede copiar eso. Nadie.

Mañana tenemos que hablarlo con el grupo. Tae‑ho, Ji‑eun, todos. Tienen que saber que el Tejedor puede parecerse a cualquiera de nosotros. Que no pueden confiar solo en la cara. Que tienen que buscar la verdad más allá de lo que ven.

Y mañana también iremos al Santuario a despertar la Esmeralda de la Protección. Necesitamos protección de verdad. No solo para los golpes. Para las mentiras. Para las dudas. Para todo lo que él intente meternos en la cabeza.

Porque ahora sé que su arma más fuerte no es la fuerza. Es la duda. Y si dejamos que crezca… nos destruirá antes de que empecemos a luchar de verdad.

No voy a dudar de él. No voy a dejar que gane. No esta vez.

Buenas noches.

Min‑jun.

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Cerró el cuaderno y se asomó a la ventana. Al otro lado de la calle, en la sombra de un árbol, Seo‑jun estaba de pie mirando su ventana. No se acercó. No llamó. Solo se quedó allí unos minutos más y luego se fue. Min‑jun lo vio irse y apretó los dientes. Sabía que esto era solo el principio. El Tejedor tenía muchas más caras que copiar. Muchas más mentiras que contar. Y cada una sería más difícil de creer que la anterior.

FIN DEL CAPÍTULO 21

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