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El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

El Caballero Correcto Y La Dama Inconveniente

Status: Terminada
Genre:Romance / Época / Completas
Popularitas:702
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: El rumor, la apuesta y el caballero demasiado amable

Beatrice Montclair descubrió que la humillación podía tener muchas formas.

Algunas eran evidentes, como tropezar en un vals frente a media Valdoria o escuchar a Lady Harcourt comparar un sombrero fugitivo con “la voluntad del corazón”.

Otras eran más pequeñas.

Más sucias.

Más difíciles de convertir en broma.

Como enterarse de que un grupo de caballeros había apostado dinero sobre si su falso compromiso con Lord Nathaniel Ashford llegaría a convertirse en uno verdadero.

La noticia llegó en una mañana gris, con Clara llevando el té y Lady Agatha sosteniendo una carta cerrada con demasiada rigidez.

Beatrice lo supo antes de que su tía hablara.

—No me gusta su cara —dijo.

Lady Agatha bajó la carta.

—Querida.

—Definitivamente no me gusta su cara.

—Mi cara no es el problema.

—Eso es lo que diría alguien con una cara problemática.

Clara colocó la bandeja sobre la mesa y permaneció más cerca de lo habitual. Beatrice notó que no se retiraba. Aquello fue peor que cualquier anuncio dramático.

—¿Ha muerto alguien? —preguntó Beatrice.

—No.

—¿Lady Harcourt escribió un poema?

—No que yo sepa.

—Entonces me aferro a la esperanza.

Lady Agatha respiró despacio.

—Ha llegado una información desagradable desde el club de caballeros.

Beatrice dejó la taza sin beber.

—Nada bueno empieza con esa frase.

—Algunos caballeros han hecho una apuesta.

—¿Sobre caballos?

Lady Agatha no respondió.

Beatrice sintió que el silencio se le asentaba en el estómago.

—Ah —dijo.

Clara bajó la mirada.

Lady Agatha extendió la carta hacia ella.

—Sobre ti y Lord Ashford.

Beatrice no tomó la carta.

Durante un momento, el salón pareció demasiado quieto. El reloj sonaba. La tetera humeaba. Afuera, un carruaje pasó sobre el empedrado con un ruido lejano.

—¿Qué apostaron exactamente? —preguntó Beatrice.

—Si el compromiso será anunciado antes de fin de mes.

Beatrice soltó una risa breve.

No era una risa feliz.

Ni siquiera una risa divertida.

Era la clase de sonido que salía cuando una tenía demasiadas cosas que decir y ninguna podía decirse sin romper algo.

—Qué considerado —dijo—. Al menos me han dado plazo.

—Beatrice.

—¿También han apostado por el color del vestido? ¿La fecha? ¿El número de damas que llorarán antes del desayuno?

Lady Agatha apretó los labios.

—Lo siento.

Beatrice se levantó.

—No lo sienta usted. No fue usted quien convirtió mi vida en un entretenimiento para hombres con demasiados puros y muy poca imaginación.

Clara habló con cuidado.

—¿Desea más té, señorita?

Beatrice la miró.

—¿El té puede incendiar un club?

—No de forma legal, señorita.

—Entonces no.

Lady Agatha dejó la carta sobre la mesa.

—Lord Ashford también se enterará, si no lo ha hecho ya.

Beatrice se volvió hacia la ventana.

Ahí estaba lo peor.

No el rumor.

No la apuesta.

No siquiera la humillación de saber que su nombre había sido mencionado entre risas, monedas y copas.

Lo peor era imaginar a Nathaniel enterándose.

Lord Ashford, tan correcto, tan cuidadoso, tan empeñado en no permitir que el rumor la arrastrara. Lord Ashford, que había dicho que ella no era una propiedad ni una recompensa. Lord Ashford, cuya mano en su cintura había sido un accidente, pero cuya decencia empezaba peligrosamente a no serlo.

Beatrice cerró los dedos contra la falda.

—No quiero que vaya allí por mí.

Lady Agatha la observó.

—¿Por qué?

—Porque no soy una causa.

—No.

—Ni una dama en una torre.

—Tampoco.

—Ni una apuesta que deba corregirse con otro gesto masculino.

—Eso ya lo sabe él.

Beatrice miró a su tía.

Lady Agatha sostuvo su mirada con una suavidad que resultaba más peligrosa que una reprimenda.

—Lord Ashford puede ser muchas cosas, querida, pero no parece un hombre inclinado a confundirte con una torre.

Beatrice quiso responder algo sarcástico.

No encontró nada.

Aquello la irritó.

—Es demasiado amable —murmuró.

—No creo que sea amabilidad lo que te molesta.

—Entonces es exceso de postura.

Clara tosió.

Beatrice la señaló.

—No participe.

—No, señorita.

—Ese “no” participó.

El humor alivió algo, pero no lo suficiente. La carta seguía sobre la mesa, cerrada, como una pequeña prueba de que el mundo podía tomar algo confuso y delicado y convertirlo en moneda.

Beatrice no lloró.

Eso le habría dado demasiada importancia a los caballeros del club.

Pero tampoco pudo reírse.

Y eso les dio más poder del que merecían.

Mientras tanto, en el club de St. James, Sebastián Ashford cometía el raro acto de estar serio durante más de tres minutos.

Nathaniel lo encontró junto a la chimenea, con una copa intacta en la mano y una expresión que no le correspondía.

—¿Quién? —preguntó Nathaniel.

Sebastián no fingió no entender.

—Cresswell inició la apuesta. Wintrope participó con entusiasmo trágico. Otros añadieron dinero porque, al parecer, la estupidez se contagia en habitaciones cerradas.

Nathaniel miró hacia el salón principal del club.

Varios caballeros conversaban cerca de una mesa. Lord Cresswell reía. Lord Percival Wintrope parecía melancólico frente a un vaso, probablemente recordando a sus spaniels con más dignidad que a Beatrice.

—¿Dónde está el libro?

Sebastián levantó las cejas.

—Nathaniel.

—¿Dónde?

—En la sala de juego.

Nathaniel avanzó sin esperar respuesta.

Sebastián lo siguió, ahora con expresión de interés creciente.

—Debo decir que me preocupa y me emociona esta versión tuya.

—No es una versión.

—Claro que no. Es tu expresión habitual, solo que con intención de derribar muebles.

Nathaniel no respondió.

Entraron en la sala de juego.

La mesa estaba ocupada por cinco caballeros. Había cartas, copas, monedas y un pequeño libro abierto cerca de Cresswell.

Nathaniel se detuvo junto a la mesa.

Las conversaciones bajaron de volumen.

Lord Cresswell sonrió con esa confianza propia de los hombres que jamás habían recibido suficientes consecuencias.

—Ashford. Llegas en buen momento. Estábamos hablando de ti.

—Eso he oído.

Sebastián se apoyó contra el marco de la puerta.

—Qué incómodo. Y yo que esperaba sutileza.

Cresswell cerró el libro con lentitud.

—No hay ofensa. Solo una diversión inocente.

Nathaniel miró el libro.

—Ábrelo.

Cresswell soltó una risa.

—Vamos, Ashford. No te pongas solemne. Todos sabemos que el asunto con la señorita Montclair acabará en anuncio. Solo estamos adelantándonos a lo evidente.

Nathaniel no levantó la voz.

Eso fue lo que hizo que la habitación se callara por completo.

—Ábrelo.

Cresswell sostuvo su mirada unos segundos.

Luego, con una sonrisa menos segura, abrió el libro.

Nathaniel leyó los nombres.

Leyó las cantidades.

Leyó la línea donde estaba escrito el nombre de Beatrice junto al suyo, como si ambos fueran caballos en una carrera, propiedades en disputa o piezas de un juego diseñado por hombres aburridos.

Sebastián dejó de sonreír.

Nathaniel cerró el libro.

—La apuesta termina ahora.

Cresswell se reclinó en su silla.

—No sabía que dirigías el club.

—No lo dirijo.

—Entonces no veo por qué deberíamos obedecerte.

Nathaniel colocó una mano sobre el libro.

—Porque si vuelve a aparecer el nombre de la señorita Montclair en una apuesta, cualquiera que sea, me aseguraré de que cada caballero de esta mesa tenga que explicar públicamente por qué considera divertido especular con la reputación de una dama.

El silencio fue absoluto.

Sebastián murmuró:

—Ah. Esa fue una amenaza con corbata.

Nathaniel continuó:

—El dinero reunido será entregado al hospital.

Wintrope parpadeó.

—¿Al hospital?

—Sí.

—Pero yo aposté una suma considerable.

—Entonces será una contribución considerable.

Sebastián levantó un dedo.

—Y noble. No olvidemos noble.

Cresswell se puso de pie.

—Ashford, estás exagerando por una mujer que probablemente terminará siendo tuya de todos modos.

La sala cambió.

No con ruido.

Con quietud.

Nathaniel levantó la vista.

—Repítelo.

Cresswell tuvo la inteligencia tardía de no hacerlo.

Nathaniel dio un paso hacia él.

—La señorita Montclair no es mía. No es tuya. No es futura posesión de nadie. Si algún día decide aceptar mi cortejo, mi nombre o cualquier otra cosa que yo pueda ofrecerle, será porque ella lo quiere. No porque una sala de hombres lo haya apostado antes.

Sebastián miró al techo.

—Bueno. Eso sí fue casi una declaración.

Nathaniel no apartó los ojos de Cresswell.

—¿He sido claro?

Cresswell apretó la mandíbula.

—Perfectamente.

—Bien.

Nathaniel tomó el libro y se lo entregó a Sebastián.

—Asegúrate de que el dinero llegue al hospital.

Sebastián aceptó el libro con una reverencia excesiva.

—Con gusto. Siempre he querido convertirme en albacea de la estupidez masculina.

Nathaniel se giró para marcharse.

En la puerta, Wintrope habló con voz herida.

—No pretendíamos insultarla.

Nathaniel se detuvo.

—Entonces deberían preguntarse por qué lo consiguieron tan fácilmente.

Sebastián silbó bajo.

—Hermano, si sigues así, tendré que empezar a respetarte en público.

—No lo hagas.

—Sería incómodo para ambos.

Salieron del club con el libro bajo el brazo de Sebastián y una tensión nueva entre ellos.

Por una vez, Sebastián no hizo una broma de inmediato.

Eso preocupó a Nathaniel más que la apuesta.

Caminaron media calle antes de que su hermano hablara.

—¿Vas a decírselo?

—Sí.

—Ella lo odiará.

—Lo sé.

—No a ti. Bueno, quizá un poco a ti. Pero odiará que hayas tenido que hacerlo.

Nathaniel miró al frente.

—También lo sé.

Sebastián lo estudió con una atención poco habitual.

—No lo hiciste para impresionarla.

—No.

—Ni para reclamarla.

Nathaniel se detuvo.

—Nunca.

Sebastián asintió.

—Bien. Porque la señorita Montclair parece capaz de convertir un reclamo en funeral.

—Lo imagino.

—Y aun así vas a verla.

—Sí.

Sebastián le entregó el libro a un criado del club que los había seguido con instrucciones, luego se ajustó los guantes.

—Entonces te recomiendo llevar pastelillos.

Nathaniel lo miró.

—¿Por qué?

—Porque cuando una dama descubre que varios idiotas apostaron sobre su futuro, azúcar y furia suelen necesitar acompañamiento.

—¿Hablas por experiencia?

—Hablo por supervivencia.

Beatrice no esperaba visita aquella tarde.

Eso no impidió que, cuando Clara anunció a Lord Ashford, ella ya estuviera de pie.

—¿Lord Ashford? —preguntó, fingiendo sorpresa de una forma tan mala que Clara tuvo la bondad de mirar al suelo.

—Sí, señorita.

Lady Agatha estaba en el salón, sentada junto a la ventana con una taza olvidada entre las manos.

—Hazlo pasar, Clara.

Nathaniel entró unos momentos después.

No llevaba flores.

No llevaba sonrisa.

No llevaba pastelillos, lo cual Beatrice consideró evidencia de que Sebastián no había sido consultado o había sido ignorado, ambas posibilidades igualmente probables.

—Lady Agatha —dijo él—. Señorita Montclair.

Beatrice hizo una inclinación breve.

—Lord Ashford.

La formalidad se sintió rara.

Después de cartas, valses, sombreros, teteras y spaniels, volver a un saludo correcto parecía ponerse guantes sobre una herida.

Lady Agatha los miró a ambos.

—Creo que Clara necesita ayuda con el té.

Beatrice giró hacia ella.

—Tía, Clara ha administrado esta casa desde antes de que yo supiera pronunciar porcelana.

—Precisamente por eso debo asegurarme de que siga haciéndolo.

Lady Agatha salió con una falta de sutileza admirable.

Beatrice esperó a que la puerta quedara cerrada.

—Ya lo sé —dijo.

Nathaniel no fingió desconocimiento.

—Lo lamento.

—Todos lo lamentan. Es una epidemia de arrepentimiento muy bien vestida.

—No basta.

—No. Pero es lo que la gente dice cuando no puede deshacer algo.

Nathaniel permaneció de pie.

Beatrice también.

Ninguno se sentó, como si sentarse volviera la conversación demasiado doméstica para algo tan humillante.

—Fui al club —dijo él.

—Eso imaginé.

—La apuesta terminó.

Beatrice apretó los dedos.

—Qué eficiente.

—El dinero será donado al hospital.

Ella soltó una risa breve.

—Maravilloso. Mi vergüenza ahora tendrá utilidad pública.

Nathaniel aceptó el golpe sin defenderse.

Eso la enfadó más.

—No haga eso.

—¿Qué?

—Quedarse quieto como si mereciera cualquier cosa que diga.

—Quizá la merece.

—No. Y eso es irritante, porque me quita la comodidad de culparlo.

Nathaniel bajó un poco la mirada.

—Lamento que mi nombre haya contribuido a esto.

Beatrice lo miró con incredulidad.

—Su nombre no contribuyó. Los hombres lo hicieron. Hay una diferencia, aunque algunos caballeros parezcan tener dificultades para distinguir entre nombre, derecho y propiedad.

Algo cruzó la expresión de Nathaniel.

—Cresswell dijo algo parecido.

—¿A qué?

—A propiedad.

Beatrice se quedó helada.

—¿Qué dijo?

Nathaniel dudó.

—Prefiero no repetirlo.

—Lord Ashford.

—No merece oírlo.

—Eso no responde.

La mandíbula de Nathaniel se tensó apenas.

—Dijo que probablemente terminaría siendo mía de todos modos.

Beatrice sintió primero el golpe.

Luego el calor.

Luego una furia tan limpia que por un momento fue casi tranquila.

—Qué generoso de su parte repartir mi futuro antes de consultarme.

—Lo corregí.

—No lo dudo.

—No porque usted necesitara que lo hiciera.

Beatrice levantó la vista.

Nathaniel habló con cuidado, como si cada palabra importara.

—Lo hice porque no estaba dispuesto a permitir que esa frase quedara sin respuesta. Pero sé que usted puede defenderse. Lo ha hecho desde la primera noche.

La furia de Beatrice no desapareció.

Pero cambió de forma.

Dejó de apuntar a él.

—¿Qué dijo? —preguntó.

—Que usted no es mía. Ni suya. Ni futura posesión de nadie.

Beatrice no supo qué hacer con eso.

El silencio se volvió grande.

Demasiado grande.

—Eso fue muy correcto de su parte —dijo al fin.

—No lo hice por corrección.

Ella lo miró.

Nathaniel sostuvo la mirada.

—Lo hice porque es verdad.

Beatrice descubrió que la garganta se le había vuelto incómodamente estrecha.

—Debe dejar de decir cosas así.

—¿Verdaderas?

—Peligrosas.

—No sabía que la verdad podía ser un peligro.

—Entonces no ha prestado atención a Valdoria.

La boca de Nathaniel se suavizó apenas, pero no sonrió del todo.

—Tiene razón.

—Eso también debería decirlo menos.

—¿Que tiene razón?

—Sí. Una podría acostumbrarse.

—No sería un mal hábito.

Beatrice bajó la mirada, porque aquello no era justo.

La vergüenza de la apuesta seguía allí. El asco de saberse discutida como objeto también. Pero junto a eso había algo nuevo, algo que no encajaba con el dolor: la certeza de que Nathaniel no había ido al club a jugar al héroe.

Había ido porque la indignación también podía ser respetuosa.

Porque la cortesía, en él, no era debilidad.

Era límite.

—No quiero que esto decida nada —dijo ella.

—No lo hará.

—No quiero que el rumor nos empuje.

—No lo permitirá.

—No dije que pudiera impedirlo sola.

—Dije que no lo permitirá porque yo tampoco ayudaré a empujar.

Beatrice lo miró.

Aquello era una respuesta extraña.

Correcta.

Considerada.

Y profundamente inconveniente.

—¿Y si quiero que termine? —preguntó.

Nathaniel no respondió de inmediato.

Por primera vez desde que entró, pareció que la pregunta había llegado a un lugar sin defensa.

—Entonces terminará —dijo.

Beatrice sintió que algo se movía dentro de ella.

—¿Así de simple?

—No simple. Pero sí claro.

—¿Aunque su madre, mi tía, Lady Harcourt, Sebastián y media Valdoria hayan decidido lo contrario?

—Sí.

—¿Aunque eso deje su reputación golpeada?

—Mi reputación sobrevivirá.

—Qué confianza tan irritante.

—Mi reputación no es más importante que su libertad.

Beatrice apartó la mirada.

No porque quisiera llorar.

No.

Por supuesto que no.

Solo porque las lámparas del salón estaban demasiado brillantes y Nathaniel Ashford tenía una forma intolerable de decir cosas que obligaban a una a sentirlas antes de encontrar una broma.

—¿Y si no quiero que termine? —preguntó, más bajo.

Nathaniel se quedó inmóvil.

Beatrice se arrepintió de inmediato.

—No he dicho que no quiera.

—Lo sé.

—Solo dije sí.

—Lo sé.

—No sonría.

—No estoy sonriendo.

—Está teniendo pensamientos.

—Sí.

—Deténgalos.

—Lo intentaré.

Beatrice respiró hondo.

—Lo que intento decir es que no quiero decidir nada porque un grupo de idiotas hizo una apuesta.

—Entonces no decida nada por ellos.

—Ni por usted.

—Tampoco.

—Ni por Lady Agatha.

—Ella quizá sea más difícil de convencer.

Beatrice soltó una risa inesperada.

Pequeña.

Cansada.

Pero real.

Nathaniel la miró como si aquella risa hubiera valido algo.

Y eso casi la deshizo más que la apuesta.

La puerta se abrió lo suficiente para que Lady Agatha entrara con Clara y el té, fingiendo que no habían estado esperando el segundo exacto en que el aire dejara de pesar.

Clara llevaba también un plato de pastelillos.

Beatrice entrecerró los ojos.

—Clara.

—Pensé que podrían ser necesarios, señorita.

Nathaniel miró el plato.

—Sebastián tenía razón.

Beatrice levantó una ceja.

—¿Sobre qué?

—Pastelillos.

—Lord Ashford, si su hermano empieza a tener razón, la civilización está en peligro.

Lady Agatha sirvió el té con serenidad.

—Entonces será mejor alimentarla.

Nathaniel aceptó una taza.

Beatrice tomó un pastelillo, no por hambre, sino por principio.

Durante unos minutos hablaron de cosas menos terribles. El clima. La próxima reunión. La posibilidad de que Lady Harcourt usara la palabra destino en demasiadas frases. Clara, muy callada, dejó el plato cerca de Beatrice como si entendiera que el azúcar era una forma doméstica de armadura.

Cuando Nathaniel se levantó para marcharse, Beatrice lo acompañó hasta la entrada del salón.

Lady Agatha fingió no mirar.

Clara fingió mejor.

—Lord Ashford —dijo Beatrice.

—Señorita Montclair.

Ella dudó.

Luego dijo:

—Gracias por terminar la apuesta.

—No tiene que agradecerme.

—Lo sé. Por eso lo hago.

Nathaniel inclinó apenas la cabeza.

Beatrice apretó los dedos contra el borde de su falda.

—Y gracias por no hacer de eso una deuda.

—Nunca.

La palabra fue baja.

Firme.

Sin adornos.

Beatrice la sintió más de lo que quiso.

Nathaniel dio un paso hacia la salida.

Ella habló antes de poder detenerse.

—Nathaniel.

Él se quedó completamente quieto.

No fue exagerado. No fue dramático. Pero Beatrice vio el cambio. La forma en que su atención volvió a ella entera, como si su nombre, dicho por su voz y sin título delante, hubiera alterado algo en el aire.

También ella lo sintió.

Y, naturalmente, se arrepintió de inmediato.

—Quiero decir… Lord Ashford.

Él no sonrió.

No se burló.

No la ayudó a escapar.

Solo dijo:

—Sí, Beatrice.

El nombre de ella, en su voz, fue un desastre distinto.

Más silencioso.

Más peligroso.

Beatrice tragó saliva.

—El falso compromiso solo debe terminar si eso es lo que yo quiero de verdad.

Nathaniel la miró.

—Sí.

—Y todavía no sé qué quiero.

—Entonces no terminaremos nada hoy.

Beatrice dejó salir el aire.

—Qué caballero tan demasiado amable.

—No siempre.

—No arruine mi frase.

—Perdón.

Esta vez ella sonrió.

Nathaniel también.

Pequeño. Contenido. Imposible de confundir con nada útil.

Cuando él se marchó, Beatrice permaneció unos segundos mirando la entrada vacía.

Lady Agatha habló desde el salón.

—Nathaniel, ¿eh?

Beatrice cerró los ojos.

—No diga nada.

—No he dicho nada.

—Dijo su nombre con toda la habitación.

Clara, desde la mesa del té, murmuró:

—Fue un nombre muy audible, señorita.

Beatrice se volvió hacia ambas.

—Estoy rodeada de traidoras.

Lady Agatha tomó su taza.

—De observadoras.

—Peor. Las observadoras recuerdan detalles.

—Y tú acabas de proporcionar uno interesante.

Beatrice volvió al salón, tomó otro pastelillo y se sentó con más dignidad de la que sentía.

—No significa nada.

Lady Agatha no respondió.

Clara tampoco.

Eso fue intolerable.

—No significa nada —repitió Beatrice.

Lady Agatha bebió té.

Clara acomodó la bandeja.

El silencio de ambas fue tan educado como despiadado.

Beatrice miró hacia la ventana, donde el carruaje de Nathaniel ya se alejaba.

El rumor seguía siendo una catástrofe.

La apuesta, una ofensa.

Valdoria, un enemigo con abanicos.

Pero por primera vez desde que todo había empezado, Beatrice tuvo la extraña sensación de que el falso compromiso no era solo una trampa armada por otros.

También podía ser una pregunta.

Y lo peor de las preguntas, como Lady Agatha sabía demasiado bien, era que Beatrice rara vez podía resistirse a responderlas.

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