Un escritor exitoso transforma el destino de una mujer marcada por cicatrices.
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Capitulo 12
...
La voz de Gianna salió apenas como un susurro.
Su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho. Sentía que el aire comenzaba a faltarle y, por un instante, aquella oscuridad le recordó demasiado a las noches que había pasado escondiéndose.
Retrocedió un paso.
Entonces una figura salió de entre las sombras.
—Soy yo.
Gianna dio un pequeño salto.
—¡Señor!
Se llevó una mano al pecho.
—¡Me quiere matar de un infarto!
Rocco soltó una pequeña risa, pero esta desapareció de inmediato al observarla con detenimiento.
El miedo seguía reflejado en sus ojos.
No era simplemente el susto de haber encontrado a alguien en medio de la noche.
Era un miedo mucho más profundo.
Rocco se acercó lentamente.
—Perdóname. No quería asustarte.
Gianna intentó recuperar la compostura.
—Pensé que...
Se detuvo.
No quería explicar lo que había pensado.
Rocco la observó unos segundos.
Después extendió la mano y tomó suavemente la de ella.
Gianna se quedó inmóvil.
El contacto fue inesperado.
Pero, curiosamente, no sintió miedo.
Rocco habló con voz tranquila.
—Tranquila.
Sus ojos permanecieron sobre los de ella.
—Estás a salvo aquí.
Aquellas palabras hicieron que Gianna sintiera un nudo en la garganta.
A salvo.
Rocco percibió el cambio en su expresión.
¿Por qué una simple aparición en un jardín podía provocarle semejante miedo?
¿Qué había vivido?
Por primera vez, se preguntó seriamente qué había detrás de aquella mirada.
Gianna bajó los ojos hacia sus manos.
La mano de Rocco seguía sosteniendo la suya.
Él también pareció darse cuenta.
Pero ninguno de los dos se apresuró a apartarla.
Durante unos segundos, simplemente permanecieron allí.
Bajo la luz tenue de la luna.
Sin decir nada.
Rocco sintió algo extraño.
Una sensación que no sabía explicar.
No era solamente curiosidad.
Era el deseo de protegerla.
De conocerla.
De descubrir qué historia escondía aquella joven que había llegado a su casa hacía tan poco tiempo y que, sin proponérselo, había conseguido entrar en sus pensamientos.
Gianna, por su parte, no entendía por qué estar junto a él le resultaba tan diferente.
Rocco era un desconocido.
Uno de los señores de la casa.
Sin embargo, su voz tranquila y la manera en que la miraba habían conseguido que su corazón dejara de acelerarse poco a poco.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —preguntó él suavemente.
Gianna levantó la mirada.
—No podía dormir.
Rocco asintió.
—Yo tampoco.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Gianna.
—Entonces ambos tenemos el mismo problema.
Rocco sonrió.
—Parece que sí.
Durante unos segundos volvieron a quedarse en silencio.
La brisa nocturna movía suavemente las hojas de los árboles y la luz de la luna iluminaba sus rostros.
Gianna fue la primera en reaccionar.
Apartó lentamente su mano de la de Rocco.
—Lo siento, señor... No es correcto que yo esté aquí con usted a estas horas de la noche.
Rocco la observó.
—No tienes que disculparte.
Gianna bajó la mirada.
—Aun así, debería irme.
Rocco permaneció unos segundos en silencio antes de hacerle una pregunta que llevaba rato rondándole la cabeza.
—¿De dónde vienes?
Gianna levantó la mirada.
—¿Señor?
—¿Qué te trajo a esta casa?
La expresión de Gianna cambió ligeramente.
Por un instante, Rocco pudo notar que había tocado una herida que ella intentaba mantener oculta.
Ella apartó la mirada hacia las flores.
—Solo estoy aquí para trabajar.
—Eso ya lo sé.
Rocco dio un paso hacia ella.
—Pero no es lo que pregunté.
Gianna apretó ligeramente los labios.
No quería hablar.
—De dónde vengo es solo asunto mío, señor.
Rocco guardó silencio.
La respuesta había sido firme, pero no desafiante.
Era más bien la respuesta de alguien que protegía desesperadamente un secreto.
—Entiendo.
Gianna hizo una pequeña inclinación de cabeza.
—Si me disculpa, me voy a dormir. En unas horas debo trabajar.
—Gianna...
Ella se detuvo.
Por un instante pareció que Rocco iba a preguntarle algo más.
Pero finalmente negó con la cabeza.
—Buenas noches.
—Buenas noches, señor De Santis.
Gianna se alejó por el sendero.
Rocco permaneció allí, observándola hasta que desapareció detrás de la puerta trasera de la casa.
Entonces soltó un suspiro.
Aquella muchacha estaba llena de secretos.
Y cuanto más intentaba comprenderla, más preguntas aparecían.
Rocco miró hacia la puerta por la que Gianna acababa de marcharse.
Había algo en ella que no conseguía explicar.
Era sencilla.
Reservada.
Y había una especie de inocencia en su manera de comportarse que resultaba difícil de ignorar.
No parecía interesada en su dinero.
No parecía impresionada por su apellido.
Ni siquiera sabía quién era antes de llegar a aquella casa.
Y quizá eso era precisamente lo que más le atraía.
Rocco sonrió ligeramente.
—¿Quién eres realmente, Gianna Esposito?
No obtuvo respuesta.
Solo el silencio de la noche.
Pero, por primera vez, Rocco no sintió que necesitara una respuesta inmediata.
Quería descubrirla poco a poco.
Porque aquel misterio había comenzado a despertar algo que no esperaba sentir.
Y mientras regresaba lentamente hacia la casa, una certeza comenzó a instalarse en su mente:
Gianna había conseguido llamar su atención mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Gianna entró en su habitación y cerró la puerta lentamente.
Solo cuando escuchó el pequeño clic de la cerradura se permitió respirar.
Apoyó la espalda contra la puerta y cerró los ojos.
Su corazón todavía latía demasiado rápido.
Pero esta vez no era por miedo.
Se llevó una mano al pecho.
—¿Qué me pasa...?
La imagen de Rocco apareció nuevamente en su mente.
Su voz tranquila.
Su mirada.
Y, sobre todo, el momento en que había tomado su mano.
Gianna bajó lentamente la mirada hacia sus propios dedos.
Todavía podía recordar aquella sensación.
Nunca le había ocurrido algo parecido.
Jamás había tenido a un hombre cerca de aquella manera.
Ningún hombre la había tomado de la mano.
Ningún hombre la había mirado como él lo había hecho.
Nunca había recibido un beso.
Ni una caricia.
Nada.
Las únicas manos que habían tocado su cuerpo habían sido manos que le provocaban miedo.
Las de su madre, cuando el alcohol hacía que perdiera el control y terminaba golpeándola.
Las de Pedro, que alguna vez habían apretado con tanta fuerza sus brazos que le habían dejado marcas.
Gianna cerró los ojos.
No quería pensar en eso.
Nuevamente recordó la mano de Rocco.
Gianna se sentó en el borde de la cama.
—Estás a salvo aquí...
Las palabras de Rocco volvieron a su mente.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios antes de desaparecer rápidamente.
—Solo fue para tranquilizarme...
Intentó convencerse.
Pero sabía que no era tan sencillo.
Para cualquier otra persona quizá habría sido un gesto insignificante.
Para ella no.
Porque era la primera vez que alguien la tocaba sin hacerle daño.
La primera vez que alguien se acercaba a ella sin exigirle nada.
La primera vez que una mano masculina no le provocaba miedo.
Gianna se acostó y se cubrió hasta el pecho.
Intentó pensar en otra cosa.
Mañana tendría trabajo.
Tenía que levantarse temprano.
Tenía que cumplir con sus responsabilidades.
Eso era lo importante.
...