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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Dos latidos

El balón le llegó al pecho y Emmet lo controló tarde. El entrenador silbó. Él levantó una mano pidiendo disculpas, pero la cabeza seguía en otro sitio.

Llevaba dos meses así. Dos meses desde aquella noche. Desde una nota doblada bajo un vaso vacío.

*Cuídate, capitán.*

Había regresado a su rutina: entrenamientos, partidos, viajes, portadas. Y de vez en cuando, solo en el vestuario después de la ducha, recordaba unos ojos de un verde pálido que lo habían mirado sin querer nada. No sabía por qué Clara se había quedado en su memoria. Quizá porque durante una hora entera había sido simplemente Emmet. Y eso empezaba a extrañarlo.

—¡Green! ¡Despierta!

Corrió hacia el balón. Pero una parte de él estaba en un bar con los ventanales empañados.

---

Aquella tarde, al regresar a su apartamento, Gerald, el portero, lo interceptó con expresión de disculpa.

—Señor Green. Hay una señorita esperándolo. Lleva casi una hora. Solo dijo que usted la conoce. Le pedí que aguardara en el jardín.

Emmet miró hacia la entrada.

Y el mundo se detuvo.

Clara estaba sentada en un banco de hierro, con las manos juntas sobre el regazo y los hombros encorvados, como si llevara mucho tiempo conteniendo algo. El cabello le caía sobre los hombros en ondas sueltas. A su lado, el estuche del violín apoyado contra el banco como un centinela. Se mordía el labio inferior. De vez en cuando cerraba los ojos, como si repasara un discurso ensayado demasiadas veces.

Cuando lo vio, se puso de pie de golpe.

—Hola, Emmet.

—Clara… —La sonrisa le salió involuntaria—. Pensé que ya habías regresado a París.

Ella negó con la cabeza.

—Necesito hablar contigo.

La sonrisa de Emmet se apagó. Clara no había viajado desde París, no había esperado una hora en un jardín, no se mordía el labio de aquella manera para hablar del tiempo.

—Sube.

Una vez dentro, Clara permaneció de pie en el centro del salón con el estuche todavía colgado a la espalda, como si fuera un escudo. Se sentó en el borde del sofá. No en el centro. En el borde. Lista para marcharse.

—Sea lo que sea, puedes decírmelo —dijo Emmet.

Clara tomó aire. Lo soltó. Lo tomó otra vez.

—Estoy embarazada.

Emmet no respiró.

—Y tú eres el padre —añadió ella, atropellándose—. Aquella noche fue la única vez. Puedo enseñarte la ecografía, los análisis. Me la hice en París a las seis semanas. Si necesitas una prueba de ADN cuando nazcan, la hacemos.

—Clara, para.

Ella se detuvo. Lo miró con ojos asustados.

Emmet se pasó una mano por la cara.

—No digo que me estés engañando. Necesito un segundo.

Caminó hasta la ventana. La miró sin verla. Dos meses. Él había seguido con su vida. Y mientras tanto, algo había comenzado a crecer dentro de Clara. Algo suyo.

Volvió a sentarse.

—Continúa.

—No he venido a pedirte dinero —dijo ella, y la frase sonó exactamente como la había ensayado frente al espejo del hotel, aunque ahora, en voz alta, parecía mucho más pequeña—. Tampoco quiero que te cases conmigo. Solo quería que lo supieras.

—¿Que supiera qué?

Clara se apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Que son gemelos.

El silencio fue absoluto.

—¿Dos bebés?

Clara asintió. Una sola vez. Breve. Como un corte.

Emmet se dejó caer hacia atrás. Se cubrió la cara con las manos. En tres semanas empezaba la pretemporada. En dos meses, la gira por Asia. En cuatro, la Champions. Y en algún punto intermedio, dos bebés iban a nacer.

Clara lo observó. Preparada para el rechazo. Para un cheque con muchos ceros. Para la indiferencia.

Pero cuando Emmet apartó las manos de su rostro, no había rechazo. Solo un asombro enorme, desorientado.

—¿Cuándo te dije que no los quería?

La voz le salió ronca. Como si la pregunta le doliera.

—Son mis hijos. Claro que los quiero.

—Pero tú… tu carrera…

—No voy a permitir que crezcan pensando que su padre no quiso conocerlos. —Se frotó la nuca—. No sé cómo se cambia un pañal. No sé nada. Pero voy a aprender.

Una lágrima recorrió la mejilla de Clara. Emmet la vio y, sin pensarlo, la abrazó. Ella se quedó rígida unos segundos. Después cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra su hombro.

—No voy a obligarte a nada —murmuró él—. Pero no me alejes de mis hijos.

—No voy a alejarte.

Se apartó. Lo miró con los ojos húmedos.

—¿De verdad quieres estar?

—De verdad.

Emmet se aclaró la garganta.

—¿Dónde estás viviendo?

—En un hotel. Cerca de la estación.

—No vas a volver a ese hotel. —Sacó una llave de un cajón y la dejó sobre la mesa—. Es un departamento. Cerca del hospital que elegí para ti.

Clara parpadeó.

—¿Elegiste un hospital?

—Hace un mes. No sabía si ibas a volver. Pero por si acaso.

Aquello la golpeó más que cualquier promesa. Un *por si acaso* que significaba *esperaba que volvieras*.

—No puedo aceptar…

—No lo hago por ti. —Señaló su vientre—. Lo hago por ellos. Y contrataré una enfermera para cuando yo esté de viaje.

—¿Y después? ¿Cuando nazcan?

—Después decidiremos juntos. No sé qué será de nosotros. Probablemente nada. Tú volverás a París y yo seguiré aquí.

Hizo una pausa.

—Pero no pienso desaparecer.

Clara tomó la llave.

—Está bien. Hasta que nazcan. Después veremos.

Se puso de pie. Recogió el estuche del violín y se lo colgó a la espalda con un gesto que Emmet reconoció: el mismo de aquella noche en el bar. Antes de salir, se detuvo.

—Aquella noche me preguntaste por el violín. Me miraste como si lo que yo hacía importara. Eso no se me olvidó.

Sonrió suavemente.

—Cuídate, capitán.

La puerta se cerró.

Emmet permaneció inmóvil, mirando el sofá donde ella había estado. El aire olía a lluvia y a resina.

Tomó el teléfono.

—James.

—¿Sí, capitán?

—Prepara el departamento. Sábanas, comida, todo. Que esté listo para entrar a vivir.

Un silencio.

—¿Para cuándo?

Emmet miró por la ventana. La lluvia, por fin, comenzaba a caer.

—Para hoy.

Colgó. Y por primera vez, el capitán del Manchester no estaba preparando su próxima temporada. Estaba preparando algo que no venía en ningún calendario. Algo que no se podía entrenar.

Su nueva vida.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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