A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 15
Cap 15: Mía. Solo mía.
El viernes a las siete, Cipriano abrió la puerta trasera a un metro exacto de la alfombra roja del St. Regis. Bajó un tobillo de Camila, después un zapato negro de tacón medio, después la mujer entera con el vestido de Lirio Negro.
Damián la esperaba afuera. No le ofreció el brazo de inmediato. Le esperó dos segundos —el segundo en que ella verificó el equilibrio, el segundo en que respiró—. Después le ofreció el codo del lado bueno.
—¿Estás lista?
—Estoy lista.
—¿Necesitas algo?
—Saber dónde está la salida.
—Atrás del salón, segunda puerta a la izquierda. Mauricio al pie.
—Bien.
* * *
El salón. Techo de doble altura, luces ámbar bajas, doscientos invitados.
—Licenciado.
—Mauricio.
—Las cámaras de prensa están en la entrada uno. Las hicimos pasar por el control de seguridad. Solo dos rostros conocidos: Aurora Mendoza, de Quién, y Esteban Robles, de El Financiero. Ningún paparazzi independiente.
—¿Lista de espera para hablar conmigo?
—La de siempre. Cinco socios, dos directivos del banco patrocinador, y don Joaquín Saldívar.
Damián se detuvo un segundo.
—¿Don Joaquín está aquí?
—Llegó hace diez minutos. Solo. Sin Ximena.
—Bien. La señora Lazcano y yo no hablamos con don Joaquín hoy. Si se acerca, yo lo gestiono. Camila no responde nada relacionado con Saldívar. ¿Quedó claro?
—Sí, señor.
—Camila.
—Sí.
—Don Joaquín Saldívar es el padre de Ximena. Si se acerca y quiere disculparse contigo, asiente con la cabeza. No le des la mano. Yo te explico después.
—Trato.
Mariana estaba adentro. La interceptó al primer paso.
—Mija. Te ves preciosa. No te separes de mí los próximos diez minutos. Yo te presento a la gente útil y te quito a la gente peligrosa.
—Sí, Mariana.
—Damián, vete a saludar a tu padre.
—Diez minutos, mamá.
Mariana cumplió. Enganchó a Camila del brazo y se la llevó por el perímetro.
—Camila Lazcano, hija de una amiga.
Era la frase. Camila lo notó en la segunda repetición y lo agradeció en la tercera.
—Camila, te presento a Sofía Acevedo, que dirige la fundación Aurora. Sofía, Camila estudia diseño.
Sofía Acevedo le tomó la mano dos segundos más de la cuenta.
—¿Diseño? Hábleme después. Tenemos un proyecto este año.
* * *
En el primer pasaje cerca del bar, Camila vio a Ximena Saldívar.
Ximena estaba con un grupo. Llevaba el champaña como había dicho. Al ver entrar a Camila del brazo de Damián, se quedó congelada a media frase. La copa, en la mano, se tardó un cuarto de segundo más en llegar a los labios.
Mariana siguió caminando como si Ximena no estuviera. Camila la imitó.
* * *
A las ocho menos cuarto, Damián volvió a anclarse al lado de Camila. Mariana le hizo el cambio de mano con una sonrisa apenas.
—Pórtate, mijo.
—Mamá.
—¿Qué?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por sentarla bien.
—Mija. Una mujer que vale se sienta sola bien. Yo nada más limpio la mesa.
Mariana se fue. Damián la siguió con la mirada dos segundos, sin pretender que no la seguía.
—¿Pasa algo? —preguntó Camila.
—Mi mamá nunca me había dicho gracias por algo que yo hiciera con respecto a otra mujer.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Es lo más cercano que mi mamá da a una bendición. Vámonos.
Damián guio a Camila hacia el cóctel central. Pasaron por al lado del grupo de Ximena. Damián saludó a los hombres con un gesto pequeño, no se detuvo.
Dos pasos después, oyeron la voz.
—Damián.
Ximena. Caminaba detrás.
Damián se detuvo. Se giraron los dos.
—Ximena.
—¿Cómo estás?
—Bien, gracias.
—¿Y tú? —Ximena fingió notar a Camila por primera vez, con esa entonación que se usa cuando se quiere dejar claro que el sujeto del verbo no merece nombre propio—. ¿Tú eres...?
—Camila Lazcano —dijo Camila, sin tono.
—Mucho gusto. —Ximena le dio la mano. Apenas un toque de dedos. Después se giró a Damián—. Qué curioso que vengas hoy acompañado, ¿no? Después de todo lo que pasó.
—¿Después de todo lo que pasó? —repitió Damián, sin inflexión.
—Pues sí. —Ximena soltó una risita corta que se hizo más fuerte para que la oyera el corro que se había acumulado—. Tú y yo... bueno. Cosas viejas. Todo el mundo lo sabe.
—Ximena.
—¿Sí?
Damián movió la mano del lado bueno y la posó en la espalda baja de Camila. Era el primer contacto físico en público. Lo hizo sin teatralidad.
Habló.
No alzó la voz. La voz fue exactamente la misma con la que dictaba minutos en una junta de directorio. Por eso fue peor.
—Camila es la única persona que va a estar a mi lado esta noche.
Una décima de pausa.
—Y en todos los eventos que sigan.
Otra décima.
—Eso ya no es un tema de conversación.
Silencio.
El corro no se atrevió a moverse. Don Joaquín Saldívar, que se había acercado dos minutos antes, observó la escena con el vaso de whisky a media altura. Procesó. Caminó dos pasos. Puso una mano firme en el hombro de su hija.
—Mija. Vamos a saludar a los Berdón.
—Papá—
—Vamos.
—Damián... —Ximena intentó una última recuperación con sonrisa apretada—. Por supuesto. Encantada de conocerte, Camila.
—Igualmente.
Ximena se alejó con su padre. La sonrisa se le aguantó hasta el otro extremo.
* * *
Damián retiró la mano de la espalda de Camila despacio. No de inmediato. Lo bastante para que la sala notara que la había puesto y que la retiraba en sus propios términos.
—Camila. Lo siento.
—¿Por qué?
—Por meterte en esto sin avisarte hace tres minutos.
—Estaba avisada desde la cafetería.
—Está bien.
* * *
A las nueve y veinte, Damián se subió al estrado del fondo. Tomó el micrófono. Agradeció a los invitados, a los socios. Cuando llegó a los anuncios institucionales:
—Quiero comunicarles también que Grupo Tejada no renovará el contrato anual con Grupo Saldívar. Las decisiones de portafolio se ajustan a las prioridades estratégicas del año. Agradecemos a nuestros amigos de Saldívar los años de colaboración.
El salón lo escuchó. El murmullo creció dos segundos y se apagó. Don Joaquín, todavía con la mano en el hombro de Ximena, no movió un músculo. Ximena bajó la copa.
Mariana le susurró al oído a Camila sin mirarla:
—Mi hijo no anuncia rupturas comerciales en una cena, mija. Eso fue una firma.
—¿Una firma de qué?
—De pertenencia.
—No es de pertenencia conmigo. Es de pertenencia con el negocio.
—Mija, los hombres como mi hijo no separan las dos cosas. Cuando algo le importa de verdad, lo defiende con dinero. Es lo único que entiende. Y es, créeme, lo único en lo que no miente.
Camila no contestó. Bajó la copa.
* * *
A las diez y diez, Sofía Acevedo —la de la fundación Aurora— se acercó otra vez. Le dejó a Camila una tarjeta con su número personal escrito a mano por detrás.
—Mija. Hábleme el lunes. La fundación está armando una colaboración con una casa de diseño emergente, para uniformes de hospitales infantiles. Necesitamos a alguien que entienda función y dignidad al mismo tiempo. Quizá usted.
—Soy estudiante todavía.
—La fundación trabaja con estudiantes desde hace doce años. La mitad de mis mejores diseñadoras empezaron así.
—¿Pago?
—Honorarios estándar de la fundación. No mucho, pero pago.
Camila guardó la tarjeta.
—Le hablo el lunes.
—Trato.
—Trato.
Damián, dos pasos atrás, escuchó la última frase sin meterse. Cuando Sofía se alejó, Camila lo miró.
—¿Tú sabías que esa señora iba a ofrecerme algo?
—Sospechaba. Por eso te la presentó mi mamá primero. Si te ofrece algo después de eso, es porque le interesas tú, no yo.
—¿No fue arreglado?
—La presentación, sí. La oferta, no. Eso lo decidió ella después de hablarte cinco minutos.
—Está bien.
* * *
A las once, una mujer de aretes grandes y collar de oro se acercó por el flanco izquierdo. Camila no la conocía. Damián sí.
—Damián, mijito. Felicidades por el portafolio del año. Y, ¿esta belleza?
—Camila Lazcano. Camila, te presento a doña Cecilia Bustamante.
—Mucho gusto.
—Mija. Si estás con Damián, estás con la familia. Vente al té de los miércoles en mi casa. La invitación va para todas las cuñadas, las amigas, las primas. Las nuevas también.
—Gracias, doña Cecilia.
—No me digas doña. Cecilia.
—Cecilia.
Doña Cecilia se alejó con una sonrisa entera. Damián miró a Camila.
—Esa señora maneja el segundo círculo de mujeres de Polanco. Si te invita al té de los miércoles, es porque ya consultó con tres más. Eres oficial.
—¿Oficial para qué?
—Para que ninguna otra te corra en un pasillo.
—Ah.
—Sí.
* * *
A las once y media, en el coche de regreso, Camila apoyó la cabeza contra la ventana. Damián a su lado, saco doblado sobre el cabestrillo.
—Damián. No tenías que hacer lo de Grupo Saldívar.
—Ya sé.
—¿Por qué lo hiciste?
—Porque don Joaquín se sentó a comer con mi padre dos veces el año pasado y permitió que su hija dijera lo que dijo sobre ti hoy. Si la familia no controla a sus propias mujeres, yo no firmo contratos con esa familia.
—Es una razón cara.
—Es una razón clara.
Silencio. Las luces del Periférico les pintaron franjas naranjas sobre las rodillas.
En algún punto, sin que ninguno lo advirtiera del todo, las manos de los dos —la sana de Damián, la izquierda de Camila— quedaron descansando en el asiento de en medio, a un centímetro la una de la otra. Ninguno movió. Ninguno habló.
El coche siguió.
* * *
A las doce y cinco, Camila bajó frente a su edificio.
—Camila.
—¿Sí?
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Cerró la puerta. Subió. Sacó el medallón del cajón. Lo apretó contra el pecho un segundo. Lo dejó otra vez.
No durmió hasta las tres y cuarto.
Se durmió con una frase pegada al techo de los párpados. Una frase que él no había dicho con esas palabras exactas, pero que había significado eso y solo eso.
"Mía. Solo mía."