Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 13: La Rendición del Alma
El repicar de la tormenta contra los altos ventanales arqueados de la Mansión Blackwood se había transformado en una melodía monótona, pesada y violenta. Los truenos rodaban por el cielo de la provincia con un rugido sordo que hacía vibrar las maderas antiguas de los techos, mientras los relámpagos rasgaban la oscuridad de la medianoche, dibujando siluetas caprichosas y fantasmales sobre las paredes de piedra gris. Afuera, el mundo se deshacía en agua; adentro, el tiempo parecía haberse detenido en un rincón donde las almas intentaban encontrar su camino.
En la guardería de la torre norte, la paz reinaba a pesar del caos exterior. Lady Diana dormía profundamente en su cuna de nogal, ajena a los demonios que acechaban a su linaje. La pequeña respiraba con un ritmo pausado, con uno de sus puños diminutos apretado cerca de su rostro rosado. Caitlyn permanecía de pie junto a la barandilla, observándola bajo el tenue resplandor de una única vela que agonizaba en un rincón. Tras comprobar que las sábanas de lino fino cubrían bien el cuerpo menudo de la heredera, la joven niñera arregló el dobladillo con suavidad y soltó un suspiro cargado de una ternura infinita.
Caitlyn se acomodó la bata de terciopelo azul nocturno que envolvía su silueta curvy y sensual. Al caminar hacia la salida, el roce de la tela contra sus caderas anchas y seguras creaba un compás silencioso en medio de la penumbra. Se sentía cansada, pero una extraña inquietud, un presentimiento nítido y constante que le oprimía el pecho desde el incidente bajo la lluvia en el jardín, le impedía conciliar el sueño. Sabía que la tormenta no solo golpeaba las tejas de la casa; golpeaba, con idéntica furia, las ventanas cerradas del ala oeste.
Decidió descender por la escalinata lateral. Sus botas de cuero fino no hacían ruido sobre las alfombras persas que ahora lucían limpias gracias a su empeño. Al llegar al pasillo que conectaba con los aposentos privados del amo, descubrió que la gran puerta de caoba de la biblioteca estaba entornada. Un hilo de luz anaranjada, inestable y caprichosa, se filtraba hacia el pasillo, trayendo consigo el aroma rancio del tabaco, el humo de la leña húmeda y el olor fuerte del alcohol de alta graduación.
Caitlyn empujó la madera despacio, adentrándose en la caverna del lobo herido.
La biblioteca estaba sumergida en un desorden desolador. Alexander se encontraba sentado en el suelo, de espaldas al inmenso escritorio, con las piernas largas extendidas hacia la chimenea, donde los últimos leños chisporroteaban con debilidad. Tenía la cabeza apoyada contra la madera tallada del mueble y sostenía una botella de cristal tallado a medio vaciar con una de sus manos grandes, cuyos dedos largos temblaban de manera casi imperceptible. Su camisa de seda blanca estaba completamente desabrochada en el pecho, revelando la fisonomía tensa y fuerte de su anatomía aristocrática, ahora humedecida por el sudor y el descuido. La barba castaña, espesa y rebelde, le cubría las facciones perfectas, dándole un aire de majestad caída, de un príncipe desterrado en su propio palacio.
Al escuchar el crujido de la puerta, Alexander no rugió. No levantó la voz ni exigió que se marchara, como solía hacer durante los primeros días de su regreso. Simplemente giró el rostro despacio, y la luz moribunda del fuego reveló unos ojos azul grisáceo completamente inyectados en sangre, nublados por los efectos del trago y vacíos de toda esa arrogancia tosca que usaba como escudo. Estaba desnudo de defensas. Era una criatura rota, sumergida en una vulnerabilidad absoluta que hizo que a Caitlyn se le encogiera el corazón de pura empatía.
—Has vuelto... —susurró Alexander, y su voz no fue más que un hilillo de sonido áspero, quebrado, un lamento que parecía brotar desde el fondo de una tumba—. Te dije que la tormenta destruye todo lo que toca, Caitlyn. Deberías estar en tu habitación, lejos de las sombras.
Caitlyn no respondió de inmediato. Se acercó con pasos pausados, permitiendo que el perfume frutal y dulce de su piel, ese aroma reconfortante a manzanas frescas y vainilla silvestre, invadiera el aire espeso de la biblioteca. Se arrodilló a su lado sobre la alfombra persa sin importarle que la tela de su bata azul se manchara con la ceniza del suelo. Su silueta generosa y sus formas rotundas se acomodaron con una naturalidad majestuosa junto al cuerpo imponente y descuidado del hombre.
Con una suavidad infinita, Caitlyn extendió su mano larga y de uñas cuidadas, envolviendo los dedos toscos de Alexander que se aferraban a la botella de cristal. El roce de sus pieles fue un chispazo cálido en medio del frío de la habitación.
—Ya es suficiente de esto, Alexander —dijo ella con una voz redonda, melódica y firme, quitándole la botella de las manos con una delicadeza que no admitía réplicas. La dejó a un lado, sobre el suelo de madera—. La tormenta de afuera va a pasar, pero usted necesita sacar la que lleva por dentro.
Alexander soltó una risa amarga, un sonido seco que se ahogó en su garganta. Se cubrió el rostro con ambas manos, apoyando los codos en las rodillas. Sus hombros anchos comenzaron a sacudirse con una vibración interna que intentaba contener con desesperación.
—No lo entiendes, Caitlyn... Nadie lo entiende —comenzó a confesar, y las palabras empezaron a brotar de sus labios carnosos como un torrente contenido por años de silencio obligado—. Todos en esta casa me miran con miedo, me juzgan por el abandono de las tierras, por el desprecio a mi propia sangre. Creen que soy una bestia sin corazón. Pero la verdad es que... me estoy muriendo por dentro. La culpa me está devorando los huesos.
Se destapó el rostro, mirando fijamente las llamas agonizantes del hogar. Una lágrima solitaria y brillante se abrió paso a través de su barba castaña, reflejando el fuego de la chimenea.
—Ella no quería casarse conmigo, Caitlyn —confesó con un hilo de voz, y su mirada azul grisáceo se clavó en la de ella con una fijeza nítida, buscando un ancla en medio de su propio naufragio—. Mi padre nos obligó. Yo acepté por deber, por el estúpido orgullo de mantener el apellido Blackwood en la cumbre de la alta sociedad. Intenté ser un buen esposo, juro que lo intenté. La traté con respeto, con la cortesía que se le debe a una dama... pero nunca pude amarla. Mi corazón era un pedazo de hielo seco. Ella lo sabía. Podía ver el vacío en mis ojos cada vez que la miraba. Murió en esa cama dándole la vida a Diana, y lo último que vio en este mundo fue el rostro de un hombre que no la amaba. Murió sola, en medio de mi indiferencia.
Alexander apretó los puños contra su pecho firme, y el llanto, contenido durante tres largos años de luto forzado y reclusión absoluta, finalmente rompió la represa de su orgullo. Sus hombros se hundieron bajo el peso de una tristeza tan colosal que pareció empequeñecer su imponente físico.
—Cada vez que subo esos escalones... cada vez que intento mirar a esa niña indefensa, veo sus ojos —continuó, desahogándose entre sollozos ásperos—. Veo el reproche de la mujer que sacrifiqué en el altar de mi conveniencia. No odio a mi hija, Caitlyn... me odio a mí mismo. Tengo miedo de que mi oscuridad la contamine, de que mi incapacidad para amar termine destruyendo su inocencia, tal como destruyó a su madre. Soy un monstruo que solo merece habitar en las sombras de este castillo gris.
Caitlyn no lo dejó continuar. La valentía indomable de su carácter y la inmensidad del amor que había madurado en su pecho barrieron con cualquier rastro de distancia o protocolo. Se inclinó hacia delante, acortando el espacio que los separaba, y extendió sus brazos protectores alrededor de los hombros anchos de Alexander.
Lo envolvió en un abrazo colosal, estrechándolo contra sí con toda la fuerza de sus miembros. La plenitud de su busto firme y la calidez biológica de sus formas curvy y sensuales actuaron como un escudo inexpugnable contra los demonios del hombre. Sus caderas anchas y seguras sirvieron de apoyo para el cuerpo trémulo del aristócrata, ofreciéndole un refugio de carne y hueso que emanaba una vitalidad incontestable.
Alexander, vencido por el cansancio, por el alcohol y por la absoluta necesidad de consuelo, se dejó ir por completo. Dejó caer la rigidez de su contextura física y escondió su rostro herido, con la barba crecida y húmeda por las lágrimas, en el hueco del hombro cálido de Caitlyn.
El impacto de su rostro contra la suavidad de la piel tostada de ella fue un bálsamo milagroso. Alexander inhaló con desesperación el perfume dulce a manzanas y vainilla que se desprendía del cuello de Caitlyn, permitiendo que esa fragancia viva limpiara sus pulmones del hollín y la amargura del encierro. Sus manos grandes y de dedos largos se aferraron con una posesividad salvaje a la espalda de la bata de terciopelo de ella, arrugando la tela azul entre sus puños, como un niño asustado que encuentra la mano de su madre en medio de la noche más oscura.
Caitlyn comenzó a mecerlo con un ritmo pausado y constante, idéntico al que utilizaba para arrullar a la pequeña Diana en la torre norte. Con una de sus manos largas, le acarició el cabello castaño y rebelde, desenredando los mechones que le caían sobre la frente con una ternura infinita, mientras sus labios carnosos rozaban de manera sutil la parte superior de su oreja.
—Ya pasó, Alexander... ya pasó —le susurró al oído con su voz redonda, melódica y cargada de una resolución inquebrantable—. Usted no es un monstruo. Es solo un hombre que ha cargado con un peso que no le correspondía. La muerte de su esposa no fue su culpa; el amor no se puede obligar con contratos ni con apellidos. Usted no destruyó a nadie, y su hija no guarda reproches en la mirada; ella solo busca el calor de un padre que la defienda del invierno.
El llanto de Alexander comenzó a apaciguarse de manera nítida bajo el influjo del abrazo de la hermosa mujer. La respiración rota que agitaba su pecho firme fue ralentizándose, encontrando una sincronía perfecta con el latido pausado y seguro del corazón de Caitlyn. Por primera vez en tres años, la opresión fría que le atenazaba las costillas se disolvió, sustituida por una paz profunda, densa y desconocida que comenzó a extenderse por todo su ser.
Se quedaron así durante mucho tiempo, inmóviles en el suelo de la biblioteca, mientras la tormenta exterior continuaba azotando los muros de la Mansión Blackwood. La Bestia había encontrado su refugio en las curvas generosas del torbellino, y en medio de la oscuridad de la noche, una luz nueva, limpia y cargada de una pasión inevitable, acababa de encenderse para guiar el regreso del príncipe a la vida.