Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7
Capítulo 7
El novio de Camila
Santiago se sentó en la silla vacía.
Valentina lo vio por el rabillo del ojo: la camisa oscura sin corbata, el pelo todavía húmedo de la ducha, las manos apoyadas en el borde de la mesa con esa quietud que ella reconocería en cualquier parte del mundo. Camila le puso la mano en el brazo y dijo algo que Valentina no escuchó porque la sangre le rugía en los oídos.
—Les presento a Santiago —dijo Camila, dirigiéndose a la mesa—. Mi novio.
La palabra "novio" le llegó a Valentina como un puñetazo en el diafragma. No le dolió de inmediato. Los golpes fuertes tardan un segundo en doler — primero viene el impacto, luego el entumecimiento, y después el dolor. El dolor vino tres segundos después, cuando Santiago la miró desde el otro lado de la mesa y Valentina vio en sus ojos que él ya sabía que ella estaba ahí.
No estaba sorprendido. Estaba incómodo. Eso era peor.
—Mi papá lo conoció en un evento de seguridad nacional —explicó Camila, acariciándole el antebrazo con la punta de los dedos—. Quedó impresionado. Me llamó y me dijo: "Tienes que conocer a este hombre." Y aquí estamos.
Valentina sonrió. Fue la sonrisa más difícil que había hecho en su vida — más difícil que sonreír frente a cámara después de un bombardeo, más difícil que sonreír cuando le dijeron que su documental no ganaría. Levantó su copa de vino vacía hacia Camila.
—Felicidades. Por el premio y por el novio.
Andrea le puso la mano en la rodilla debajo del mantel. Valentina no tembló. No lloró. No se levantó. Se quedó sentada en esa silla durante cuarenta y cinco minutos más, comiendo sin sentir el sabor de nada, asintiendo cuando alguien le hablaba, riendo cuando los demás reían.
Santiago no le habló directamente en toda la cena. No la miró directamente. Pero Valentina sabía — con esa sensibilidad animal que se desarrolla cuando prestas demasiada atención a alguien durante demasiados meses — que él estaba consciente de su presencia. Lo veía en la tensión de sus hombros, en la forma en que giraba la cabeza ligeramente cuando ella hablaba, en cómo no tocaba el vino.
Camila, en cambio, hablaba por los dos. Contaba historias de Santiago como si fueran trofeos: que la había llevado a un campo de tiro y ella había dado en el centro a la tercera bala, que cocinaba unos chilaquiles increíbles los domingos, que una vez la cargó ocho cuadras bajo la lluvia porque ella llevaba tacones.
Cada anécdota era una aguja pequeña que se hundía en un lugar que Valentina no quería nombrar. No eran celos. Los celos implican que crees tener derecho a algo, y ella no tenía derecho a nada. Era algo más profundo: la certeza de que el hombre que le había salvado la vida, cuya pulsera roja había dormido entre sus dedos durante meses, tenía una vida entera de la que ella no formaba parte. Y esa vida tenía nombre y apellido: Camila Restrepo Vargas.
A las diez, Valentina se levantó para ir al baño. Pasó por la estación de condimentos — una mesa auxiliar junto a la barra con aceites, vinagres y servilletas extra — y se detuvo un momento para apretar las palmas contra la superficie de madera y respirar.
—Valentina.
Santiago estaba detrás de ella. Se había levantado de la mesa sin que nadie lo notara. Estaba de pie a un metro de distancia, con las manos en los bolsillos y una expresión que Valentina no sabía leer.
Ella metió la mano en el bolsillo de su chamarra y sacó la pulsera roja. La había traído esta noche sin saber por qué — quizá por instinto, quizá por costumbre, quizá porque una parte de ella ya sabía lo que iba a pasar.
Se la puso en la mano.
—Esto es tuyo —dijo—. Siempre fue tuyo.
Santiago miró la pulsera en su palma. El hilo rojo, gastado, suave, con el nudo deshecho que ella nunca había reparado. Cerró los dedos alrededor de él.
Santiago abrió la boca. Lo que fuera que iba a decir — una explicación, una disculpa, una verdad — se quedó atrapado detrás de los dientes. Valentina vio el esfuerzo en su garganta, la forma en que tragó saliva, la mandíbula apretándose.
—Tu novia te está esperando.
Lo dijo sin crueldad. Sin ironía. Con la voz plana de alguien que acaba de entender las reglas de un juego que nunca quiso jugar. Se dio la vuelta y caminó de regreso a la mesa.
---
Andrea apareció en la puerta de su casa a la una de la mañana.
Valentina le abrió sin preguntar cómo sabía que la necesitaba. Andrea siempre sabía. Entró, se quitó los zapatos, fue a la cocina, puso agua para café, y se sentó en el sillón de la sala a esperar.
Valentina se sentó frente a ella. Por un rato no dijo nada. Miraba el piso. Los mosaicos viejos de la casa de su abuela, las grietas que Don Ernesto no había arreglado todavía.
—Es él —dijo.
—Ya sé.
—El hombre del desierto. El de la bomba. El que me salvó la vida en Alepo. Es el novio de Camila.
Andrea no dijo "lo siento." No dijo "qué horror." Dijo:
—¿Cómo te miró?
Valentina levantó la vista.
—¿Qué?
—En la cena. ¿Cómo te miró Santiago?
—No me miró. No me dirigió la palabra en toda la noche.
—Exacto —dijo Andrea—. Ese hombre te miró como si le dolieras. ¿Sabes cómo lo sé? Porque no te miró. Un hombre al que no le importas te habría saludado con normalidad. Un hombre que no puede mirarte sin que se le note es un hombre que siente algo que no debería sentir.
Valentina cerró los ojos.
—No me ayuda saber eso, Andre.
—No te estoy ayudando. Te estoy diciendo la verdad.
El café estaba listo. Andrea trajo dos tazas. Se sentaron en silencio un rato, bebiendo café malo a la una de la mañana en la sala de una casa vieja que crujía con el viento.
—Le devolví la pulsera —dijo Valentina.
Andrea dejó la taza en la mesa.
—¿La roja?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no era mía.
Andrea la miró largamente.
—Era lo más tuyo que tenías.
Valentina no respondió. Después de un rato, Andrea la abrazó. No dijo nada más. Se quedaron así hasta que el café se enfrió en las tazas.
---
Andrea se fue a las tres. Valentina cerró la puerta y se apoyó contra la pared del pasillo. La casa estaba oscura. El viento sacudía la buganvilia del patio.
Salió al patio. El aire frío le golpeó la cara. Algo se movió en el suelo — un papel, empujado por una ráfaga, atrapado contra la base de una maceta. Valentina lo recogió.
Era el papel doblado. El que Santiago le había dado en el vehículo semanas atrás. Diez dígitos con letra pequeña y precisa. "Santiago Herrera M." Lo había guardado en la funda de la almohada, pero el viento — o el destino, o la crueldad del azar — lo había sacado de algún lado y lo había arrastrado hasta aquí.
Valentina lo miró. Apretó los dientes. Puso el papel en el suelo y lo aplastó con el pie. Presionó con fuerza, como si pudiera borrar los números a través de la suela.
Pero no lo rompió. No pudo romperlo.
Lo levantó, lo dobló, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón de dormir.
Subió a su cuarto. Se sentó en la cama. La mesita de noche estaba vacía donde antes estaba la pulsera roja. Se había deshecho del hilo, pero el espacio seguía ahí — un hueco que no se llenaba.
Miró los premios en la repisa. La placa de bronce por el documental de Bocata. El certificado enmarcado de la universidad. La carta firmada por el director de Canal 7 felicitándola por el rating.
—Soy mejor que ella en todo —dijo en voz alta, a la habitación vacía—. En todo.
La voz se le quebró en la última sílaba.
Lloró. Sola, en silencio, con la cara hundida en la almohada. Lloró por la pulsera que ya no tenía, por los meses de búsqueda que habían terminado en una silla vacía en un restaurante caro, por la forma en que él había cerrado los dedos alrededor del hilo rojo como si le doliera soltarlo. Lloró hasta que le dolieron los ojos y la almohada se enfrió y la casa vieja crujió a su alrededor como si también estuviera llorando.
---
A las nueve de la mañana, Valentina entró a las oficinas de Canal 7 con la cara lavada y el pelo recogido. Fue directo al escritorio del director de asignaciones.
—Quiero solicitar la corresponsalía en Levante —dijo—. Zona de conflicto. Garún o donde haga falta.
El director la miró por encima de los lentes.
—La situación ha empeorado, Mora. Garún está bajo asedio. Los corresponsales anteriores pidieron regreso anticipado.
—Lo sé. Por eso quiero ir.
El director estudió su cara.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Firmó la solicitud con una letra que no temblaba. Salió de la oficina, cerró la puerta, y caminó por el pasillo hacia su escritorio. Andrea la esperaba con dos cafés.
—¿Qué hiciste?
—Pedí Levante.
Andrea dejó los cafés en la mesa. Se quedó callada un momento largo.
—Estás huyendo de un corazón roto.
—Estoy corriendo hacia mi carrera.
Andrea la miró como solo Andrea podía mirar: con amor, con rabia, con la frustración de quien ve a su mejor amiga tomar la peor decisión posible por las razones correctas.
—Voy a extrañarte, idiota.
Valentina le apretó la mano.
—Yo también.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.