"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
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Capítulo 23
Sofía vio cómo aquellos hombres se marchaban furiosos del salón del trono; el comandante de los rastreadores guardaba los pergaminos con una violencia contenida que lo decía todo. No cabía duda de que su padre desataría una guerra en cuanto supiera todo, prefiriendo ver el continente arder antes que aceptar semejante humillación.
En cuanto las pesadas puertas dobles se cerraron por completo, aislando el salón, Sofía soltó la mano de César inmediatamente. El contacto de sus dedos con el cuero del guante real le quemaba. César, lejos de molestarse, sonrió de lado al sentir su mano libre, disfrutando de la sutil resistencia de la joven.
—¿Qué es lo que pretendes con todo esto? —dijo Sofía, dando un paso atrás y cruzándose de brazos, con los ojos oscuros encendidos en desconfianza.
—Creo que ya está más que claro, quiero bajo mi poder todas las fronteras —dijo César, paseándose por la plataforma del trono con la soltura de un depredador que vigila su territorio.
—Pero ya eres el rey. No entiendo por qué algo que puedes tener se te resiste —dijo ella, frunciendo el ceño. Si su fuerza militar era tan destructiva como decían en el sur, no comprendía el porqué de tanto enredo político.
César se detuvo y la miró desde arriba, con una fijeza gélida en sus pupilas grises.
—Necesito una luna y un heredero para tener más poder y que todos los demás reinos sean de mi pertenencia. Sí, soy el Alfa Supremo, pero mi difunto padre pecó de ser un Alfa blando y le regaló las tierras a muchos —dijo César, y en su tono se filtró un desprecio ancestral hacia la debilidad—. Dejó que los Ivanov y los demás vasallos creyeran que el norte respetaría sus fronteras para siempre. Yo solo estoy corrigiendo los errores del pasado.
Sofía lo observó, sintiendo una mezcla de repulsión y asombro ante la frialdad con la que hablaba de su propia sangre y de la destrucción de pueblos enteros.
—¿Por qué eres tan cruel? —preguntó ella, con la voz temblando ligeramente, pero sin dar marcha atrás—. No hay una pizca de remordimiento en ti. Casi azotas a Greta, y no te importa nada más que tu propia ambición.
César soltó una carcajada seca, un sonido áspero que resonó en las columnas de piedra. Dio dos pasos hacia abajo, acortando la distancia entre ambos de manera amenazante.
—Este mundo no es para débiles, Sofía, no seas estúpida. Mírate, mira lo que tu familia te hizo —le dijo César, acercándose a ella tanto que su sombra la cubrió por completo—. ¿Estás de verdad pagando por algo que no hiciste o sí mataste a alguien? Porque si lo hiciste, no eres mejor que yo. Al menos yo no me escondo detrás de un delantal de sirvienta para ser un fugitivo.
La mención de la noche del asesinato hizo que a Sofía se le oprimiera el pecho, reviviendo el olor a sangre y el caos del altar.
—Ya te dije que no cometí ese crimen —dijo ella, sosteniéndole la mirada con rabia, negándose a que la comparara con un monstruo.
César, rápido como el pensamiento, la agarró del rostro con una sola mano, obligándola a mantener los ojos fijos en los suyos. La presión de sus dedos largos fue firme, pero no llegó a quebrarle la mandíbula; era una advertencia física de su dominio.
—Entonces deja de ser tan amable y bondadosa con quienes te quieren ver muerta —dijo él, con el rostro a milímetros del de ella, transmitiéndole una lección gélida y pragmática.
La soltó con brusquedad, haciendo que ella tuviera que dar un paso atrás para recuperar el equilibrio. César se dio la vuelta, acomodándose la pesada capa de piel sobre los hombros, dando la conversación por terminada mientras la dejaba a solas con el eco de sus palabras en la inmensidad del salón de roca negra.
Sofía se llevó una mano a la mejilla, sintiendo el calor fantasma de los dedos de César en su piel. El salón del trono parecía haber quedado impregnado de su presencia dominante, un recordatorio silencioso de que, en el norte, la piedad era un defecto y la ambición, la única moneda de curso legal.
Kaelen, que había permanecido a una distancia prudencial observando todo el encuentro, rompió el silencio con el habitual chocar metálico de sus botas sobre el mármol.
—El Alfa Supremo tiene una forma muy… particular de impartir sus lecciones, señorita Ivanov —dijo el Beta, acercándose con las manos entrelazadas a la espalda—. Pero no se equivoque. Detrás de su crueldad hay una lógica militar impecable. Si usted flaquea ante su padre, Borís Ivanov la usará para limpiar sus propios pecados antes de que pueda pestañear.
Sofía exhaló un suspiro tembloroso, intentando estabilizar el ritmo de su corazón.
—No planeo flaquear, lord Kaelen —respondió ella, enderezando la espalda y acomodándose las mangas del vestido azul—. Pero tampoco planeo convertirme en el monstruo que su rey quiere que sea. Si voy a jugar en este tablero, lo haré bajo mis propios términos. ¿Dónde está mi habitación? Necesito pensar.
—Por supuesto. Permítame escoltarla de vuelta —dijo Kaelen, haciendo una sutil inclinación de cabeza—. Además, el equipo de investigación que el rey prometió ya ha sido asignado. Mañana comenzaremos a revisar los informes que los espías del norte trajeron sobre la noche de las antorchas en el altar de su hermana Tania. Si hay una trampa, la encontraremos.
El camino de regreso al ala este fue silencioso, pero esta vez la mente de Sofía no estaba nublada por el pánico, sino por una fría determinación. César Dróvnikov quería las riquezas de las Tierras Bajas y un heredero para consolidar su imperio; ella quería su nombre limpio y la cabeza del verdadero asesino de Gavin. Era un pacto con el diablo, un contrato firmado con sangre y conveniencia política, pero era su única salida.
Al entrar a sus aposentos, cerró la puerta y se apoyó contra la madera tallada. El aroma a violetas y lluvia de su habitación la recibió como un abrazo familiar en medio de tanta piedra fría. Caminó hacia el escritorio, donde el acuerdo de protección real descansaba bajo la luz de la tarde que empezaba a caer.
A lo lejos, el aullido de un lobo de la guardia resonó en las montañas del norte, un recordatorio de que la paz del Reino Lycan era solo una tregua temporal. Borís Ivanov no tardaría en responder al desafío de César, y cuando el sur marchara hacia el norte, Sofía tendría que estar lista para decidir si defendería la tierra que la desterró o al rey que la había encadenado a su destino.