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Bésame en el infierno

Bésame en el infierno

Status: Terminada
Genre:CEO / Policial / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Lam era un fantasma.

Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.

El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.

Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.

Obsesivo. Peligroso. Irresistible.

Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.

Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.

Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13: Camarote

Lo primero fue el olor. Diésel, metal oxidado, agua estancada. Lo segundo fue el movimiento: un balanceo lento, irregular, que no pertenecía a ningún vehículo terrestre. Barco. Dante abrió los ojos y no vio nada. La venda sobre sus párpados era de tela gruesa, atada con un nudo profesional que presionaba los huesos orbitales sin cortar la circulación. Manos que sabían lo que hacían.

Las muñecas estaban sujetas a los reposabrazos de una silla metálica con bridas de plástico. Los tobillos, igual. La jeringa del cuello le había dejado un latido sordo detrás de la oreja, como un segundo corazón defectuoso. La boca le sabía a cobre y a la goma del sedante.

Tres respiraciones. Cuatro. Cinco. Cada una más lenta que la anterior. El entrenamiento de resistencia a interrogatorio de Interpol tenía una regla de oro: antes de evaluar la amenaza, controla tu ritmo cardíaco. Todo lo demás es negociable.

Pasos sobre metal. Dos personas. Una pesada, con cadencia de soldado. La otra más ligera, con suelas blandas que apenas hacían ruido — zapatos caros, italianos. Y debajo de los pasos, un olor que cortó el aire estancado del camarote: vetiver, tabaco blanco y algo cítrico que Dante había catalogado tres horas antes en la fiesta de Eva, cuando Carter Lippman se había parado demasiado cerca de Anderson junto a la chimenea.

—¿Ya despertó? —La voz de Carter. Aguda, impaciente, con ese temblor que delata a los hombres que necesitan controlar todo porque no se controlan a sí mismos.

—Hace dos minutos —respondió otra voz. Grave, sin acento identificable. El soldado.

Dante habló antes de que le hablaran. Regla número dos: no permitas que el interrogador establezca el ritmo.

—Carter Lippman. Vetiver con tabaco blanco. Le recomiendo cambiar de perfume si va a secuestrar gente — es demasiado memorable.

Silencio. El tipo de silencio que ocurre cuando alguien pierde la ventaja que creía tener.

—Quítenle la venda —dijo Carter.

La luz le golpeó las retinas. Paredes de acero remachado, un foco desnudo, una mesa con correas y un maletín médico abierto. Carter estaba de pie frente a él con los brazos cruzados y ojeras moradas. A su derecha, un hombre corpulento con chaleco táctico y una Sig Sauer en la funda del muslo. A su izquierda, un tipo delgado con guantes de látex preparando una jeringa.

—¿Sabes qué es esto? —Carter señaló la jeringa.

—Tiopental sódico. O escopolamina, si compraste la versión barata. —Dante inclinó la cabeza—. ¿Cuál es, Carter? ¿La cara o la económica?

Carter no respondió. Asintió hacia el hombre de los guantes, que se acercó y le clavó la aguja en el brazo sin buscar la vena. Intramuscular. El efecto tardaría más pero duraría el doble. Sabían lo que hacían.

El calor llegó en oleadas. La droga reptaba desde el bíceps hacia el centro del pecho, derritiendo las paredes que Dante había construido alrededor de sus pensamientos. El truco no era bloquear la droga — era redirigirla. Alimentarla con verdades inútiles para que no excavara hasta las peligrosas.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Carter.

—Dean Yang. —Verdad operativa. La identidad que podía soltar sin consecuencias.

—¿A qué te dedicas?

—Joyería. Distribución internacional. Piedras preciosas. —Cada respuesta era un hueso arrojado a un perro para que dejara de morder.

Carter se inclinó. Sus ojos se movían con esa velocidad obsesiva que Dante había notado en la fiesta.

—La bomba en el avión. Capítulo once de tu vida con Anderson. —Carter se lamió los labios—. ¿Quién la puso?

La droga empujó. Dante empujó de vuelta. El nombre de Pike le subió a la garganta como bilis y lo tragó de vuelta.

—No lo sé.

—¿Anderson la puso él mismo?

—No lo sé.

—¿Anderson te dijo algo sobre la bomba antes del vuelo? ¿Después? ¿Te contó algo que no le contó a nadie más?

Las preguntas eran reveladoras. Carter no buscaba información sobre la bomba — buscaba evidencia de intimidad. Quería saber si Anderson confiaba en Dante más que en él. Los celos eran el verdadero interrogador en este camarote.

—Anderson no me cuenta nada —dijo Dante—. Soy un proveedor. Nada más.

Carter lo miró durante un largo momento. Luego se giró hacia el hombre corpulento.

—No le creo. Súbele la dosis.

La segunda inyección fue intravenosa. Esta vez el calor no llegó en oleadas — llegó como una inundación. El suelo se inclinó cuarenta y cinco grados. Las paredes respiraban. Las defensas empezaron a agrietarse.

"Ancla. Necesitas un ancla."

La cara de Leslie. La voz de Leslie en el auricular diciéndole "Esa rodilla fue un error." La certeza de que alguien, en algún lugar, estaba buscándolo. Dante se aferró a eso como un náufrago a un tablón y dejó que la droga se estrellara contra esa imagen sin romperla.

Carter preguntó veinte veces más. Dante soltó detalles reales sobre el negocio de joyería de los Yang — inventarios, rutas, nombres de proveedores en Dubái que Leslie podía quemar si era necesario. La droga recibía su ración de verdad y dejaba en paz las mentiras.

Pasaron cuarenta minutos o dos horas. El tiempo dejó de funcionar.

Carter se cansó. Su frustración llenó el camarote como un gas tóxico.

—Desvístanlo —ordenó.

Dante tensó cada músculo. El hombre corpulento se acercó por detrás. Las manos le agarraron el cuello de la camisa y tiraron. Los botones saltaron contra el piso de metal con sonidos diminutos, ridículos, que no correspondían a la magnitud de lo que estaba pasando. El aire frío del camarote le golpeó la piel del pecho.

Y entonces el hombre se detuvo.

—¿Qué demonios...?

Las cicatrices. Una red de tejido queloide que cubría el costado izquierdo del pecho, subía por el hombro y se extendía por la espalda como el mapa de un país que ya no existe. Zonas lisas donde los injertos habían prendido, zonas rugosas donde no. La explosión de la sala cuatro le había dejado eso — el precio de entrar a buscar a un hombre muerto y salir medio vivo.

Carter se acercó. Miró las cicatrices con una mezcla de repulsión y curiosidad.

—¿De dónde sacó esto un joyero?

—Accidente industrial —dijo Dante. La droga hizo que la mentira sonara perfecta—. Fundición de oro. Hace dos años.

Carter no parecía convencido, pero la pregunta se evaporó cuando el hombre corpulento puso las manos en el cinturón de Dante.

Los dedos tiraron de la hebilla. El metal tintineó. Dante registró cada detalle con la claridad helada que precede a la acción: la posición del hombre corpulento — detrás, inclinado, con la Sig Sauer a veinte centímetros de su mano derecha. Carter — a un metro y medio, a la izquierda, sin arma visible. El de los guantes — junto a la mesa, de espaldas, guardando las jeringas.

"Ahora."

Dante dejó que su cuerpo se sacudiera. Espasmo violento, mandíbula apretada, ojos en blanco, espalda arqueándose contra la silla hasta hacer crujir las bridas. Se mordió el interior de la mejilla hasta que la sangre mezclada con saliva le brotó por la comisura. El protocolo de evasión número nueve: epilepsia inducida por sobredosis. Lo había practicado cuarenta veces. A la cuarenta y una, alguien iba a morir.

—¡Se está convulsionando! —gritó el de los guantes—. ¡La dosis fue demasiado alta!

—¡Ponlo de lado, que no se ahogue! —Carter retrocedió tres pasos. Exactamente lo que Dante necesitaba.

El hombre corpulento soltó el cinturón y se movió para inclinar la silla. Sus manos pasaron de los costados de Dante a la estructura metálica. La Sig Sauer quedó a quince centímetros de la mano derecha de Dante, que seguía atada pero con treinta grados de rotación en la muñeca — suficiente.

Dante dejó de convulsionar. En el mismo movimiento, rotó la muñeca, enganchó el dedo índice en el guardamonte de la Sig Sauer y jaló. El arma salió de la funda con un chasquido. La brida se rompió — no por fuerza, sino porque Dante llevaba diez minutos limando el plástico contra el borde del reposabrazos con movimientos imperceptibles.

Un disparo. El foco del techo explotó. Oscuridad.

Dante rodó fuera de la silla, arrancó la otra brida con los dientes y se arrastró hasta la esquina. El corpulento cometió el error de encender una linterna. Dante le disparó a la linterna. El hombre gritó. Dante se movió.

Cuando los ojos se ajustaron: Dante en la esquina con la Sig Sauer y seis balas, el corpulento herido como escudo. Carter contra la pared opuesta, blanco como su camisa. El de los guantes en el suelo, inconsciente.

—Suelta el arma, Dean —dijo una voz desde la puerta.

Pike. Dante lo reconoció por la cadencia — lenta, sin inflexión, la voz de un hombre que mata con la misma emoción con la que pela una naranja. Pike estaba en el umbral con un rifle corto apuntando directamente al escudo humano de Dante.

—Si disparo a través de él, la bala te llega igual —dijo Pike—. No es personal. Es balística.

Pike disparó.

La bala atravesó el hombro del hombre corpulento y se incrustó en la pared a tres centímetros de la cara de Dante. El hombre corpulento se desplomó. El escudo desapareció.

Dante quedó solo en la esquina, con la Sig Sauer apuntando a Pike y Pike apuntándole a él, y Carter Lippman respirando como un animal acorralado contra la pared. La ventaja táctica que había construido en treinta segundos se evaporó en uno.

Pike no sonrió. Los hombres como Pike no sonríen.

—Baja el arma, Dean. O la siguiente bala no le pega a la pared.

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