"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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La cuñada sospechosa.
Sábado – 15:30 – Salón de fiestas "Los Álamos".
El salón estaba decorado con globos dorados y guirnaldas de papel crepé que colgaban del techo como enredaderas festivas. Era el cumpleaños número setenta de doña Carmen, la madre de Andrés, y la familia Gutiérrez al completo se había reunido para celebrarlo. La mesa principal estaba repleta de sándwiches de miga, empanadas de carne, una torta de tres pisos con crema chantilly y botellas de sidra que se vaciaban con rapidez. El aire olía a perfume, a tabaco y a ese aroma inconfundible de las reuniones familiares donde todos fingen quererse más de lo que realmente se quieren.
Valeria llegó con los chicos vestidos de fiesta. Mateo llevaba una corbata azul que se había ajustado él mismo, torcida pero con orgullo. Sofi arrastraba su conejo de peluche, ahora adornado con un moño rosa para la ocasión. Andrés les abrió paso entre la multitud de primos, tíos y sobrinos que abarrotaban el salón.
—¡Llegaron los Gutiérrez chicos! —anunció doña Carmen desde su trono improvisado, una silla decorada con globos y un cartel que decía "La mejor abuela del mundo"—. Valeria, qué linda estás. ¿Es nuevo ese vestido?
—No, Carmen. Lo tengo hace mil años. Es un vestido viejo que rescaté del fondo del placard —respondió Valeria, forzando una sonrisa.
—Pues te queda de maravilla. No sé cómo hacés para mantener la figura con dos hijos y la casa. Deberías darme tus secretos.
—No hay secretos, Carmen. Solo falta de tiempo para comer.
Todo iba bien hasta que Valeria notó la mirada de Mariana, su cuñada. Mariana era la hermana menor de Andrés, una mujer soltera de treinta y dos años, periodista de investigación en un diario digital, con una habilidad casi sobrenatural para detectar mentiras. Esa tarde, no dejó de observar a Valeria con una expresión extraña, como un sabueso que ha olfateado algo fuera de lugar.
—Val, qué lindo vestido —dijo Mariana, acercándose con una copa de sidra en la mano—. ¿Es nuevo? Porque no te lo había visto nunca. Y eso que tenemos unos cuantos cumpleaños encima.
—No, es viejo. Lo compré hace años, antes de nacer Mateo.
—Qué raro. Tengo memoria fotográfica para la ropa y no recuerdo habértelo visto en la cena de Navidad, ni en el cumpleaños de Andrés, ni en ninguna reunión familiar.
—Será que no lo habías notado. A veces una se pone lo primero que encuentra en el ropero.
—Será. ¿Y qué tal? Andrés me dijo que estás yendo mucho al gimnasio últimamente. Qué disciplina.
—Sí, necesitaba moverme un poco. Estar en casa todo el día me estaba matando. El gimnasio me despeja la mente —dijo Valeria, sintiendo que la mentira le quemaba la lengua.
—Claro, claro. Gimnasio a la noche, ¿no? Porque de día estás con los chicos.
—Exacto. Es el único momento que tengo libre.
—Qué casualidad. Yo voy a un gimnasio en Palermo que abre las veinticuatro horas. ¿Cuál es el tuyo? Por ahí podemos ir juntas algún día.
—Es uno chiquito, de barrio. No creo que lo conozcas. Nada del otro mundo.
Mariana sonrió, pero sus ojos no sonreían. Había algo en su mirada que ponía a Valeria en alerta máxima. ¿Sospechaba algo? ¿Había visto algo? ¿O era solo su instinto periodístico haciendo de las suyas? Valeria recordó que Mariana había ganado un premio de periodismo el año anterior por destapar una red de corrupción en un municipio del conurbano. No era una mujer que se rindiera fácilmente cuando algo le llamaba la atención.
Más tarde, mientras Valeria ayudaba a recoger los platos en la cocina del salón, escuchó la voz de Mariana al otro lado de la puerta entreabierta. No quiso espiar, pero las palabras llegaron flotando hasta ella como hojas arrastradas por el viento.
—Te digo que hay algo raro con Val —decía Mariana por teléfono, en voz baja pero audible—. Sale de noche, vuelve tardísimo, y encima miente con lo del gimnasio. Le pregunté el nombre y tartamudeó. O mi hermano es ciego o esta mujer se las trae. Y vos sabés que yo no creo en las casualidades.
—...
—No, todavía no tengo pruebas. Pero las voy a conseguir. Soy periodista, ¿no? Investigar es lo mío. Y si alguien le está haciendo daño a mi hermano, se va a arrepentir.
Valeria se quedó helada, con un plato de porcelana en una mano y un repasador en la otra. Mariana estaba investigando. Tarde o temprano, iba a descubrir algo. Y cuando eso pasara, todo el castillo de naipes se vendría abajo con un soplo.