Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 5
Cap 5: El tigre sin garras
El silencio en el booth duró lo que tarda en vaciarse un reloj de arena. Gonzalo se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a Sebastián.
—Oye, tú. —Chasqueó los dedos—. Sírveme un trago. Agua, lo que sea.
Sebastián no se movió. Tenía los brazos cruzados sobre la mesa, las manos entrelazadas, la espalda recta. Lo miró como quien mira una mosca posarse en el borde de su vaso: con la tranquilidad de saber que puede aplastarla cuando quiera.
—¿No oíste? —insistió Gonzalo—. Sírveme un trago.
Fue Dante quien se movió primero.
Se inclinó hacia adelante, puso un codo sobre la mesa y señaló a Gonzalo con el dedo índice.
—¿Por qué chingados le va a servir a ti?
—Pues... ¿no es tu asistente o algo así?
—Es mi empleado. Mío. —La palabra salió con un peso que Dante no calculó—. Y tú no eres su jefe, ni su amigo, ni nadie que le pueda dar una orden en esta mesa.
"Sebastián es mi presa", pensó. "Yo puedo destrozarlo. Yo puedo quitarle cada gramo de dignidad que le quede y él no puede hacer nada. Pero que alguien más le meta el diente... que alguien más se atreva a lamerle una mordida... no."
El razonamiento no tenía lógica y Dante lo sabía. Pero la sangre le hervía igual.
Gonzalo soltó una carcajada forzada.
—Tranquilo, carnal, nada más le pedí un vaso de agua.
—No somos lo suficientemente cercanos para compartir mesa —dijo Dante. Su voz bajó a ese tono plano que sus amigos conocían bien: el tono que precedía a algo irreversible—. Si tienes sed, hay un bar allá abajo. Baja, pide lo que quieras, y no regreses.
Gonzalo apretó los puños debajo de la mesa. Tenía los ojos inyectados de mezcal y de humillación, y Dante supo que estaba calculando si valía la pena pelear. El cuerpo le temblaba del alcohol. Los diez shots le habían quitado la coordinación y la mitad del orgullo.
—No me corras de mi lugar —dijo Gonzalo, tratando de sonar firme—. Yo tengo tanto derecho como tú de estar aquí.
—Tienes derecho de estar en el club —corrigió Dante—. No en mi booth.
Y entonces habló Sebastián.
Lo hizo sin levantar la voz. Sin cambiar de postura. Sin siquiera despegar las manos entrelazadas. Con el mismo tono con que alguien comenta el clima.
—Gonzalo, ¿no sería mejor que te fueras antes de que la gente empiece a platicar? Ya sabes cómo es esto. Alguien se acuerda de algo, lo menciona, y de pronto todo el mundo lo sabe. —Hizo una pausa apenas perceptible—. Como lo que pasó hace seis meses. Lo de tus piernas.
El color se le fue de la cara a Gonzalo. De golpe, como si alguien le hubiera abierto una llave de desagüe.
—¿Qué... qué dijiste?
—Que a veces las cosas se saben. —Sebastián lo miró con una calma quirúrgica—. Y a veces es mejor retirarse antes de que alguien las recuerde en voz alta. Frente a testigos.
Gonzalo se levantó. La silla raspó el piso. Miró a su alrededor: Vale con los brazos cruzados, los amigos de Dante observándolo como quien mira a un animal acorralado, Dante recargado en el sillón con la mandíbula tensa.
—Esto no se va a quedar así —dijo Gonzalo, señalando a Sebastián con un dedo que temblaba.
—Siempre dicen eso —respondió Sebastián, sin inflexión.
Gonzalo agarró a su acompañante del brazo y se fue. La chica guardó el celular por primera vez en toda la noche. Sus pasos se perdieron escaleras abajo y el booth se relajó de inmediato, como un pulmón que por fin suelta el aire.
Vale fue la primera en hablar.
—Sebastián, ¿qué fue eso de sus piernas?
—Nada grave. Un rumor de negocios.
—¿Un rumor que lo hizo salir corriendo?
Sebastián sonrió apenas. No contestó.
Vale se rio y le dio un golpe ligero en el hombro.
—Me caes bien, cabrón. Oye, ¿tienes WhatsApp? Te quiero meter al grupo.
—¿Cuál grupo?
—El de los del Fénix. Los que corremos, los que venimos seguido. Es para organizar salidas, carreras, pendejadas. —Vale sacó el celular—. Pásame tu número.
Sebastián la miró un momento. Después preguntó:
—¿Dante está ahí?
—¿Dante? No. Ese güey nunca entra a grupos. Dice que los chats grupales son para gente que no tiene nada mejor que hacer.
Sebastián asintió despacio.
—Entonces yo tampoco entro.
Vale parpadeó.
—¿Qué?
—Si Dante no está, no tiene caso que esté yo. Pero gracias, Vale.
Vale abrió la boca para insistir, pero algo en la manera en que Sebastián lo dijo la detuvo. No era grosería ni timidez. Era una declaración simple, sin adornos. Una frontera trazada con lápiz suave pero que no se podía borrar.
Dante estaba hablando con Rodrigo Garza, uno de sus compañeros del circuito de carreras, pero había escuchado todo. La frase le cayó como un puñetazo silencioso en la nuca. "Entonces yo tampoco entro." ¿Qué significaba eso? ¿Lealtad? ¿Estrategia? ¿Un intento de quedarse pegado a él como una garrapata que no se puede arrancar?
Le molestaba no poder descifrarlo. Le molestaba más que la frase le hubiera provocado algo parecido al alivio.
Rodrigo le tocó el brazo para recuperar su atención.
—Tu asistente... Sebastián, ¿no?
—¿Qué con él?
—Tranquilo, nada malo. Los chavos del circuito lo ubicaron. Dicen que su familia patrocinó carreras en Monterrey hace unos años. Montero Capital. Fuerte el apellido.
—Ya no tiene nada —dijo Dante, cortante.
—Ajá. Pero la gente no olvida. —Rodrigo bajó la voz—. Oye, te lo digo en buena onda porque te estimo: Sebastián no es alguien con quien te quieras meter. No sé qué arreglo tengan ustedes, pero ese tipo tiene más colmillos de los que aparenta.
Dante no respondió. Se terminó su whisky de un trago y dejó el vaso vacío sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
En la zona del baño, Sebastián se lavaba las manos cuando un hombre de traje gris se le acercó. Joven, treinta y pocos años, reloj Audemars Piguet en la muñeca izquierda. Lo reconoció: Arturo Medina, CEO de una firma de consultoría que había crecido como espuma en los últimos dos años.
—Sebastián Montero. —Arturo se recargó en el lavabo contiguo—. No esperaba verte aquí.
—Tampoco yo a ti.
—Oye, voy a ser directo. Me enteré de lo de tu familia y lo siento, pero el talento no se quiebra. Necesito un director de estrategia. El sueldo es agresivo, prestaciones completas, y empiezas cuando quieras.
Sebastián cerró la llave del agua. Se secó las manos con calma.
—Te agradezco, Arturo. En serio. Pero encontré un buen trabajo de medio tiempo. Voy a descansar un rato.
Arturo lo miró como si le hubiera dicho que la tierra era plana.
—¿Un trabajo de medio tiempo? Sebastián, te estoy ofreciendo...
—Lo sé. Y me halaga. Pero no por ahora.
Sebastián le dio una palmada ligera en el hombro y salió. Arturo se quedó frente al espejo, con la oferta colgando en el aire como humo de cigarro.
De regreso en el booth, su celular vibró. La pantalla mostraba: "Mamá".
Se alejó del ruido y contestó en el pasillo.
—¿Bueno?
—Mijo. —La voz de Doña Lucía sonaba cansada pero tranquila—. Tu padre y yo ya estamos en Houston. El vuelo estuvo bien. Nada más te llamo para avisarte.
—¿Cómo está papá?
—Bien, dentro de lo que cabe. Ya sabes cómo es tu padre, no se queja de nada. —Una pausa—. Cuídate mucho, ¿sí? ¿Estás comiendo bien? ¿Ya tienes dónde quedarte?
—Sí, mamá. No te preocupes. Estoy bien.
—¿Qué estás haciendo ahorita? Se oye ruido.
Sebastián miró hacia el booth. Las luces del Fénix le pintaban la cara de azul y rojo.
—Tengo una cita.
—¿Una cita? —Doña Lucía se animó de inmediato—. ¿Con quién? ¿Es bonita? ¿O es bonito? Ay, mijo, ya sabes que a mí me da igual, nada más quiero que seas feliz.
—Mamá.
—Bueno, bueno, no pregunto más. Pero me cuentas después. Tu padre y yo te queremos mucho.
—Yo también. Cuídense.
Colgó. Se quedó un momento con el celular en la mano, mirando la pantalla que se apagaba. La mentira había salido limpia. Fácil. Como todas las que le decía a su madre para que no se preocupara.
Cuando regresó al booth, el asiento de Dante estaba vacío.
Vale se encogió de hombros antes de que preguntara.
—Se fue hace como cinco minutos. Ni se despidió. Ya sabes cómo es.
El celular de Sebastián vibró de nuevo. Una notificación del banco: transferencia recibida. Mil pesos. El concepto decía: "Surgió algo, toma un taxi."
Sebastián miró la pantalla. Mil pesos. Para un taxi. El trayecto del Fénix a su departamento costaba doscientos como mucho.
Se sentó en el booth vacío. Abrió la aplicación de su banco. Buscó en sus contactos registrados hasta encontrar el que necesitaba: Fundación Esperanza Viva, una organización de asistencia social que había patrocinado años atrás, cuando su familia todavía tenía con qué. Tecleó la cantidad: mil pesos. Concepto: "Donativo."
Confirmó la transferencia. La notificación de saldo saliente le llegó de inmediato.
Vale lo miró desde el otro extremo de la mesa.
—¿Todo bien?
—Sí. —Sebastián guardó el celular—. ¿Me pides un agua mineral?
—¿No te vas a ir?
—Todavía no. La noche está tranquila.
Vale levantó la mano para llamar al mesero y Sebastián se recargó en el sillón, en el mismo lugar donde Dante había estado sentado hacía diez minutos. El cuero todavía estaba tibio.
Afuera, en el estacionamiento del Fénix, Dante arrancó el Lamborghini plateado. No encendió la música. No abrió la ventana. Manejó en silencio por Reforma con las manos apretadas en el volante y un pensamiento que no lograba sacarse de la cabeza.
"Entonces yo tampoco entro."
Pisó el acelerador. El motor rugió y la Ciudad de México se desdibujó en un manchón de luces detrás del parabrisas.
No sabía a dónde iba. Solo sabía que necesitaba alejarse del Club Fénix, de la voz de Sebastián, y de lo que esa frase le estaba haciendo sentir.