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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16 — Gabriel está vivo

La fotografía cayó de las manos de Isabel y aterrizó boca arriba sobre el suelo. Valeria se quedó mirándola sin poder respirar. Allí estaba Gabriel, mucho más delgado y con el cabello completamente gris, pero inconfundible. Después de tantos años de creerlo muerto, verlo vivo resultaba más aterrador que cualquier fantasma de aquella casa. A su lado estaba una mujer que tenía su mismo rostro. No era la copia que acababan de dejar atrás. Era alguien diferente. Alguien que parecía conocer perfectamente a Gabriel.

—¿Dónde está mi padre?

Isabel levantó lentamente la fotografía.

—Donde siempre estuvo.

—Eso no es una respuesta.

—Lejos de esta casa.

—¿Está vivo?

—Sí.

Valeria sintió que las piernas le temblaban.

—Entonces todo este tiempo sabía que yo estaba aquí.

Isabel sonrió.

—Tu padre intentó volver por ti.

—¿Cuándo?

—Muchas veces.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Porque cada vez que se acercaba, la casa cambiaba las reglas.

Samuel dio un paso hacia Isabel.

—¿Qué quieres de ellos?

Isabel lo miró.

—Yo no quiero nada.

—Mentira.

—La casa quiere a Valeria.

Elena levantó la cabeza.

—No se la entregaré.

Isabel soltó una risa fría.

—Tú ya no puedes entregar nada.

Valeria miró a su madre.

—¿Por qué dices que ella está muerta?

Isabel respondió antes de que Elena pudiera hablar.

—Porque lo está.

Valeria retrocedió.

—¿Entonces quién eres tú?

—La mujer que hizo posible que tu madre siguiera caminando durante veinte años.

Elena comenzó a llorar.

—No la escuches.

—¿Por qué?

—Porque quiere que recuerdes lo peor.

Valeria observó las manos de Elena. Las venas negras habían comenzado a extenderse por sus muñecas.

—¿Qué te está pasando?

—El pacto está terminando.

—¿Qué pacto?

Elena respiró profundamente.

—Cuando comprendí que no podía recuperarte, le pedí a Isabel que me permitiera vivir lo suficiente para encontrarte.

—¿Y qué te pidió a cambio?

Elena guardó silencio.

Valeria insistió.

—¿Qué le diste?

—Mis años.

Valeria frunció el ceño.

—No entiendo.

—Cada año que vivía fuera de esta casa pertenecía a la casa.

Samuel comprendió primero.

—Por eso envejeciste tan poco.

Elena bajó la mirada.

—Y ahora los años están regresando todos juntos.

Un dolor repentino atravesó su cuerpo. Cayó de rodillas. Valeria corrió hacia ella.

—¡Mamá!

Su rostro cambió delante de todos. Durante unos segundos parecía tener veinte años más. Luego otros diez. Después volvió a la apariencia anterior, como si la casa estuviera decidiendo qué edad debía mostrar.

Vera lloraba.

—No quiero que mamá muera.

Elena tomó su mano.

—No tengas miedo.

Valeria miró a Isabel.

—Detén esto.

—No puedo.

—Entonces dime cómo hacerlo.

Isabel observó a Valeria durante varios segundos.

—Debes encontrar a Gabriel.

—¿Dónde?

Isabel señaló la fotografía.

—Él tiene la respuesta.

Valeria tomó la imagen.

—¿Quién es la mujer que está con él?

Isabel sonrió.

—Tu mayor secreto.

—No tengo secretos.

—Eso es lo que te hicieron creer.

Valeria miró nuevamente la fotografía. La mujer tenía su rostro, pero llevaba una cicatriz que Valeria nunca había visto. En el fondo se distinguía una casa diferente, mucho más pequeña, rodeada de árboles.

Samuel se acercó.

—Conozco ese lugar.

Valeria lo miró.

—¿Dónde?

—La antigua finca de mi padre.

—¿Está lejos?

—A unas tres horas.

—Entonces iremos.

Isabel negó.

—No llegarán.

Samuel levantó el arma.

—No decidas por nosotros.

—No necesito hacerlo.

Un fuerte golpe sacudió la casa. Las ventanas comenzaron a vibrar. Desde los corredores se escucharon cientos de voces susurrando al mismo tiempo.

Valeria reconoció algunas.

La voz de su padre.

La de la niña del espejo.

La de la hermana mayor.

Y una voz infantil que decía su nombre una y otra vez.

—Valeria...

Vera se tapó los oídos.

—¡Que se calle!

Isabel cerró los ojos.

—La casa sabe que quieres escapar.

Valeria sostuvo la fotografía.

—Entonces tendrá que detenerme.

La puerta principal se abrió violentamente.

Un viento helado atravesó la habitación. Las velas se apagaron y una figura apareció al final del corredor.

Era la mujer que había quedado atrapada.

La hermana mayor.

Pero ahora tenía el rostro cubierto de sangre.

Valeria corrió hacia ella.

—¡Estás viva!

La mujer levantó la mirada.

—No por mucho tiempo.

—¿Qué ocurrió?

—La casa me dejó salir.

Samuel se acercó.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba que les entregara un mensaje.

—¿Cuál?

La mujer miró a Valeria.

—Tu padre no está esperando que vayas por él.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Entonces qué está haciendo?

—Está huyendo.

—¿De quién?

La mujer miró a Isabel.

—De ella.

Isabel permaneció completamente tranquila.

—No sabe lo que dice.

La hermana mayor soltó una risa amarga.

—Claro que lo sé.

Valeria miró a Isabel.

—¿Por qué mi padre huye de ti?

—Porque Gabriel sabe lo que ocurrirá si la casa recupera a Valeria.

—¿Qué ocurrirá?

Isabel dio un paso hacia ella.

—La casa dejará de necesitar un cuerpo.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Isabel sonrió.

—Que podrá salir.

Todos quedaron en silencio.

Samuel entendió.

—Dios...

—No —respondió Isabel—. Aquí abajo no viene Dios.

La casa volvió a temblar.

Una grieta apareció en la pared y comenzó a extenderse hacia el techo.

La hermana mayor tomó a Valeria del brazo.

—Tenemos que irnos.

—¿Y mi madre?

Elena se levantó con dificultad.

—Yo voy contigo.

Valeria la miró.

—¿Puedes caminar?

—Todavía sí.

Vera corrió hacia ella.

—Entonces vámonos.

Los cuatro comenzaron a avanzar hacia la salida. Isabel no intentó detenerlos. Simplemente los observó con una sonrisa inquietante.

Valeria se volvió antes de cruzar la puerta.

—¿Por qué nos dejas ir?

Isabel respondió:

—Porque sé dónde van.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Dónde?

—A buscar a Gabriel.

La sonrisa de Isabel se hizo más amplia.

—Y él ya sabe que van hacia allí.

Salieron de la mansión.

El aire de la noche golpeó sus rostros. Por primera vez en horas, Valeria sintió que podía respirar. Samuel corrió hacia el vehículo mientras Elena y Vera subían. La hermana mayor permaneció junto a Valeria.

—¿Vienes?

La mujer negó.

—Tengo algo que hacer aquí.

—¿Qué?

—Cerrar la puerta.

—¿La puerta de la casa?

—La única que puede mantenerla encerrada.

Valeria comprendió.

—Si la cierras, ¿qué pasará contigo?

La mujer sonrió.

—Ya te lo dije. Yo pertenezco a este lugar.

Valeria la abrazó.

La mujer quedó sorprendida.

—Gracias por volver por mí.

Valeria se separó.

—Volveré.

—No lo hagas.

—¿Por qué?

La mujer miró la mansión.

—Porque si regresas, significará que la casa ya salió.

Valeria subió al vehículo.

Samuel arrancó.

Mientras se alejaban, Valeria miró por la ventana.

La mansión permanecía inmóvil entre los árboles.

Pero en una de las ventanas apareció una silueta.

Una mujer.

Luego otra.

Y finalmente una tercera.

Vera se acercó al cristal.

—Hay alguien allí.

Valeria miró.

Su sangre se heló.

Las tres figuras tenían exactamente su rostro.

Samuel aceleró.

Valeria apretó la fotografía de Gabriel contra su pecho.

Su padre estaba vivo.

Pero ahora sabía algo mucho peor.

Si Gabriel estaba huyendo, era porque había algo en aquella casa capaz de darle miedo incluso a él.

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