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EL GLACIAR Y LA SALSA

EL GLACIAR Y LA SALSA

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Romance de oficina / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL GLACIAR Y LA SALSA

​El piso 50 del Corporativo Riquelme no era un lugar para el ruido, ni para los colores, ni mucho menos para la improvisación. Era el santuario de la eficiencia, y su suma sacerdotisa, Ariadna Riquelme, oficiaba sus ritos con una precisión quirúrgica. A las 8:00 AM en punto, el taconeo de Ariadna resonaba en el mármol impoluto, anunciando el inicio de una jornada donde el caos era el enemigo público número uno.

​Ariadna, con 32 años y una coraza de acero forjada a base de traiciones familiares, avanzaba hacia su oficina. Su traje sastre, un Armani gris marengo, parecía cortado con láser, ajustándose a su imponente 1.78m de estatura como una segunda piel. Su cabello negro azabache, largo y liso, caía como una cascada oscura sobre sus hombros. Su rostro, de una belleza helada, estaba congelado en una expresión de concentración absoluta. Su mirada, unos ojos oscuros y profundos, escaneaba el entorno buscando cualquier desviación del protocolo. Ni un papel fuera de lugar, ni una voz más alta que la otra. Su vida era una hoja de cálculo perfecta, donde el más mínimo error se pagaba caro.

​—Buenos días, Srta. Riquelme —saludó el recepcionista, sin atreverse a levantar la vista de su pantalla.

​Ariadna asintió imperceptiblemente, su única respuesta. Entró en su oficina, un espacio minimalista de paredes blancas y muebles de cristal. Desde su ventana, el skyline de la ciudad parecía una maqueta a sus pies. Dejó su briefcase sobre el escritorio de caoba y se sirvió un café negro en una taza de porcelana fina. El primer sorbo, como cada mañana, quemaba ligeramente, un recordatorio controlado de la realidad.

​Mientras revisaba el informe trimestral, un sonido extraño, disonante, comenzó a filtrarse a través de las paredes insonorizadas. Un ritmo vibrante, tropical, con metales brillantes y percusión atronadora. Era salsa. Salsa brava. «La Fania All-Stars», reconoció una parte de su cerebro que odiaba esa información.

​El ritmo se hizo más fuerte, acercándose por el pasillo. La puerta de su oficina se abrió sin previo aviso y apareció Daniela Padrón, su directora de Marketing. Daniela, con su cabello rubio corto y su sonrisa pícara, parecía una ráfaga de aire fresco en el ambiente estéril del corporativo.

​—¡Ariadna! ¡Buenos días! —canturreó Daniela, balanceándose ligeramente al ritmo de la música que ahora inundaba el pasillo.

​Ariadna levantó una ceja, su mirada glacial posándose en su amiga.

​—Daniela, ¿podrías explicarme a qué se debe esta cacofonía en el pasillo principal? —preguntó con voz monótona, cada palabra cargada de reproche.

​Daniela soltó una risa contagiosa.

​—¡Es el Glaciar y la Salsa, Ariadna! ¡Es Jonh!

​—¿Jonh?

​—Jonathan Guedez, el nuevo técnico de mantenimiento. El tipo es un encanto, y el alma de la fiesta de la empresa —explicó Daniela, con los ojos brillantes de diversión—. Está arreglando el aire acondicionado del pasillo y decidió poner un poco de ambiente.

​—¿Ambiente? Esto es un ambiente de trabajo, no una discoteca —espetó Ariadna, levantándose de su silla—. Voy a resolver esto inmediatamente.

​Salió de su oficina, sus tacones resonando con fuerza en el suelo. A medida que avanzaba por el pasillo, la música se hacía ensordecedora. Vio un grupo de empleados reunidos frente al panel de mantenimiento, riendo y charlando. En el centro, un hombre. Un gigante de 1.90m, con una complexión física que rivalizaba con la de un gladiador. Llevaba una camisa de trabajo azul, apenas conteniendo su musculatura, y una gorra de béisbol desteñida. Tenía una sonrisa deslumbrante, unos ojos claros que contrastaban con su piel bronceada, y estaba bailando salsa suavemente mientras ajustaba un cable.

​Ariadna se detuvo en seco. El contraste era tan brutal, tan ofensivo para su sentido del orden, que por un momento se quedó sin habla. El técnico, Jonh, sintió una presencia helada y levantó la vista. Al ver a Ariadna, su sonrisa se ensanchó, si eso era posible.

​—¡Buenos días, Jefa! —dijo con una voz grave y cálida, un acento caribeño marcado—. Disculpe el escándalo, pero la salsa me da el ritmo para trabajar. Y este aire acondicionado necesitaba un buen empujón.

​Ariadna lo miró de arriba abajo, su expresión de hielo desafiando su sonrisa de oro.

​—Usted —dijo ella, señalándolo con el dedo índice—, es el responsable de este… desorden.

​Jonh dejó su llave🔧 y se acercó a ella, sin perder su alegría. Olía a una mezcla de colonia económica y frescura, un aroma que desafiaba la atmósfera estéril del corporativo.

​—Desorden no, Señora Riquelme —dijo, con un guiño cómplice—. Es energía, es buena vibra. Y le aseguro que el aire quedará como nuevo.

​Ariadna se cruzó de brazos, su mirada capaz de congelar el café a tres metros.

​—No me importa cómo quede el aire, Sr. Guedez. Me importa el protocolo. En este edificio, el silencio es una regla. La música de esta naturaleza está prohibida. Apague esa radio inmediatamente y vuelva al trabajo en silencio.

​El carisma de Jonh pareció chocar contra un muro de hielo. Pero, en lugar de intimidarse, su sonrisa se transformó en una mueca de diversión.

​—¿Prohibida? ¿La salsa? Jefa, eso es como prohibir el sol. Y el silencio… el silencio es triste. No se puede vivir en un mundo sin música. Y mucho menos sin salsa.

​Ariadna sintió una punzada de irritación. Nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a rebatir sus órdenes en años.

​—Sr. Guedez, le advierto que esta es una advertencia. Si vuelve a encender la música, o a interrumpir la jornada laboral de mis empleados, será despedido. ¿Está claro?

​Jonh la miró a los ojos, su mirada clara encontrando la de ella.

​—Muy claro, Jefa. Pero si me deja terminar este trabajo con mi salsa… le prometo que nunca más volverá a escucharla en este pasillo. Y el aire funcionará mejor que nunca.

​Ariadna lo evaluó por un momento. Había algo en su mirada, una confianza inquebrantable, que la hizo dudar.

​—Tiene una hora, Sr. Guedez. Una hora. Y si no cumple su palabra…

​Jonh volvió a sonreír, un destello de oro en el pasillo.

​—Entendido, Jefa. Una hora de salsa brava, y el Glaciar y la Salsa se despiden.

​Ariadna se dio media vuelta, su taconeo resonando en el mármol, mientras el ritmo de la Fania All-Stars volvía a envolver el pasillo. Había perdido la primera batalla, pero la guerra, pensó, la iba a ganar ella. O eso creía. Porque en ese pasillo, entre el Glaciar y la Salsa, algo había empezado a cambiar. Algo que ninguna hoja de cálculo podría predecir.

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