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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:423
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: EL CASO CUARENTA Y CUATRO

La estación de policía del sector quedaba al pie de la loma, en un edificio de dos pisos con las paredes descascaradas y una reja pintada de un azul que ya se había vuelto gris por el sol y el smog. Mila fue tres veces esa semana. La primera vez fue sola, un miércoles por la tarde, con la ropa del colegio todavía puesta porque no había tenido tiempo de cambiarse, cargando en la cabeza una lista de preguntas que había estado repasando toda la noche anterior, sin poder dormir.

El uniformado que la atendió en la ventanilla —un hombre joven, con cara de estar contando los minutos para el cambio de turno— la escuchó apenas treinta segundos antes de interrumpirla.

—¿Número de radicado del caso?

—No sé el número. Es sobre mi hermano, Yeison Sarmiento. Lo mataron el martes.

El hombre tecleó algo en un computador viejo que tardaba en cargar cada pantalla como si estuviera pensándoselo. Después de un minuto largo, negó con la cabeza.

—Aquí dice que el caso está en investigación preliminar. Eso es lo que le puedo decir.

—¿Investigación de qué? ¿Ya interrogaron a alguien? ¿Tienen algún sospechoso?

—Eso lo maneja el investigador asignado. Yo aquí solo hago recepción, señorita.

—¿Y quién es el investigador asignado? ¿Puedo hablar con él?

El hombre suspiró, con esa clase de cansancio que Mila empezaría a reconocer como el idioma oficial de cualquier institución que tratara con El Pozo: no hostilidad exactamente, sino una indiferencia tan practicada que resultaba casi peor que la hostilidad, porque no dejaba nada contra qué pelear.

—Hoy no está. Venga otro día. O mejor, deje su número y la llamamos si hay novedades.

Mila dejó su número. Nadie llamó.

Volvió el viernes, esta vez acompañada de doña Nelly, pensando que quizás la presencia de una madre de luto ablandaría algo en el sistema que a ella sola, siendo una muchacha de diecisiete años, no le había ablandado nada. Esta vez sí lograron hablar con un investigador, un hombre de mediana edad con la corbata floja y el escritorio cubierto de carpetas que se apilaban como si llevaran meses sin resolverse, cada una probablemente con una historia parecida a la de Yeison adentro.

—Señora, entiendo su dolor —dijo el investigador, con una fórmula que sonaba tan ensayada que Mila se preguntó cuántas veces la habría repetido esa misma semana—. Pero le voy a ser honesto: en esta zona tenemos, en lo que va del año, cuarenta y tres casos similares. Homicidios con arma de fuego, sin testigos que quieran declarar, sin cámaras de seguridad en la zona. Sin un testigo o una prueba, es muy difícil que avancemos.

—Había gente en la calle cuando pasó. Alguien tuvo que ver algo.

—Puede ser. Pero nadie va a venir a decírmelo a mí, mija. Eso usted lo sabe mejor que yo.

Lo dijo sin crueldad, casi con lástima, y esa falta de crueldad fue, de alguna manera, lo que más le dolió a Mila. Hubiera preferido que el hombre fuera cruel, indiferente de una forma que ella pudiera odiar limpiamente. En cambio, lo que encontró fue algo más desalentador: un sistema cansado, sin suficientes manos ni suficiente voluntad, que trataba la muerte de su hermano no como una tragedia única sino como el caso número cuarenta y cuatro de una lista que crecía cada semana sin que nadie, en ningún nivel, pareciera decidido a hacerla más corta.

—¿Entonces qué va a pasar? —preguntó Mila, y por primera vez desde la muerte de Yeison, su voz tembló un poco frente a un extraño.

—Vamos a seguir el proceso, señorita. Pero le voy a hablar claro, porque prefiero eso a darle falsas esperanzas: si en un mes no aparece un testigo o una pista sólida, el caso pasa a la pila de los que quedan abiertos sin resolver. No se cierra oficialmente, pero en la práctica...

No terminó la frase. No hacía falta.

Doña Nelly, que había estado callada todo el tiempo, sosteniendo un pañuelo que ya no servía para nada porque las lágrimas se le habían secado hacía días, dejando en su lugar solo un cansancio profundo, dijo en voz baja algo que Mila nunca olvidaría:

—Mi hijo trabajaba honrado. Se levantaba a las cinco de la mañana. Y para el Estado, es solo un número más.

El investigador no supo qué responder a eso. Bajó la mirada, quizás porque tenía razón, quizás porque después de cuarenta y tres casos parecidos ya no le quedaban palabras nuevas para consolar a nadie.

Mila salió de esa oficina con una certeza que se le clavó más hondo que cualquier otra cosa que hubiera sentido en los días anteriores: nadie iba a hacer justicia por Yeison. No porque a nadie le importara —quizás sí le importaba, a su manera cansada, al investigador de la corbata floja— sino porque el sistema entero estaba diseñado, o simplemente se había vuelto, incapaz de darle a un muchacho de El Pozo el mismo peso que le daría a alguien del centro, alguien de los edificios de vidrio que desde la loma se veían brillar como si pertenecieran a otro país.

Caminando de regreso a la casa, con doña Nelly apoyada en su brazo, subiendo despacio la loma que a esas alturas de la semana Mila ya sentía en los músculos de las piernas como una condena, pasaron frente a la tienda de Katiuska, que las llamó desde el toldo azul con un gesto discreto.

—Mija, venga un momento.

Mila se acercó, dejando a doña Nelly sentada un segundo en una banca cercana.

—¿Fueron a la estación? —preguntó Katiuska, bajando la voz aunque no había nadie cerca.

—Sí. No sirvió de nada.

Katiuska asintió, como quien ya sabía la respuesta antes de hacer la pregunta, y miró hacia los lados con esa cautela que en El Pozo se volvía instintiva antes de decir cualquier cosa que pudiera considerarse peligrosa.

—Mija, le voy a decir algo, y usted haga con esto lo que quiera. La policía en esta loma no resuelve nada. Nunca lo ha hecho. Aquí, si uno quiere que algo se sepa, o que algo se cobre, hay que buscar a alguien de adentro. Alguien que sí tenga oídos donde la ley no llega.

—¿Adentro de dónde?

Katiuska no contestó directamente. Le dio, en cambio, una mirada larga, una mirada que medía si Mila estaba lista para lo que venía después, y al final solo dijo:

—Usted es una muchacha inteligente. Ya va a entender.

Esa noche, de vuelta en la casa, mientras doña Nelly se quedaba dormida temprano, agotada por el peso combinado del duelo y la caminata, Mila se sentó otra vez en la silla de plástico del patio, repasando las palabras de Katiuska una y otra vez.

"Alguien de adentro. Alguien que sí tenga oídos donde la ley no llega."

No sabía todavía a quién se refería exactamente. Pero por primera vez desde la muerte de Yeison, sintió que había una dirección hacia dónde caminar, aunque esa dirección la asustara casi tanto como la había asustado el silencio del sistema.

Fue esa misma semana, sin planearlo, sin buscarlo del todo, cuando el nombre de Nail empezó a sonarle familiar por primera vez, mencionado de pasada por un vecino, envuelto en ese respeto mezclado con miedo con el que en El Pozo se hablaba de la gente que de verdad tenía poder para hacer que las cosas pasaran.

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