Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 3
El silencio en el despacho de Leonardo era tan denso que casi se podía cortar con las manos. La única luz provenía de la chimenea encendida y de una lámpara de escritorio que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes tapizadas en terciopelo oscuro. El olor a cuero, madera y al perfume embriagador de Leonardo envolvía a Helena, atrapándola en un ambiente sofocante pero extrañamente adictivo.
Leonardo caminó lentamente detrás de su enorme escritorio de caoba. Cada uno de sus movimientos tenía una elegancia felina, pausada y peligrosa. Tomó una pluma estilográfica de plata y un pliego de papel de textura grumosa, deslizándolos sobre la madera barnizada hasta que quedaron justo frente a ella.
—Dijiste que querías un noviazgo falso, Helena —dijo él, apoyando ambas manos sobre la mesa e inclinándose hacia adelante. Su camisa blanca, ligeramente abierta en el cuello, dejaba entrever el inicio de su pecho amplio—. Pero en mi mundo, las alianzas no se sostienen con palabras vacías. Se sostienen con contratos.
Helena arrugó la frente, cruzando los brazos sobre el pecho en un gesto instintivo de defensa. El vestido de seda, aún húmedo por la lluvia, se pegaba a su piel marcando las líneas de su figura, algo que la mirada de Leonardo no pasó por alto.
—¿Un contrato? —preguntó ella, tratando de sonar altiva, aunque la mirada fija de él le aceleraba el pulso—. Leo, somos amigos desde los siete años. No necesitas ponerme esto por escrito.
—Precisamente porque nos conocemos desde niños sé lo impulsiva que eres —repuso él. Una sonrisa helada y fascinante se dibujó en sus labios—. Si voy a prestarme a este circo para destrozarle el ego al idiota de Mateo, lo haremos a mi manera. Sin errores. Sin vacilaciones.
Helena dio un paso hacia el escritorio, sosteniéndole la mirada. La tensión magnética entre los dos era una cuerda tensada a punto de romperse.
—A ver, ilustráme. ¿Cuáles son tus famosas cláusulas?
Leonardo rodeó el escritorio despacio, recortando la distancia entre ellos hasta volver a quedar a un suspiro de ella. La diferencia de altura era evidente; Helena tuvo que alzar la barbilla para mirarlo. El calor que emanaba del cuerpo de él chocaba contra el aire frío de la habitación, erizándole la piel de los brazos.
—Primera regla —murmuró él, bajando la voz a un tono grave que resonó en el pecho de Helena como una vibración física—. Frente a los demás, la actuación es absoluta. Nada de miradas dudosas ni sonrisas a medias. Si te todo la mano, la sostienes. Si te abrazo, te apoyas en mi pecho. Si te beso... —sus ojos grises bajaron por un segundo hacia la boca de ella, volviéndose oscuros como la noche— me respondes como si fuera el único hombre que ha tocado tu piel.
A Helena se le cortó la respiración. Un cosquilleo abrasador recorrió la parte baja de su vientre, obligándola a tragar saliva para recuperar el habla.
—Es... es parte de lo que acordamos —logró decir, apretando los puños con disimulo para que él no notara el leve temblor de sus manos—. ¿Qué más?
—Segunda regla: prioridad absoluta —continuó Leonardo. Estiró una mano y, con la yema de su dedo índice, acarició lentamente el contorno de la mandíbula de Helena, bajando por su cuello hasta rozar la clavícula al descubierto. El toque enviaba descargas de electricidad directa a sus nervios—. Durante este tiempo, mi palabra sobre tus apariciones públicas está por encima de la de cualquiera. Si te llamo para un evento, vas. Si te pido que te alejes de Mateo en una fiesta, lo haces sin rechistar. No voy a hacer el papel de idiota mientras tú le lanzas miraditas de lástima a tu ex.
El roce de sus dedos era una tortura deliciosa. Helena sintió un escalofrío recorrerle la columna vertebral. La posesividad en la voz de Leonardo no sonaba a una simple actuación; sonaba a una advertencia real.
—Tercera y última regla —prosiguió él, dando un paso más, aprisionándola contra el borde del escritorio. Helena sintió la firmeza del muslo de Leonardo rozando el suyo a través de la tela del pantalón—. Una vez que firmes, no hay marcha atrás. El trato termina únicamente cuando yo decida que ha cumplido su propósito. Ni un día antes.
Helena soltó una risita nerviosa, intentando aligerar el ambiente sofocante que la aplastaba.
—¿Y si Mateo rompe el compromiso con mi hermana la próxima semana? ¿Tengo que seguir fingiendo que soy tu novia?
—Exacto —respondió él sin pestañear, clavando sus ojos oscuros en los de ella—. Te lo dije antes, Helena: me pertenecerás frente a todos. Es el precio por mi ayuda.
La palabra pertenecerás resonó en la cabeza de Helena como un eco peligroso. En el fondo, una alarma comenzaba a sonar, advirtiéndole que estaba entrando en un terreno minedado. Sin embargo, al recordar la cara de satisfacción de su hermana con el anillo y la forma en que Mateo la miraba como si fuera un premio del pasado, la rabia volvió a nublarle el juicio. Estaba demasiado ciega por la sed de venganza como para detenerse a pensar en las consecuencias.
—Está bien —dijo con voz firme, extendiendo la mano hacia el escritorio para tomar la pluma.
—Léelo antes —sugirió Leonardo, señalando la hoja redactada en una caligrafía elegante y pulcra.
—No necesito leerlo. Sé lo que quiero —interrumpió ella con terquedad.
Acomodó la hoja sobre la mesa y estampó su firma con trazo decidido en la parte inferior, justo al lado de la firma que Leonardo ya había escrito previamente. La tinta negra pareció sellar una condena invisible.
Al dejar la pluma sobre la mesa, Helena suspiró, sintiendo un extraño alivio mezclado con una adrenalina salvaje. Levó la vista hacia Leonardo, esperando ver una sonrisa de triunfo, pero su rostro permanecía serio, casi sobrio, contemplando la firma de ella como si acabara de adquirir una posesión invaluable.
—Bien hecho, dulce Helena —murmuró él.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Leonardo la tomó de la cintura con una fuerza aplastante, pegándola brutalmente contra su torso. Helena ahogó un pequeño grito de sorpresa mientras sentía el calor abrasador de su cuerpo. Él bajó la cabeza rápidamente, atrapando su rostro entre sus manos grandes y tibias.
—¿Qué... qué haces? —alcanzó a susurrar ella, con los labios a milímetros de los suyos y el corazón batiendo como un tambor desbocado.
—Consolidar el contrato —respondió él con voz ronca.
Leonardo no le dio tiempo a responder. Inclinó la cabeza y atrapó sus labios en un beso firme, posesivo y cargado de una devoción tan oscura que le hizo perder el piso a Helena. No fue un beso suave de amigo de la infancia; fue una toma de posesión en toda regla. La lengua de Leonardo buscó la suya con una destreza hambrienta, arrancándole un gemido ahogado que retumbó en la quietud del despacho.
Helena intentó resistirse por un milisegundo, pero la atracción física que emanaba de él la envolvió por completo. Sus manos, traicioneras, subieron instintivamente por el pecho de Leonardo hasta enredarse en su cabello oscuro, devolviéndole el beso con la misma intensidad salvaje. El sabor a whisky y a tentación pura la mareó.
Cuando Leonardo finalmente se separó, sus labios estaban húmedos y sus ojos brillaban con un fuego peligroso. Mantuvo a Helena atrapada en sus brazos, sintiendo cómo ella jadeaba contra su pecho.
—A partir de este momento —susurró él, rozando sus labios contra la oreja de ella antes de soltarla despacio—, eres mía, Helena. Asegúrate de recordar las letras pequeñas.