El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 3
Capítulo 3 — Una casa de verdad
La casa estaba detrás de una reja tan alta que al principio pensé que era una escuela.
Un guardia le abrió a la camioneta con un saludo, y entramos por un camino de piedra con jardín a los dos lados, un jardín de verdad, con pasto cortado y flores que alguien regaba. Yo iba con la nariz pegada al vidrio. Nunca había visto un lugar así más que en las telenovelas, y en las telenovelas nadie como yo entraba por la puerta grande.
—Es aquí —dijo don Maximiliano. Ya me había dicho que le dijera así, o "tío Max", que doña Remedios luego me iba a explicar.
Adentro la casa era más grande todavía. Techos altos, una cocina donde cabía completo el cuarto en el que yo había vivido, escaleras de madera que subían a otro piso. Yo me quedé parada en la entrada sin atreverme a pisar el suelo brillante con mis zapatos rotos.
—Pásale, mija, no te quedes en la puerta que se enfría la casa.
La que hablaba era una señora de delantal, con las manos coloradas de lavar y una cara redonda y buena. Se limpió las manos y me tomó de los hombros como si me conociera de toda la vida.
—Soy Remedios, pero aquí todos me dicen doña Reme. —Me miró de arriba abajo y chasqueó la lengua, pero no como doña Otilia; lo hizo con lástima de la buena—. Ay, criatura, estás en los puros huesos. Ahorita te caliento un caldo. Y mírate esos pies. Ven, ven.
Me llevó de la mano por la casa. Me enseñó un baño solo para mí, con toallas dobladas y jabón que olía a flores. Me enseñó un clóset donde ya había ropa colgada —ropa nueva, con etiquetas, de mi talla—, y unos tenis blancos en su caja.
—Todo esto es tuyo —dijo—. El señor mandó traerlo ayer.
—No puede ser mío —dije—. Yo no lo pagué.
—Ay, mija. —Doña Reme me acomodó un mechón detrás de la oreja, y se me hizo un nudo en la garganta porque nadie me tocaba así, sin lastimarme, hacía años—. Aquí nadie te va a pegar. Ni a gritar, ni a vender, ni nada. Aquí se come tres veces al día y se duerme sin candado. Métete eso en la cabecita.
Me aguanté las ganas de llorar. Me las aguanté hasta que me metí al caldo y a la primera cucharada, caliente, con su sabor de casa, se me salieron solas, y doña Reme hizo como que no vio y me sirvió más.
—Coma, mija, coma —decía—. Que están contando esos huesitos. En esta casa se come.
Me contó, mientras yo comía, que ella llevaba años con el señor. Que la casa era grande pero callada, que el señor no hacía fiestas ni traía gente, que era serio pero derecho, "de los que hablan poco y cumplen mucho". Y me dijo, bajando la voz como si me confiara un secreto, que nunca lo había visto llegar con una niña a la casa, y que eso quería decir algo, aunque ella todavía no supiera qué.
Esa tarde llegó un señor de traje con un portafolio. Don Maximiliano me llamó a la sala. Yo entré con las manos entrelazadas, esperando lo que siempre esperaba: que ya se les hubiera pasado la bondad y me fueran a mandar a otro lado.
—Dalia, él es el licenciado Rendón —dijo don Max—. Es mi abogado. Va a arreglar unos papeles.
—¿Qué papeles? —Se me heló el estómago—. ¿Me van a llevar de vuelta con la señora Otilia?
—No. —Lo dijo tan firme que le creí—. Al contrario. Siéntate.
Me senté en la orilla del sillón.
—Voy a pedirle a un juez que me nombre tu tutor —dijo—. Tu tutor legal. ¿Sabes lo que es eso?
Negué con la cabeza.
—Quiere decir que la ley me hace responsable de ti. De que comas, de que estudies, de que estés sana, de que nadie te haga daño. Hasta que seas mayor de edad. —Hizo una pausa, y midió las palabras como si le importara mucho que yo entendiera bien esto—. No te estoy adoptando, Dalia. No voy a ser tu papá; tú ya tuviste un papá y una mamá, y esos no se cambian. Soy tu tutor. Un adulto que responde por ti hasta que cumplas dieciocho. Cuando los cumplas, esto se acaba solito y tú decides tu vida. ¿Me explico?
Yo no entendía todas las palabras, pero entendí lo importante: que alguien, con papeles y con firma y con juez, se estaba haciendo cargo de que yo estuviera bien. Que no era un favor de un día. Que iba en serio.
—Firma aquí, aquí y aquí, señorita —dijo el licenciado, y me pasó una pluma.
Me temblaba la mano igual que con la leche del hospital. Firmé "Dalia Rivas" con mi letra fea, tres veces, y cada vez que la pluma tocaba el papel sentía que estaba firmando otra cosa, algo más grande que un trámite.
Cuando el licenciado se fue, doña Reme me llevó a mi cuarto. Mi cuarto. Cama con edredón, una ventana que daba al jardín, una lámpara.
—A ver, dale las buenas noches al señor —me dijo—. Y ándale llamándolo tío Max, que "don Maximiliano" está muy largo para una chamaca. Él así lo quiere.
—Buenas noches... tío Max —dije desde la puerta, probando el nombre en la boca.
Él estaba al pie de la escalera. Levantó la vista, y por un segundo me pareció que la palabra le pesaba tanto como a mí, aunque no supe por qué.
—Buenas noches, niña —contestó—. Duérmete. Aquí no pasa nada.
Cerré la puerta. Me metí entre las cobijas limpias con la ropa nueva puesta porque me daba pena ensuciar la pijama. Afuera, las luces de las casas grandes brillaban ordenaditas en la oscuridad, sin gritos, sin golpes, sin cartas ni deudas.
Me quedé mirando el techo mucho rato, con miedo de cerrar los ojos y despertar otra vez en el cuartito de la ventana rota.
Pero no desperté ahí. Desperté, por primera vez en mi vida que yo recordara, en una casa de verdad.