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El Caos En Mi Refugio

El Caos En Mi Refugio

Status: En proceso
Genre:Escuela / Romance
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.

Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar

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Capítulo 9: La Psicología del Introvertido

​El aire de la tarde en el parque municipal traía consigo el olor a pino, tierra húmeda y al césped recién cortado. Las sombras de los robles viejos empezaban a estirarse sobre el suelo, dibujando patrones caprichosos que cambiaban con la brisa. Lola y Mateo caminaban por el sendero de grava fina. El único sonido constante era el crujido bajo sus pisadas, un ritmo monótono que acompañaba el peso del silencio entre ambos.

​Lola mantenía las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta de punto verde oliva. Su postura era rígida, con la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, siguiendo con la vista la punta de sus tenis. La escena de la biblioteca —los libros dispersos por el suelo, el carrito metálico abollado por la patada de Mateo y el aire cargado de una tensión innecesaria— aún le quemaba en la memoria.

​A su lado, Mateo caminaba con el cuello de la camiseta estirado y los hombros caídos. Ya no había rastro de la postura erguida y desafiante que solía adoptar cuando la adrenalina le dominaba el cuerpo. Sus manos, habitualmente inquietas, se escondían en los bolsillos de sus pantalones de chándal. Cada pocos pasos, miraba de reojo a Lola, esperando una señal, un gesto o una grieta en su muro de reserva para intentar articular una disculpa.

​Se detuvieron junto a una banca de madera desgastada por el sol y la lluvia, situada frente al estanque. Los patos nadaban en círculos lentos, dejando estelas de agua serena.

​—No tienes que decir nada si no quieres, Loli —murmuró Mateo, rompiendo el hielo con una voz que sonaba raspada, casi pidiendo permiso para ocupar el aire a su alrededor.

​Lola suspiró. Un suspiro largo que le hizo levantar los hombros y soltarlos de golpe. Se sentó en el extremo izquierdo de la banca, dejando un espacio deliberado entre los dos. Mateo, registrando la distancia, tomó asiento en el otro extremo, apoyando los codos sobre sus rodillas y entrelazando los dedos de las manos.

​—No se trata de decir o no decir, Mateo —empezó Lola, mirando la superficie verdosa del agua—. Se trata de entender. De verdad necesito que entiendas lo que pasó hoy. Y lo que pasa conmigo.

​—Sé que arruiné todo en la biblioteca —dijo él, agachando la cabeza de modo que su cabello castaño le cubrió parte de la frente—. Tiré los libros, me comporté como un bruto y... y le dejé el camino libre a Andrés para que se hiciera el caballero. Soy un imbécil, lo sé.

​—No, Mateo, no eres un imbécil —interrumpió ella con firmeza, aunque sin alzar la voz. Giró el cuerpo hacia él, observando la tensión en su nuca—. El problema no es que hayas tirado los libros por accidente. El problema es la patada al carrito. Es esa necesidad tuya de convertir cada rincón en un estadio donde tienes que ganar o marcar territorio.

​Mateo apretó los nudillos hasta que se le pusieron blancos.

​—Es que no lo soporto, Lola. Ver a ese tipo ahí, hablando de tus autores favoritos, sonriéndote como si supiera exactamente qué decir... Me supera.

​Lola se frotó las sienes con dos dedos. Sintió que la migraña latente tras el incidente de la mañana amenazaba con regresar.

​—Andrés estaba ahí para hacer un trabajo voluntario, igual que tú decidiste estarlo por razones que todavía no comprendo —dijo ella, con un matiz de cansancio en las palabras—. Pero lo que no entiendes es cómo me afecta a mí todo ese circo. Cuando empiezas a gritar, cuando empujas cosas, cuando llenas el espacio de tanto ruido, me haces sentir acorralada.

​Mateo levantó la cabeza. Sus ojos claros, habitualmente llenos de una energía desenfrenada, reflejaban una desorientación sincera.

​—Yo no quiero acorralarte, Loli. Sabes que jamás te haría daño.

​—Lo sé —asintió Lola suavemente, bajando el tono—. Sé que no lo haces con mala intención. Pero mi mente no funciona como la tuya. Tú te sientes cargado de energía cuando hay gente, cuando hay gritos, cuando hay movimiento. Si estás frustrado, corres o pateas un balón. Para ti, el ruido es una vía de escape. Para mí, el ruido es un drenaje.

​Se detuvo un segundo para elegir las palabras exactas. Quería explicarse sin herirlo, pero con la suficiente claridad para que la lección quedara grabada sin necesidad de más discusiones.

​—Para mí, mi espacio personal y mi silencio no son un capricho ni un muro que levanto para dejarte fuera —continuó Lola, tocándose el pecho con la mano—. Son mi necesidad básica. Es la forma en que recupero la energía que el resto del mundo me quita.

Cuando la biblioteca se llena de tus celos o de las ironías de Andrés, mi batería social se agota por completo. Y cuando me pides que reaccione o que tome un bando en medio de tus arranques, me siento exhausta. No es rechazo hacia ti, Mateo. Es supervivencia.

​Mateo escuchó en silencio, absorbiendo cada frase con una gravedad poco habitual en él. Miró la distancia de medio metro que los separaba en la banca de madera. Observó los tenis blancos de Lola, un poco sucios por la grava del parque, y la forma en que apretaba los labios, esperando su respuesta.

​—Pensaba que... —Mateo se detuvo, tragando saliva. Su manzana de Adán se movió con dificultad—. Pensaba que te estabas alejando de mí porque te aburría.

​—¿Por qué pensarías eso? —preguntó ella, sorprendida por la vulnerabilidad repentina en su voz.

​Mateo soltó las manos y se pasó una palma por la cara, dejando una marca roja sobre la piel por la presión.

​—Porque Andrés es inteligente, Lola —soltó él, de golpe, con una mezcla de rabia contenida y vergüenza—. Lee los mismos libros difíciles que tú. Sabe cómo hablar sin sonar como un cavernícola. Sabe qué decir sobre arte, sobre historia, sobre todas esas cosas que a ti te hacen brillar los ojos. Yo solo sé correr tras un balón de cuero, gritar en el campo y meterme en problemas.

​Lola se quedó inmóvil. No esperaba esa confesión tan directa, desnuda de la arrogancia habitual del capitán del equipo.

​—A mí me da pánico que te des cuenta de eso —admitió Mateo, mirando fijamente la hierba a sus pies—. Me aterra que un día te sientes a hablar con alguien como él y pienses: "Vaya, esto es lo que me estaba perdiendo por estar perdiendo el tiempo con Mateo". Tengo miedo de dejar de ser tu persona favorita. De que me reemplaces por alguien que sí entienda tu mundo.

​El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero esta vez no era un silencio pesado ni tenso. Era un silencio denso de honestidad.

​Lola miró al chico a su lado. Vio la sombra de la inseguridad que Mateo ocultaba cuidadosamente tras sus risas estruendosas, sus bromas pesadas y su reputación de atleta invencible. Comprendió que la patada al carrito de libros no había sido un acto de malicia ni de simple inmadurez; había sido el gesto desesperado de alguien que sentía que estaba perdiendo el único lugar donde se le permitía ser vulnerable.

​Con un movimiento lento y deliberado, Lola se deslizó por la madera de la banca, reduciendo la distancia entre ambos. No rompió su espacio por completo, pero se colocó lo suficientemente cerca para que su hombro rozara el brazo de él.

​Mateo no se movió, pero su respiración se volvió más lenta.

​—Andrés puede saber mucho sobre literatura —dijo Lola, mirando a Mateo a los ojos—, pero no sabe nada de mí. No sabe que cuando estoy estresada me muerdo la cara interna de la mejilla. No sabe que odio el té picante. Y no sabe que la única persona a la que le he permitido entrar en mi habitación a ver cómo leo en silencio eres tú.

​Mateo parpadeó, impactado por la sencillez de sus palabras.

​—La inteligencia no se mide solo por los libros que has leído, Mateo —continuó ella, dejando que una pequeña sonrisa asomara en las comisuras de sus labios—. La inteligencia también es saber cuándo quedarse al lado de alguien sin decir nada. Y tú, cuando quieres, sabes hacerlo mejor que nadie. No necesito que seas un crítico literario. Ya tengo mis libros para eso. Necesito que seas Mateo. Pero la versión de Mateo que no rompe cosas cuando se siente inseguro.

​Mateo dejó escapar un suspiro tembloroso, y sus hombros finalmente perdieron la rigidez. Un leve matiz de su sonrisa habitual regresó a su rostro, aunque esta vez era una sonrisa humilde, sin rastro de burla.

​—Prometo no volver a patear ningún carrito de la biblioteca —murmuró él, mirando sus propias manos—. Ni a intentar cargar veinte libros de golpe para hacerme el fuerte.

​—Con que aprendas el alfabeto me doy por satisfecha —bromeó Lola, dándole un codazo suave en la costilla.

​Mateo soltó una risa corta, limpia, que ahuyentó los últimos vestigios de la discusión. Se echó hacia atrás contra el respaldo de la banca, mirando hacia las copas de los árboles donde la luz del atardecer filtraba destellos dorados.

​—Gracias por explicármelo, Loli. De verdad. A veces mi cabeza va más rápido que mis neuronas.

​—Lo he notado —respondió ella, sin retirarse de su lado.

​Se quedaron sentados en la banca durante un largo rato, mientras el sol terminaba de ocultarse tras el horizonte. El estanque se volvió de un tono plomizo y la brisa se volvió más fría. Sin embargo, en ese rincón del parque, el equilibrio se había restablecido.

Mateo había aprendido que el silencio de Lola no era un rechazo, y Lola había comprendido las grietas que escondía el ruido de Mateo. Ninguno de los dos intentó cambiar al otro; simplemente aceptaron que para caminar juntos, él tenía que aprender a bajar el volumen y ella a no temer a la luz que él traía consigo.

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Carolina A²V
ese es mi Mateo lento pero seguro 😊🥰
Carolina A²V
estoy de acuerdo con Andrés mueve ese lindo trasero y pídele a Lola que vaya contigo al baile de graduación 😜
Carolina A²V
era no es el centro de su mente 🤔
Carolina A²V
te va a reventar tu linda carita opps 🫣🫢
celimar
me encanta 💯💯
Fernanda
cada capitulo es un aprendizaje para lola tiene que crecer más en ellos me encanta esta historia 💯💯
Betty Saavedra Alvarado
Hay personas en la vida que le gusta hacer daño no dejar a que sean felices meten cizaña para que una relación no prospere
Carolina A²V
nunca hubo hay ni abra lástima entre ustedes así que ya deja esos fantasmas que solo te atormentan y sobre todo no escuches a la venenosa de patricia que sólo tiene envidia de ti
Carolina A²V
tu apoyo de siempre Lola
Carolina A²V
todo lo contrario a lo que Lola esperaba 🤔😉
Carolina A²V
ayyy Lola y tus inseguridades 😟
Betty Saavedra Alvarado
Esa Patricia ves una bruja
Betty Saavedra Alvarado
Me gustó el capitulo
Celina Espinoza
firme lola no le agas caso
Celina Espinoza
que lindo capitulo 👍👍
Fernanda
patricia solo quiere hopacarte no le des el gusto
Fernanda
lola no caigas
Carolina A²V
Lo estás desarmando Lola, lo harás caer en un abismo de incertidumbres ese del cual salió anoche ya hoy vuelve a el
Carolina A²V
pregunta le a la bruja de patricia
Carolina A²V
ayyy‼️ no Lola 🤦🏻‍♀️
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