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Vínculo En La Tormenta

Vínculo En La Tormenta

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Omegaverse
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

⚠️ Contenido exclusivo para mayores de 18 años | Omegaverse

Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.

Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.

Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.

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VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 22: LA CUENTA ATRÁS

Las primeras luces pálidas del alba se colaban muy despacio por los bordes de las mantas gruesas que cubrían todas las ventanas, tiñendo de gris suave las paredes de troncos oscuros de la cabaña, pero dentro todavía reinaba una penumbra cálida, densa y cargada de todo lo que Lucía acababa de revelarnos antes de quedarse profundamente dormida. Nadie se movió, nadie habló ni siquiera respiró muy fuerte durante varios minutos largos. Las palabras de ella seguían flotando en el aire tibio que olía a leña quemada, a hierbas medicinales y a tierra húmeda, grabadas a fuego en la mente de los tres: Victoria no quería poder, ni apellido, ni venganza por desobediencia. Quería al bebé. Creía de verdad en aquella historia antigua de la estirpe, y tenía marcada una fecha exacta para bajar del todo y atacar: la tercera noche después de la próxima luna llena. Y lo peor de todo, lo que nos heló la sangre por segunda vez en menos de una hora, era darse cuenta de que eso ocurriría mucho antes de lo que faltaba para el nacimiento. Quedaban todavía cuatro meses completos, cuatro meses enteros antes de que el pequeño estuviera listo para venir al mundo, y sin embargo ellos planeaban irrumpir aquí dentro en poco más de doce días.

Dante seguía de pie al lado de la cama de madera, con la espalda vuelta hacia nosotros y los puños cerrados con tanta fuerza a los lados del cuerpo que se le marcaban los tendones y los nudillos completamente blancos bajo la piel. Todo su cuerpo grande y ancho permanecía tenso, rígido como una estatua de piedra forjada al fuego, y su aroma natural de alfa, siempre cálido, amaderado y tranquilo, se había vuelto denso, pesado y cargado de una furia tan profunda, tan contenida y tan grande que casi se podía tocar en el aire de la estancia. No gritó, no dio un portazo, no maldijo en voz alta ni rompió nada. Ese silencio suyo, frío, absoluto y cortante, fue mucho más aterrador que cualquier grito. Sabía perfectamente que su propia madre, la mujer que le había dado la vida, lo había estado observando y calculando toda la existencia, esperando solo el momento en que apareciera el heredero que ella consideraba suyo por derecho de sangre y por aquel cuento viejo que nadie más creía.

Me acerqué a él muy despacio, paso a paso, moviéndome con la lentitud que me imponía el peso grande, redondo y firme de mi vientre que ya se marcaba con fuerza bajo la ropa holgada. Todavía faltaban cuatro meses exactos para la fecha que el médico nos había dado en el pueblo, y sin embargo cada día que pasaba crecía un poco más, pesaba un poco más y me recordaba con cada movimiento suave o cada patada fuerte que esa vida era nuestra, solo nuestra, y que nadie en el mundo tenía derecho a siquiera tocarla, mucho menos a llevárnosla. Cuando estuve justo detrás de él, pasé mis brazos por debajo de los suyos, los rodeé por la cintura con toda la fuerza que me daban mis brazos de omega y pegué todo mi cuerpo de frente contra su espalda ancha y caliente, apoyando la mejilla derecha entre sus omóplatos y dejando que la curva dura de mi embarazo presionara suavemente contra la parte baja de su espalda. Sentí en el mismo instante cómo todo ese músculo tenso, esa piedra que se había convertido su cuerpo por la rabia y la impotencia, empezó a ceder poquito a poquito solo por el contacto conmigo. Dio media vuelta de inmediato, sin separarse ni un centímetro, y me atrapó entonces entre sus dos brazos enormes y fuertes, apretándome contra su pecho con una ternura infinita mezclada con una desesperación callada, rodeándome por completo, cubriéndome, protegiéndome como si quisiera fundir nuestros cuerpos en uno solo para que absolutamente nada en el universo pudiera pasar a través de él hasta llegar a mí ni al niño que llevo dentro. Me hundí la cara en el hueco de su cuello, respirando hondo su olor que mi instinto reconoce al instante como el único refugio verdadero que he tenido jamás, y sentí su mano grande y áspera posarse con infinita delicadeza justo en el centro de mi barriga, quedándose quieta allí, firme y caliente, como si estuviera sellando con su propia piel una promesa que ni la muerte misma podría romper.

—Nadie —murmuró por fin, con la voz tan baja, tan ronca y tan partida que casi no salían las palabras, solo para que yo las oyera pegado a su pecho—. Nadie, absolutamente nadie en este mundo, va a entrar aquí. Nadie va a tocarte. Nadie va a acercarse siquiera a un metro de esta puerta con malas intenciones. Y mucho menos van a ponerle una sola mano encima de nuestro hijo. Mejor que se equivoquen de valle, mejor que se equivoquen de planeta, antes de intentarlo. Doce días. Solo doce días. Tiempo más que suficiente para hacer de este lugar algo por lo que ni se atrevan a pasar cerca.

Mia estaba sentada en el suelo de tierra apisonada, muy cerca del borde de la cama donde Lucía seguía durmiendo profundamente, abrazada fuerte a su osito de peluche viejo y desgastado contra el pecho huesudo. Era mi hermana menor, solo ocho años, delgada, de piel extremadamente pálida y transparente que siempre delataba lo débil y delicado que estaba su corazón desde el día en que nació, y sin embargo en aquellos grandes ojos oscuros idénticos a los míos no había llanto ni pánico descontrolado, solo una seriedad muy grande, muy madura y muy triste que ninguna niña de su edad debería llevar nunca puesta en la mirada. Tenía en el regazo uno de sus dibujos, aquel donde aparecíamos los cuatro tomados muy fuerte de las manos bajo un sol enorme y dorado, y lo acariciaba muy suavemente con la yema del dedito índice por encima del color, sin prisa. Se levantó entonces caminando muy despacio, sin hacer ruido para no despertar a la mujer herida, y vino hasta donde estábamos abrazados, pegando su cuerpecito pequeño y frío contra mis piernas y pasando sus brazos cortos alrededor de las nuestras a la vez, abrazándonos a los dos por igual en el mismo abrazo.

—Si vienen —dijo en un susurro clarito, firme y sin temblar en absoluto—, los árboles los van a detener. Y las cuerdas. Y los caminos que se pierden. Y nosotros estamos todos juntos. Eso es más fuerte que cualquier luz que tengan allá arriba, ¿verdad?

Dante soltó un suspiro largo y tembloroso que le salió desde lo más hondo del pecho, se agachó con mucho cuidado sin soltarme nunca del todo y pasó una mano libre por encima del cabello oscuro y lacio de la niña, acariciándola muy despacio. Asintió con la cabeza muy fuerte y serio, y le prometió mirándola directo a los ojos que tenía toda la razón del mundo, que nada vencía a lo que se construye con amor, y que por encima de cualquier plan, de cualquier arma o de cualquier cantidad de gente que pudiera traer Victoria, lo que había dentro de esas cuatro paredes de madera era invencible.

Pasaron las horas del mediodía y buena parte de la tarde con una actividad ordenada, silenciosa y decidida que no habíamos tenido hasta aquel momento. A media mañana Lucía despertó por fin, mucho más lúcida, con la fiebre ya bastante más baja y la fuerza volviendo poquito a poco a sus miembros, y aunque todavía le costaba hablar mucho sin cansarse, se sentó apoyada entre las almohadas y nos fue contando absolutamente todo lo demás que sabía, sin ocultarnos ni el más mínimo detalle por pequeño que pareciera. Nos dijo que en el campamento de la cima eran en total siete personas contando Victoria: ella misma que ya no estaba, la señora Valente y cinco hombres grandes, muy bien pagados, con experiencia en recorrer terrenos difíciles y acostumbrados a obedecer órdenes sin preguntar absolutamente nada. Explicó que conocían la zona en líneas generales, pero no los senderos internos, ni las trampas naturales del bosque, ni mucho menos las defensas que Dante había ido colocando palmo a palmo alrededor de la cabaña. Dijo también que su hermana confiaba casi ciegamente en la ventaja que le daba la altura: creía que desde allí lo veían absolutamente todo, que nada se les escapaba, y por esa misma razón se volvían arrogantes, descuidados, y bajaban la guardia en cuanto creían que el enemigo no se ha movido ni ha cambiado nada en días. Esa soberbia, nos aseguró mirándonos a los tres por turno con mucha intensidad en los ojos, era su punto más débil, y la única oportunidad real que teníamos de ganar sin que nadie saliera lastimado de verdad.

Mientras hablaba, yo me quedé la mayor parte del tiempo recostado cómodamente sobre el banco ancho de madera frente a la chimenea, con una almohada gruesa de paja bien acomodada detrás de la espalda baja para calmar ese dolor sordo y profundo que ya no me abandonaba ni de día ni de noche, y con ambas manos puestas casi siempre sobre la curva abultada de mi vientre. Varias veces a lo largo de esas horas sentí de nuevo esos endurecimientos breves, suaves y totalmente indoloros que el médico del pueblo me había asegurado que eran completamente normales a los cuatro meses, provocados casi siempre por emociones muy fuertes, tensión acumulada o sustos, y cada vez que notaba que me ponía un poco rígido o que cambiaba la respiración, Dante interrumpía lo que estuviera haciendo, fuera lo que fuera, y venía de inmediato a arrodillarse en el suelo frente a mí, pasaba sus palmas grandes y tibias por encima de la ropa muy despacio, guiándome para respirar lento y al mismo tiempo que él, hasta que todo volvía a estar suave y tranquilo otra vez por dentro. No me dejaba hacer absolutamente nada que implicara esfuerzo, ni agacharme, ni levantar peso, ni caminar de más, repitiéndome una y otra vez con la mayor calma del mundo que mi única labor en la vida en esos momentos era cuidarme a mí mismo y cuidar al pequeño, y que todo lo demás, el resto del mundo entero, pesaba sobre sus hombros y solo sobre los suyos.

Hacia el atardecer, cuando el sol ya estaba muy bajo y teñía todo el bosque de tonos naranjas, rojizos y morados muy profundos que se filtraban suavemente por las rendijas de la madera, él salió fuera solo durante un buen rato, y volvió con las manos llenas de ramas nuevas, cuerdas extra que guardábamos de reserva, piedras lisas y largas, y muchas más herramientas de las que había usado hasta entonces. Nos dijo ya dentro, secándose el polvo y las hojas secas de la ropa, que ya no bastaba con solo avisar si alguien se acercaba. A partir de esa tarde iría cerrando el cerco poco a poco, haría pasadizos que solo nosotros tres sabríamos recorrer, obstáculos que detendrían el avance sin lastimar de muerte pero sí lo suficiente para que entendieran que no eran bienvenidos, y caminos tan bien disfrazados que cualquiera que no supiera de memoria cada metro del terreno terminaría dando vueltas en círculos hasta el amanecer sin lograr acercarse siquiera a la puerta principal. Lucía asintió escuchándolo, y agregó muy seria que Victoria esperaba encontrarlo solo a la defensiva, esperando que nos quedáramos escondidos y quietos esperando a que pasara el tiempo, y que por eso mismo el hecho de que nosotros fuéramos moviéndonos, cambiando y reforzando todo sin que lo vieran ni lo supieran, sería la sorpresa más grande y la que más los descolocaría de todas.

Cuando por fin el sol se ocultó del todo detrás de la línea de cumbres lejanas y la noche azul oscura y profunda fue cayendo poco a poco sobre el valle, salió la luna creciente, delgada y plateada, y millones de estrellas se encendieron una a una muy por encima de la cima de la sierra. Allá arriba, en aquel punto exacto que ya nos sabíamos de memoria, puntual como un reloj de precisión mecánica, la luz blanca, fría, brillante e impasible encendió de golpe otra vez, tal como lo había hecho cada noche desde la primera vez que la vimos. Nos acercamos los tres muy juntos, sin Lucía que seguía descansando en la cama del fondo, al pequeño espacio libre que habíamos dejado sin cubrir del todo en la ventana más alta, y nos quedamos mirando hacia allá en silencio un buen rato. Antes, aquella luz nos helaba la sangre, nos paralizaba, nos recordaba sin cesar que nos tenían acorralados y vigilados las veinticuatro horas del día. Ahora, después de todo lo que habíamos escuchado, después de saber la fecha, el motivo, la cantidad de gente y hasta la forma en la que pensaban atacar, aquel resplandor lejano y helado ya no nos daba miedo como antes. Ahora solo era un punto luminoso allá en la oscuridad, una señal más de que el tiempo corría, de que la cuenta atrás había empezado oficialmente, y de que cada noche que se iba y cada amanecer que volvía era un día menos que faltaba para el enfrentamiento, y también un día más que habíamos ganado, un día más que habíamos estado juntos, sanos, a salvo y protegiéndonos los unos a los otros.

Dante me rodeó por completo con sus dos brazos fuertes y anchos por detrás, acomodándome con muchísimo cuidado para que todo el peso de mi cuerpo cansado y el del embarazo descansaran cómodos y totalmente seguros contra su pecho caliente y duro como una roca, y volvió a poner ambas palmas grandes y tibias una a cada lado de mi vientre redondo, justo en el momento preciso en que el pequeño se movió con mucha fuerza y claridad dentro de mí, como si también él supiera que estábamos hablando de él y de su lugar entre nosotros. Mia se acomodó bien pegada a mi costado izquierdo, metiendo ambas manitas frías dentro del borde bajo del abrigo de lana de Dante para calentárselas del aire fresco que entraba por las rendijas, y apoyó la mejilla suavemente contra mi brazo sin apartar la mirada ni un instante de aquel brillo inmóvil allá en lo alto.

—Doce noches —susurró Dante muy cerca de mi oído, con una calma de acero que no tembló en ningún momento, cargada de toda la fuerza de alfa que llevaba dentro—. Doce noches más y esa luz deja de ser lo que ellos quieren que sea. Doce noches para que todo lo que han planeado durante años se les caiga encima porque nunca entendieron lo más sencillo de todo: el poder nunca ha estado en la sangre, ni en las viejas historias, ni en lo alto de una montaña mirando hacia abajo. Está aquí. Dentro de estas cuatro paredes. En lo que somos los cuatro.

Muy lejos, mucho más allá de la última línea de seguridad que habíamos colocado, se oyó de nuevo el aullido largo, profundo y melancólico del lobo líder de la manada, subiendo despacio desde el fondo del valle hacia las laderas altas, como si también él estuviera contando las noches y marcando su propio territorio frente a los intrusos que se habían instalado sin permiso en la cima. La luz siguió brillando blanca, fría e inamovible hasta que los primeros tonos grises del alba volvieron a clarear el cielo por el este, y supimos con toda claridad que la etapa de solo esconderse y esperar había terminado para siempre. A partir de esa noche ya no solo resistíamos. A partir de esa noche nos preparábamos. Y cuando por fin llegara la noche que tenían marcada en el calendario allá arriba, se iban a encontrar con algo muy distinto a lo que habían estado observando durante tanto tiempo desde las alturas.

FIN DEL CAPÍTULO 22

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Teresa Castillo
creo que ya son muchos capítulos de lo mismo no avanza el tiempo siempre dicen que faltan 4 meses completos y se supone que llevan varios días ahí ojalá y avance luego
nezhan: Hola Teresa! Gracias de verdad por tomarte el tiempo de escribir esto, me ayuda mucho a mejorar ❤️
Tienes completamente la razón: en esa parte de la historia el tiempo se siente estancado, porque necesitaba cerrar todos los cabos y subir la tensión antes de que estalle todo.
Pero te adelanto que ya viene el cambio GRANDE: en muy pocos capítulos pasan de "faltan 4 meses" a la batalla final, el nacimiento de los tres bebés y un salto de tiempo de un año entero.
Sigue un poquito más, que lo mejor está por llegar! 😊
total 1 replies
Teresa Castillo
maldita vieja no merece perdón 😡😡
Teresa Castillo
maldita bruja porque no deja ser feliz. a su hijo que se quede con todo su dinero que es lo que más le importa 😡
Teresa Castillo
que alguien los ayude no merecen ese sufrimiento
Teresa Castillo
maldita vieja porque no los deja tranquilos 😡😡
Teresa Castillo
que esa vieja los deje tranquilos no merecen sufrir siempre huyendo
Teresa Castillo
😡😡😡
Teresa Castillo
vieja desgraciada merece quedar sola por idiota
Teresa Castillo
nooo😡😡😡
Teresa Castillo
me encanta historia Dante es un amor con su Omega merecen toda la felicidad del mundo 🥰🥰🥰
Teresa Castillo
lloré de emoción Dante es tan tierno 🥰🥰
Teresa Castillo
espero todo sea felicidad de aquí en adelante 👏🥰
Teresa Castillo
ay me encanta Dante es tan tierno con el chico👏👏👏
Teresa Castillo
que hermoso 🥰🥰
Teresa Castillo
🥰🥰🥰
Teresa Castillo
por fin el reencuentro 🥰🥰
Teresa Castillo
que lo encuentren luego y su vida pueda ser feliz 🥰🥰
Teresa Castillo
me encanta la historia 👏👏
Teresa Castillo
comenzando está historia espero sea buena 🥰
Oly-chan
Me gusta 💖
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