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Volví quince años después y mis hijos me odian

Volví quince años después y mis hijos me odian

Status: En proceso
Popularitas:270
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Isabel Montero abordó un avión y despertó horas después en la bañera de su propia casa. Para ella apenas había pasado un instante. Para el resto del mundo, llevaba quince años desaparecida.
Su esposo, Emiliano Salazar, envejeció buscándola y nunca dejó de creer que seguía viva. Pero sus hijos ya no son los niños que Isabel recuerda. Santiago se convirtió en un hombre frío y distante; Valentina se niega a aceptar que esa joven pueda ser su madre, y Sol esconde sus heridas detrás de la rebeldía y el humor.
Isabel regresó con el mismo rostro de hace quince años, a una familia rota y a una vida que otros intentaron ocupar. Ahora tendrá que recuperar el amor de sus hijos, descubrir quién manipuló a los Salazar durante su ausencia y enfrentar un secreto capaz de explicar por qué el tiempo se detuvo para ella.
Todos creen que Isabel volvió para reclamar su lugar.
Se equivocan.
Volvió para recuperar a su familia… y destruir a quien se la arrebató.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Cap 17 — Emiliano contraataca

Emiliano entró a su oficina a las seis de la mañana. En su escritorio había un expediente con el nombre de Jorge Medina en la portada.

Lo abrió. Pasó cada página despacio. Leyó los nombres, las fechas, las declaraciones de testigos que nadie había escuchado. Cerró el expediente.

Se quedó mirando la portada un minuto entero. Después levantó el teléfono y llamó a su asistente.

—Necesito tres cosas. La primera: que la universidad revise el expediente disciplinario de Jorge Medina. Tiene al menos seis incidentes documentados de acoso contra otros estudiantes. La segunda: que Medina Construcciones pierda el contrato de obra que tiene con nuestra subsidiaria en el norte. La tercera: que todo esto pase antes del viernes.

El asistente anotó todo en su libreta sin interrumpir. Cuando Emiliano terminó, levantó la vista.

—Señor, la constructora Medina tiene un contrato de veinte millones.

—Tenía.

—¿Señor?

—Tenía un contrato de veinte millones. Ya no. Cancélelo. Busque una cláusula de incumplimiento. Si no la encuentra, cree las condiciones para que incumplan. Tienen una semana.

—El departamento legal va a pedir justificación.

—La justificación soy yo. ¿Algo más?

El asistente salió de la oficina sin preguntar nada más. Llevaba ocho años trabajando para Emiliano Salazar. Sabía cuándo era momento de hacer preguntas y cuándo era momento de obedecer.

Emiliano giró la silla hacia la ventana. Ciudad Brisa se extendía abajo, iluminada por el sol de la mañana.

Alguien acosó a mi hijo en la universidad durante tres años. Tres años. Y yo no lo supe.

No me lo dijo. Porque no confía en mí lo suficiente para decírmelo.

Eso también es culpa mía. Pero lo que le hicieron a mi hijo, eso es culpa de ellos. Y esa cuenta la voy a cobrar.

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Santiago se enteró de lo que hizo su padre tres días después.

Estaba en la cafetería de la universidad cuando un compañero se sentó frente a él con cara de haber visto un fantasma.

—¿Te enteraste de Jorge Medina?

—¿Qué pasó?

—Lo expulsaron. El comité disciplinario lo llamó ayer a las nueve de la mañana. Sacaron un expediente con seis quejas formales que nadie había procesado. Seis. Todas de los últimos dos años. Le dieron tres horas para recoger sus cosas y salir del campus.

Santiago dejó el vaso de café en la mesa. Lo dejó despacio, como si tuviera miedo de que se rompiera.

—¿Tres horas?

—Tres horas. Lo escoltaron los de seguridad. Iba cargando una caja con sus cosas y la gente lo miraba desde las ventanas.

—¿Y sus amigos?

—Tres suspendidos. Dos con advertencia final. El club de fotografía de Simón Leiva fue disuelto por falta de miembros. Nadie quiere estar asociado con ellos. Simón cambió su perfil de Instagram a privado ayer en la noche.

Santiago no dijo nada.

—Pero eso no es lo peor —continuó el compañero—. La constructora del papá de Medina perdió un contrato enorme con una subsidiaria del Grupo Salazar. Dicen que el papá de Medina intentó llamar al Grupo Salazar para renegociar y nadie le contestó el teléfono. Ni una vez. En tres días.

El compañero siguió hablando. Nombres, detalles, rumores. Santiago dejó de escuchar después de un minuto. Miraba el café. Pensaba en su padre. En el hombre frío y distante que nunca le preguntaba cómo estaba, que nunca iba a sus eventos, que apenas hablaba en la cena. El hombre que firmaba cheques pero no abrazaba.

Ese mismo hombre acababa de destruir la vida académica y la empresa familiar de alguien que molestó a su hijo. En tres días. Sin levantar la voz. Sin que nadie supiera que fue él.

No sabe abrazarme. No sabe preguntarme qué siento. Pero cuando alguien me lastima, lo destroza sin dejar rastro.

¿Eso es amor? ¿O es otra cosa?

Santiago no lo sabía. Pero por primera vez, no se sintió solo.

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Esa misma semana, Emiliano tomó otra decisión.

Llamó a Santiago a su oficina en la Torre Salazar. Santiago fue. Se sentó frente al escritorio de su padre con la espalda recta y las manos sobre las rodillas.

—Te voy a transferir a la sucursal del noroeste —dijo Emiliano sin preámbulo—. Es una zona en crecimiento. Vas a aprender más ahí que en la oficina central.

Santiago lo miró.

—¿A cuántas horas está?

—Cinco en avión.

—¿Cuánto tiempo?

—Seis meses. Un año máximo.

Santiago apretó la mandíbula. Cinco horas en avión. Un año lejos. Lejos de la Casona. Lejos de sus hermanos. Lejos de Isabel.

—¿Es una orden?

—Es una oportunidad.

—Suena como una orden.

—Las órdenes no incluyen la opción de decir que no.

—¿Y si digo que no?

—Puedes decir que no. Pero es lo mejor para tu carrera. La zona noroeste tiene tres proyectos nuevos este año. Es el lugar donde más se aprende en este momento.

Santiago se quedó en silencio un momento. Miró la ventana detrás de su padre. Ciudad Brisa se veía pequeña desde el piso cuarenta y dos de la Torre Salazar. Pequeña y lejana, como si fuera el mundo de otra persona.

—¿Esto tiene que ver con Jorge Medina?

Emiliano no movió un músculo de la cara.

—¿Me estás alejando porque crees que estoy en peligro?

Emiliano siguió sin responder. Lo cual era una respuesta.

—No necesito que me protejas escondiéndome, papá. Necesito que me protejas estando presente.

Fue la primera vez que Santiago le dijo "papá" sin que sonara como un título formal. Fue suave. Casi accidental. Pero estaba ahí.

Emiliano parpadeó. Abrió la boca para responder. En ese momento, la puerta de la oficina se abrió.

Isabel entró sin tocar. Cerró la puerta detrás de ella con un golpe seco que hizo que los tres cuadros de la pared vibraran.

—¿Qué es eso de mandar a Santiago al noroeste?

Emiliano la miró. Luego miró a Santiago. Luego otra vez a Isabel. Su expresión pasó de sorpresa a resignación en menos de dos segundos.

—¿Quién te dijo?

—Santiago me llamó desde el elevador. Tiene buen instinto. Sabe cuándo necesita refuerzos.

—El elevador tarda cuarenta segundos en bajar desde este piso. ¿Te llamó en cuarenta segundos?

—Le bastaron diez.

Santiago, detrás de Isabel, no dijo nada. Pero tampoco desmintió.

—Isa, es una decisión de negocios.

—Es una decisión de miedo. Tienes miedo de que le pase algo a Santiago, entonces lo mandas lejos. Eso no es proteger, Emi. Eso es esconder.

—Allá va a estar más seguro.

—Allá va a estar solo. Y un hijo solo es un hijo vulnerable. ¿No aprendiste eso con Sol?

Emiliano se recostó en la silla. Miró el techo. Soltó el aire.

—¿Qué quieres que haga?

—Cancela el traslado. Santiago se queda en Ciudad Brisa. Trabaja aquí, en la oficina central, donde puedas verlo todos los días. Si alguien lo amenaza, lo enfrentamos juntos. Como familia.

—¿Y si no puedo protegerlo desde aquí?

—Entonces yo lo protejo. Para eso estoy. ¿O crees que me casé contigo para ir a cenas y firmar papeles?

Emiliano la miró un momento largo. Miró a Santiago, que seguía sentado con las manos sobre las rodillas, en silencio. Miró otra vez a Isabel. Y en la cara de Isabel vio lo mismo que Doña Gladys había visto semanas atrás: la expresión de una madre que no va a ceder.

—Está bien. Se queda.

Isabel se dio la vuelta para salir. En la puerta se detuvo.

—Y Emi, la próxima vez que tomes una decisión sobre nuestros hijos, me consultas primero. No después. No cuando ya firmaste. Primero.

—Hecho.

Isabel salió. Santiago la siguió. En el pasillo, los dos caminaron hacia el elevador.

—Gracias —dijo Santiago.

—No me agradezcas. Tu padre quiere protegerte. Solo no sabe cómo. Sabe destruir a los que te lastiman, pero no sabe quedarse sentado a tu lado y preguntarte cómo te sientes.

—¿Y usted sí sabe?

—Estoy aprendiendo. Igual que él. Igual que todos. La diferencia es que yo no me da vergüenza admitirlo.

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Esa tarde, Isabel llegó a la Casona y encontró a Valentina y Sol en la sala.

—¿Qué hacen?

—Nada —dijo Valentina.

—¿Nada productivo o nada literal?

—Nada literal. Sol está viendo el techo y yo estoy contando las manchas del techo.

—Van diecisiete —dijo Sol.

Isabel los miró. Sonrió.

—Necesito asistentes para mi estudio. Estoy trabajando en unos proyectos y necesito gente que me ayude a organizar documentos, preparar presentaciones y hacer investigación. Les voy a pagar. A los dos.

Valentina levantó la ceja.

—¿Pagarnos? —Valentina se sentó derecha—. ¿Con dinero de verdad?

—Con dinero de verdad. Transferencia a su cuenta. El mismo que gana cualquier asistente profesional.

—¿Y qué tenemos que hacer exactamente?

—Trabajar. Llegar a tiempo. Cumplir con lo que les pida. Y aprender.

Sol se sentó.

—¿Cuánto paga?

Isabel les dijo la cifra. No era mucho. Pero era suyo. Ganado, no regalado.

—Acepto —dijo Sol.

—Yo también —dijo Valentina—. Pero necesito horarios flexibles.

—Los horarios los ponemos juntos.

Valentina y Sol se miraron. Luego miraron a Isabel.

—¿Por qué nos ofreces esto a nosotros? —preguntó Valentina—. Podrías contratar a cualquiera.

—Podría. Pero quiero trabajar con ustedes. Quiero que sepan cómo funciona el mundo fuera de la Casona. Y quiero pasar tiempo con ustedes sin que parezca que los estoy obligando.

Valentina no respondió de inmediato. Pero su expresión cambió. Se suavizó. Solo un poco.

—Bien —dijo—. Empezamos mañana.

—Empezamos mañana.

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Esa noche, Emiliano llegó a la Casona y encontró a Isabel en el estudio con tres asistentes nuevos: un contador joven, un diseñador gráfico, y un estudiante de derecho. Los tres eran hombres. Los tres eran atractivos. Los tres miraban a Isabel con una mezcla de respeto profesional y admiración personal.

Emiliano se detuvo en la puerta del estudio. Miró al contador: alto, moreno, mandíbula marcada. Miró al diseñador: pelo largo, ojos claros, sonrisa fácil. Miró al estudiante de derecho: hombros anchos, corbata perfecta, postura de modelo. Los miró a los tres de nuevo, más despacio, como si estuviera memorizando sus caras para una lista negra.

—¿Quiénes son? —preguntó con una voz que podría haber cortado cristal.

—Mi equipo de trabajo —dijo Isabel sin levantar la vista de sus papeles.

—¿Todos son necesarios?

—Todos son excelentes en lo que hacen.

—¿No había candidatas mujeres?

Isabel lo miró. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, le cruzó la cara.

—Las hubo. Pero estos tres tenían mejores currículos.

Emiliano apretó la mandíbula. Miró a los tres asistentes otra vez. Los tres bajaron la mirada inmediatamente.

—Encantado —dijo Emiliano con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Bienvenidos al equipo de mi esposa.

Los tres asistentes se pusieron de pie al mismo tiempo.

—Mucho gusto, señor Salazar —dijo el contador.

—El gusto es mío —dijo Emiliano—. Si necesitan algo, díganme. Y si necesitan algo que involucre estar a solas con ella, díganmelo también. Para que yo esté presente.

Los tres asistentes tragaron saliva al mismo tiempo. El diseñador dio medio paso hacia atrás sin darse cuenta.

Isabel tapó su sonrisa con un documento.

Valentina, que pasaba por el pasillo, escuchó todo y le mandó un mensaje a Santiago.

"La señora acaba de contratar tres asistentes guapos. Papá está a punto de tener un infarto."

Santiago respondió en diez segundos.

"Bien."

Y debajo, un segundo mensaje:

"Dile que contrate un cuarto."

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