Tras diez años de un exilio forzado y cargado de humillaciones, Adrián regresa a la ciudad que lo destruyó. Poseedor de una fortuna misteriosa y una identidad nueva, su plan es quirúrgico: desmantelar las vidas de las cinco familias que lo traicionaron. Sin embargo, a medida que sus enemigos caen, descubre que la venganza tiene un costo colateral: su propia humanidad. El regreso de un viejo amor y un secreto del pasado lo obligarán a decidir si prefiere ver el mundo arder o encontrar la paz en las cenizas.
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CAPÍTULO 20: TORMENTA
El silencio en el piso noventa y dos de la torre Vantress era espeso, pesado como una losa de granito. A las tres de la mañana, la tormenta eléctrica que azotaba Altagracia estaba en su punto más alto; los relámpagos iluminaban a intervalos regulares el ventanal del penthouse, proyectando sombras alargadas sobre la oficina desordenada.
Adrián permanecía de pie frente al cristal. Llevaba una venda ceñida bajo la camisa negra para sostener las costillas fisuradas durante el choque en el arroyo seco, y un parche discreto le cubría el corte del párpado izquierdo. Aún olía vagamente al antiséptico de la clínica clandestina donde Mateo y él habían sido atendidos de urgencia horas atrás. El dolor físico, sin embargo, era solo un ruido sordo comparado con la marea oscura que se agitaba en su interior.
El crujido de la puerta de roble rompió la penumbra.
Samuel entró a la estancia. No llevaba la chaqueta del traje y tenía el nudo de la corbata deshecho. En la mano sostenía una carpeta de plástico transparente con la hoja de un informe forense de la policía nacional y un parte médico del hospital psiquiátrico de la provincia.
—Ocurrió hace cuarenta minutos, Adrián —dijo Samuel. Su voz, habitualmente neutral y afinada por el rigor legal, sonó vacilante, con un matiz de frialdad incómoda.
Adrián no se giró. Se limitó a apretar levemente los puños dentro de los bolsillos del pantalón.
—Habla —ordenó en un murmullo bajo.
—El Juez Mendoza colapsó en su residencia de las Lomas —informó Samuel, leyendo la hoja bajo la luz tenue de los monitores—. Tras la confesión pública obligada en el tribunal y la fuga de su hijo Santiago durante la madrugada, la presión cerebral y la paranoia lo quebraron por completo. Sufrió un derrame masivo seguido de un brote psicótico severo. Cuando los servicios de emergencia llegaron a la casa, lo encontraron en el despacho, destruyendo sus propios expedientes, gritando tu verdadero apellido a las paredes y exigiendo perdón a hombres que murieron hace diez años.
Samuel hizo una pausa, pasando la página del informe.
—Los médicos han declarado su incapacidad mental permanente. No reconoce a nadie, no habla con coherencia y ha sido ingresado en el pabellón de custodia psiquiátrica del penal de San Cayetano. El mismo lugar donde te envió a ti. Legalmente, el Juez Mendoza ya no existe.
Un relámpago iluminó la habitación con un destello azulado, seguido por un trueno seco que hizo vibrar los cristales.
Adrián se quedó inmóvil. El informe estaba sobre la mesa: la primera gran cabeza de la alianza de las tres familias había caído de forma definitiva. Mendoza, el hombre que aceptó el sobre de dinero para firmar su condena a los dieciocho años, el juez impune que observó cómo lo golpeaban en el suelo del club náutico, yacía ahora convertido en una sombra vacía, encerrado en las mismas paredes de piedra donde mandó a morir a un inocente.
Era el momento del triunfo. Era la culminación exacta de la primera fase de la cacería que había planificado durante diez años de exilio, frío y cicatrices.
Sin embargo, no hubo júbilo. No hubo la chispa caliente de la satisfacción ni la euforia que imaginó sentir mientras se desangraba en la celda número cuatro de San Cayetano.
En lugar de eso, una marea helada, una sensación de vacío aterrador se abrió en el centro de su pecho, un pozo negro que pareció tragarle el aire de los pulmones. Miró sus manos en el reflejo del cristal. Estaban limpias de sangre en ese momento, pero se sentían infinitamente más pesadas.
—¿Adrián? —preguntó Samuel desde la penumbra, dando un paso cauteloso hacia él—. La fiscalía ya está redactando la orden de detención contra Guillermo Castillo y Bernardo Valeriano basándose en los documentos que Mendoza dejó al descubierto antes de colapsar. La victoria del primer arco es total.
—No hay ninguna victoria, Samuel —dijo Adrián. Su voz no sonó firme; fue un susurro roto, desgastado, que se perdió en el murmullo de la lluvia.
Se giró despacio para mirar a su abogado. En los ojos oscuros de Adrián ya no brillaba la furia del vengador ni el cálculo frío del magnate; había la desolación desnuda de un hombre que descubre que el monstruo al que ha estado cazando ha sido reemplazado por la devastación que él mismo provocó.
—Pensé que al ver a Mendoza destruido, la cicatriz del costado dejaría de doler —continuó Adrián, tocándose el vendaje del pecho con dedos temblorosos—. Pensé que la sangre de mi padre dejaría de pesarme en la conciencia. Pero Mendoza está loco, Lucas está en la calle arruinado, la librería de Elena está marcada y el arroyo seco está lleno de cadáveres... Y nada de eso me devuelve un solo segundo de la vida que me robaron.
—Hiciste lo que tenías que hacer para sobrevivir —replicó Samuel, intentando sostener la fachada analítica que los había mantenido en pie.
—No —interrumpió Adrián, negando con la cabeza lentamente—. Creamos un monstruo, Samuel. Encendimos una hoguera creyendo que podíamos controlar el viento, y la tormenta ya no nos pertenece.
Adrián caminó hacia el escritorio, tomando el vaso de cristal que contenía las últimas gotas de whisky. La mano le temblaba levemente. Miró la tarjeta en blanco con la frase de la librería que Elena había dejado horas antes sobre la caoba.
El precio de la venganza no era la cárcel ni la muerte física. El verdadero precio era el vaciamiento paulatino de la propia alma hasta convertirse en un recipiente hueco donde solo habitaba el eco de la destrucción. Había destruido al juez, había quebrado a Lucas y estaba a punto de aplastar a los Castillo y a los Valeriano, pero al final del camino, el espejo solo le devolvería la imagen de un ejecutor que no tenía a dónde regresar cuando la matanza terminara.
Un nuevo trueno retumbó sobre el cielo de Altagracia.
La lluvia golpeaba el ventanal con una furia implacable, como si la naturaleza intentara lavar la podredumbre de una ciudad que se desmoronaba por sus cimientos.
Adrián apoyó ambas manos sobre el cristal frío de la ventana, mirando hacia el horizonte a oscuras donde las luces de las casas de los Castillo y los Valeriano parpadeaban en la distancia como velas a punto de apagarse.
—La primera etapa terminó —murmuró Adrián en la penumbra de la estancia, mientras la lluvia le reflejaba las gotas sobre el rostro—. Pero la tormenta verdadera apenas acaba de comenzar... Y ninguno de nosotros va a salir limpio de esta noche.