Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 1. Arrepentimiento.
La noche es gélida. La luz pálida de la luna llena se desliza por una ventana diminuta, apenas suficiente para revelar el suelo frío y húmedo de la celda. Allí yace Isabella, llena de heridas, con el cuerpo destrozado y el aliento quebrado. Al levantar la mirada, sus ojos se llenan de desolación al reconocer las cuatro siluetas que la observan desde las sombras.
Son sus esposos. Los hombres a los que ella misma convirtió en cenizas con sus palabras, su desprecio y su crueldad.
—¿Todavía respira? —preguntó el primero, con una voz carente de todo rastro de la ternura que algún día le tuvo—. Es increíble lo que aguanta.
Uno de ellos se agachó frente a ella, y sus ojos ya no reflejaban nada más que amargura.
—Isabella —la llamó con frialdad—. Todo esto… tú misma te lo buscaste —rugió con rabia contenida.
Entonces se acercó uno con la voz más grave, la que alguna vez le habló con dulzura infinita:
—Solías tener toda la razón, Isabella —susurró con amargura—. ¡La basura debe estar en su lugar! En el suelo… ¿no era eso lo que nos repetías cada vez que nos mirabas con asco?
El cuarto dio un paso adelante, y aunque sus palabras eran un juicio implacable, sus ojos se llenaron de lágrimas que no podía contener.
—Ya lo ves —dijo con voz quebrada—. Nos enseñaste muy bien cómo tratar a lo que no vale nada. Ahora… dime, ¿te arrepientes? ¿Por fin entiendes el daño que nos hiciste?
Isabella intentó hablar, pero ni un solo sonido pudo salir de sus labios agrietados. Solo pudo ver cómo esos cuatro hombres, a los que tanto amó y a los que tanto hirió, daban la espalda y se alejaban, dejándola sumida en la oscuridad más absoluta.
—Sé que me equivoqué… —susurró al fin, con una voz tan débil que se perdió entre el frío del aire—. Me arrepiento… me arrepiento con toda mi alma… Perdón… por favor… perdónenme…
Su mano cayó sin fuerza. El último suspiro se escapó de su pecho, y la luna fue testigo de que su arrepentimiento llegó demasiado tarde.
El silencio helado de la celda se rompió de golpe. Isabella abrió los ojos de golpe, jadeando con fuerza, como si el aire le faltara. No había frío que calara los huesos, ni humedad, ni sombras llenas de rencor.
Estaba en su habitación. La luz del sol entraba cálida por las ventanas, iluminando los muebles de madera oscura y las cortinas de seda. Su cuerpo no tenía heridas, su respiración era tranquila… y su corazón latía desbocado por la sorpresa y el miedo.
Llevó una mano al pecho, temblando. ¿Había sido una pesadilla? Pero el dolor, sus palabras, la forma en que la miraron… todo se sentía demasiado real.
Se levantó de un salto y corrió hacia el espejo. Allí estaba: su rostro intacto, su mirada aún firme, pero ahora llena de espanto. En la mesita de noche, el calendario marcaba la fecha: un año antes.
Un año atrás. Justo antes de que empezara a romper todo lo que la unía a ellos. Antes de que sus palabras se convirtieran en cuchillas. Antes de que el amor se volviera odio y ellos se convirtieran en lo que más temía.
—Volví… —susurró, y las lágrimas brotaron sin aviso—. Me dieron otra oportunidad.
En ese momento, la puerta se abrió despacio.
Entró el primero: cabello oscuro, mirada seria pero suave, llevando una taza de té entre las manos. Al verla de pie y con los ojos llenos de lágrimas, se detuvo confundido.
—¿Isabella? ¿Te sientes mal? —preguntó con esa voz que ella recordaba llena de ternura, antes de que la amargura la llenara—. Te vi dormir muy inquieta.
Ella dio un paso hacia él, con el corazón a punto de estallar, y tuvo que morderse los labios para no llorar más. "No digas nada cruel," se ordenó con todas sus fuerzas. "No lo arruines otra vez".
—Estoy bien —alcanzó a decir, con la voz temblorosa—. Solo… tuve un mal sueño. Gracias por traerme esto.
Él arqueó una ceja, extrañado por su tono suave, pero asintió y dejó la taza con cuidado. Antes de irse, se detuvo un instante:
—Si necesitas algo, solo llámame. Estoy aquí.
Isabella apretó los puños. Esa misma frase la había escuchado mil veces… hasta que dejó de importarle.
Poco después fueron llegando los demás, uno tras otro. Ninguno le sonreía ya. El que antes siempre la recibía con alegría, ahora mantenía la mirada baja y los puños cerrados. El que la defendía de todo y de todos, ahora la miraba con frialdad, como si fuera una extraña a la que despreciaba. El que siempre la calmaba con suavidad, ahora ni siquiera se dignaba a dirigirle la palabra. Todos allí, unidos por un rencor que ella misma había sembrado, odiándola con toda su fuerza, sin saber que ella venía del futuro para intentar detener todo ese dolor.
Ella se quedó mirándolos, con el alma destrozada. Sabía que ya no había rastro de aquel amor que ella pisoteó tantas veces; lo único que quedaba a su paso era odio profundo, silencios hirientes y una distancia que ella misma había construido con sus propias manos. Sabía que no sería fácil, porque ahora no tenía nada: ni su cariño, ni su confianza, ni siquiera su respeto. Y sabía que si no lograba cambiar, ese odio terminaría destruyéndola a ella… y a ellos también.
Pero ahora conocía el final. Ahora sabía qué palabras dolían más, qué gestos rompían corazones, qué silencios mataban. Y conocía muy bien lo que ellos querían.
—No volveré a cometer los mismos errores —prometió en voz baja, mientras ellos hablaban entre sí sin sospechar nada—. Les demostraré que puedo ser diferente. Aunque me cueste la vida… recuperararé su confianza. Ganarme su amor, de verdad.
《Y en ese instante, supo que su verdadera batalla apenas comenzaba: no contra ellos, sino contra la mujer cruel que había sido.》