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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El funeral, el duelo y a seguir adelante Cap 22

El funeral fue un martes nublado. El cielo parecía entender que no merecíamos sol ese día. La iglesia del barrio era pequeña, de paredes blancas descascaradas, con bancos de madera que crujían al sentarse. Llegamos temprano, mi madre y yo, vestidas de negro. Ella con un vestido que había guardado desde el funeral de su abuela. Yo con una pollera prestada de Lucía.

No había mucha gente. La tía Elena no vino. Tampoco llamó. Mi madre no dijo nada, pero vi cómo sus manos apretaban el pañuelo hasta hacer nudillos blancos. Don Rafael estaba en la última fila, con su mejor camisa, la que usaba los domingos. La señora de la farmacia trajo flores de su jardín. Doña Nelly llegó con una torta de vainilla, como si fuera un cumpleaños. Nadie se la comió, pero el gesto nos abrazó el alma.

Lucía se sentó a mi lado. No habló. No hizo falta.

El cura habló de la vida eterna, del descanso, de un lugar mejor. Yo no escuchaba. Miraba el cajón de madera sencilla, el que habíamos pagado entre todas —mi madre, yo, don Rafael, la señora de la farmacia— porque la tía Elena no puso un peso. En ese cajón estaba mi abuela. La mujer que me enseñó a amasar. La que me dio el último beso. La que dijo "gracias por cuidarme".

Cuando bajaron el cajón, mi madre rompió en llanto. Un llanto gutural, de esos que salen del fondo del vientre. La abracé. No sabía si la abrazaba para consolarla o para no caerme yo también.

—Ya no está, hija —dijo, entre hipos—. Ya no está.

—Pero nosotras estamos, mamá. Y vamos a seguir.

No sabía si lo decía por ella o por mí.

Los días siguientes fueron extraños. La casa se sentía más grande sin mi abuela. También más vacía. Su cama seguía ahí, con las sábanas recién lavadas, pero ella no volvería a ocuparla. Mi madre no quería que la desarmara.

—Déjala un tiempo —pidió—. Como si estuviera durmiendo.

Yo entendía. El duelo es así: uno no quiere mover nada por miedo a que el olvido llegue más rápido.

Pero el mundo no se detiene. Y la universidad tampoco.

A la semana del funeral, volví a clase. Mis compañeros me miraron con esa mezcla de curiosidad y lástima que tanto odio. Valentina, la de la mochila cara, ni me miró. Mejor.

Lucía me guardó el asiento de siempre.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—De pie —respondí.

—¿Necesitas algo?

—Que no me pregunten si necesito algo.

Lo entendió. No volvió a preguntar.

El profesor Ricardo me pidió que me quedara después de clase.

—Señorita Ramírez, supe lo de su abuela. Lo siento mucho.

—Gracias, profesor.

—Si necesita más tiempo para los trabajos, puedo…

—No —lo corté—. No quiero tiempo extra. Quiero normalidad.

Me miró con esos ojos de lentes gruesos. Asintió.

—Entonces normalidad. Pero si cambia de opinión, mi puerta está abierta.

Esa noche, en casa, intenté estudiar. Me senté frente a la computadora. El ventilador rugía. La pantalla de pasto verde me miraba. Abrí los apuntes. Leí el mismo párrafo cinco veces sin entender nada. Mi cabeza estaba en otra parte. En el beso. En el "gracias por cuidarme". En el cajón bajando.

Apoyé la cabeza en el teclado. Mis dedos encontraron las letras. Y sin pensar, empecé a escribir.

No era un trabajo de la facultad. Era una carta para mi abuela. La segunda que le escribía. Le conté que la universidad seguía, que las tortas se seguían vendiendo, que mi madre amasaba todas las noches aunque a veces se quedara mirando el horno sin verlo. Le dije que la extrañaba. Que la casa estaba más quieta. Que el ventilador de la computadora ya no la molestaba porque ella ya no estaba para quejarse.

Le dije gracias. Por la receta. Por los cuentos. Por el último beso.

Guardé la carta en el cajón, junto con la otra y la tarjeta de mi padre. Cerré los ojos. Respiré hondo. Volví a abrir los apuntes.

Esta vez leí bien. Entendí. Escribí un resumen. Terminé a las dos de la madrugada.

El duelo no se fue de golpe. Se fue a pedazos. Algunos días me levantaba bien, iba a clase, vendía tortas, picaba verduras (seguía en ese trabajo, aunque me consumía). Otros días no podía salir de la cama. Mi madre me encontraba ahí, con los ojos abiertos mirando el techo, como mi abuela en sus últimos días.

—Hija, tienes que levantarte —decía.

—No puedo, mamá.

—Sí puedes. Ya lo hiciste antes. Hazlo otra vez.

Y me levantaba. Por ella. Por mi abuela. Por la beca. Por la computadora ruidosa. Por todo lo que había construido.

Un mes después del funeral, tuve un examen importante. Literatura del Siglo de Oro. Quevedo, Góngora, Lope. Estudié como una posesada. Me encerré en mi habitación con la computadora, lejos de todo, con el módem USB conectado y los apuntes desparramados por la cama.

Lucía me mandaba mensajes de ánimo. Mi madre me dejaba té en la puerta sin hacer ruido. Don Rafael, que ya era parte de la familia, me preguntaba cada noche: "¿Cómo va la máquina?". Le decía que bien, aunque a veces la pantalla parpadeara.

El día del examen, llegué temprano. Me senté en mi lugar. El profesor repartió las hojas. Leí las preguntas. Y empecé a escribir.

Escribí sobre la soledad en los sonetos de Quevedo. Sobre la muerte como sombra constante. Sobre cómo esos poetas del siglo de oro también habían perdido seres queridos, también habían llorado en la oscuridad, también habían seguido escribiendo.

Cuando entregué, sentí algo que no sentía desde antes de que mi abuela enfermara: paz.

Una semana después, la nota: 9.2.

Llegué a casa corriendo. Mi madre estaba amasando.

—¡Mamá, me saqué un 9.2!

Dejó la masa. Se secó las manos. Me abrazó. Y por un segundo, solo un segundo, no pensé en mi abuela. Pensé en el futuro.

—Lo lograste, hija —dijo mi madre—. Otra vez.

—Sí —respondí, con la voz quebrada—. Otra vez.

Esa noche, antes de dormir, abrí el cajón donde guardaba las cartas. Leí la última que le había escrito a mi abuela. Al final decía: "Voy a recibirme por ti también. Porque sé que desde donde estés, vas a estar orgullosa."

Cerré el cajón. Apagué la luz. El ventilador de la computadora rugía en el comedor. Y supe que, aunque doliera, iba a seguir.

Por ella. Por mi madre. Por mí.

 

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