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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Capítulo 18 — Prohibido

Los ojos de Sebastián se oscurecieron como si alguien hubiera apagado una luz detrás de ellos.

Valentina esperó.

Un segundo.

Dos.

Él dejó la taza sobre el plato sin hacer ruido.

—Navarro no.

No preguntó detalles. No pidió la propuesta. No dijo "revisemos". Solo eso: no.

Valentina sintió que todo el cansancio del día se le convertía en filo.

—Buenas noches a usted también.

—No aceptes nada de Emilio Navarro.

—Todavía no hay nada que aceptar.

—Cuando lo haya, tampoco.

Ella dejó el bolso en la silla con más fuerza de la necesaria.

—¿Va a explicarme por qué?

—No.

La honestidad brutal le pegó peor que una mentira.

—¿No?

—No esta noche.

—Entonces no esta noche tampoco puede decidir por Lumina.

Sebastián levantó la mirada.

—No es una decisión de Lumina.

—Claro que lo es. Si un grupo quiere invertir, si puede abrir activos energéticos y si Terranova sigue lento, es una decisión de Lumina.

—Es una trampa.

—¿Porque lo dice usted?

—Porque conozco a los Navarro.

—Yo también empiezo a conocer familias ricas con pésimos hábitos y, aun así, aquí estoy sentada.

El golpe encontró blanco. Lo vio en la forma en que Sebastián cerró la mandíbula.

—Emilio no se acerca a empresas por curiosidad.

—Nadie en ese mundo lo hace.

—Él menos.

—Entonces dígame qué quiere.

Sebastián no respondió.

—¿Qué le hicieron los Navarro? —preguntó Valentina.

La pregunta cayó con demasiada precisión.

Sebastián apartó la mirada hacia la ventana. En el vidrio oscuro, Valentina vio el reflejo de su perfil: inmóvil, cerrado, con una tensión que no era solo enojo.

—No es una historia que necesites para decidir.

—No decida lo que necesito.

—No voy a usar muertos para convencerte.

Valentina se quedó quieta.

Muertos.

La palabra abrió otra habitación en la discusión. No sabía quién estaba dentro, pero sintió el cambio de aire.

—Entonces hay alguien muerto.

Sebastián volvió a mirarla.

—Hay muchas cosas que no sabes.

—Porque usted las guarda como si el silencio fuera una virtud.

—Porque a veces hablar no salva a nadie.

—Y a veces callar destruye.

El golpe lo alcanzó. Esta vez no lo escondió del todo. Valentina vio algo pasar por sus ojos, una sombra con nombre de mujer, quizá, o de culpa. No pudo atraparla.

Valentina soltó una risa seca.

—Muy conveniente.

—Valentina.

—No. Ya no. Si no puedo aceptar a Arriaga sin su garantía, si Terranova necesita más tiempo, si Navarro no porque usted lo prohíbe, entonces dígame algo claro: ¿de quién puedo aceptar dinero?

El comedor pequeño quedó en silencio.

Doña Esperanza no estaba. Braulio no estaba. No había nadie que suavizara la escena con platos o puertas.

Sebastián habló más bajo.

—De alguien que no vaya a destruirte para llegar a mí.

La frase la detuvo un segundo.

Luego el enojo regresó con más fuerza.

—Otra vez usted en el centro.

—En esto, sí.

—Lumina es mi empresa.

—Y por eso te digo que no la pongas en manos de Emilio.

—No me lo está diciendo. Me está ordenando.

—Si eso hace que no firmes, tómalo como quieras.

Valentina se puso de pie.

—No soy una empleada del Grupo Montero.

—Lo sé.

—No soy una niña a la que puede esconder cada vez que aparece un apellido que no le gusta.

—También lo sé.

—Entonces actúe como si lo supiera.

Sebastián no se movió.

La inmovilidad de él era una pared. Valentina odiaba chocar contra ella y odiaba aún más recordar que, a veces, esa pared había impedido que algo la golpeara.

—Buenas noches.

—Valentina, no contactes a Emilio.

Se detuvo en la puerta.

—No me dé órdenes que no piensa explicar.

Salió y cerró con fuerza suficiente para que el marco vibrara.

No azotó la puerta de su habitación. Quiso hacerlo. En cambio, dejó el bolso sobre la cama, sacó la tarjeta de Emilio Navarro y la miró bajo la luz de la lámpara.

Un nombre, un correo, una salida posible.

Y la voz de Sebastián diciendo: "Navarro no."

Valentina guardó la tarjeta en el cajón del escritorio. No la tiró.

Esa fue su forma de seguir enojada.

Abajo, Sebastián permaneció en el comedor hasta que el té se enfrió.

Luego fue al despacho.

No encendió la luz principal. Se quedó con la lámpara del escritorio, la silla de ruedas junto a la mesa y el bastón apoyado contra el cajón. Abrió una carpeta que no leyó.

Navarro.

El apellido no era un nombre de negocios. Era una puerta cerrada en una casa antigua. Era una llamada recibida a los quince años, una voz diciendo que Mariana Torres no podía recibir visitas. Era su madre mirando por una ventana de una hacienda lejos de todo, con los ojos demasiado quietos.

Don Fernando Navarro había estado allí.

No como asesino. No de una forma que un juez pudiera entender. Peor: como socio, como testigo, como uno de los hombres que sabían que Alejandro Montero estaba encerrando a Mariana y decidieron que el silencio convenía más que el escándalo.

Sebastián cerró la carpeta.

Emilio era hijo de ese mundo.

Podía sonreír, hablar de inversión y dejar tarjetas limpias sobre carpetas ajenas. Pero el apellido traía una historia de puertas cerradas. Sebastián no iba a dejar que Valentina entrara por una de ellas.

Aunque ella lo odiara por eso.

A medianoche, Rodrigo llegó sin anunciarse por el frente. Braulio lo dejó pasar directo al despacho.

—Tenemos algo —dijo Rodrigo.

Sebastián levantó la vista.

—Emilio.

No fue pregunta.

Rodrigo dejó una tablet sobre el escritorio. En la pantalla había una lista de empresas: proveedores pequeños, startups industriales, firmas familiares. Algunas habían trabajado con Montero. Otras habían recibido contratos por recomendación del Consejo. Todas tenían algo en común: eran pequeñas, vulnerables y útiles.

—En las últimas seis semanas, gente de Navarro se acercó a siete empresas con relación indirecta a Grupo Montero —dijo Rodrigo—. Ofrecen inversión, compra de deuda o contratos de distribución.

Tocó tres nombres en la pantalla.

—Una proveedora de sensores de Querétaro, una firma de logística que trabaja con Ríos y una startup de mantenimiento predictivo que el Consejo rechazó el año pasado. No llegaron con amenazas. Llegaron con soluciones demasiado oportunas: "te compro la deuda", "te presento clientes", "te saco del problema antes de que Montero se entere".

Sebastián leyó los correos. Todos eran correctos. Amables. Impecables.

Eso los hacía peores.

—¿Quién firma?

—Apoderados distintos. Ninguno usa apellido Navarro. Pero los dominios, las notarías y dos fondos puente terminan en la misma estructura.

Sebastián tomó la tablet.

—¿Lumina es la octava?

—Parece.

Rodrigo deslizó otra imagen. Un correo reenviado. Una invitación. Un mapa de relaciones.

—Y hay algo más —añadió—. Esta tarde, después de la cena, uno de esos fondos pidió una reunión con Altamar. No con Lumina. Con Altamar. Ofrecieron comprar la deuda vencida antes del viernes.

Sebastián apretó la mandíbula.

—¿Usaron el nombre de Valentina?

—No. Usaron el problema de Valentina. Es peor. Si Altamar acepta, Navarro no necesita firmarle nada a ella. Solo necesita convertirse en su acreedor.

El silencio pesó sobre la madera del escritorio.

Sebastián volvió a mirar el piso superior, aunque desde ahí no se veía la escalera.

—Parece que está buscando una grieta.

Sebastián miró la lista.

En alguna parte de la casa, arriba, Valentina seguía despierta con una tarjeta de Emilio Navarro en un cajón.

—Entonces no le vamos a dar una —dijo.

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