Valentina Serrano creció creyendo que su familia era la de los Córdova — un hogar lleno de amor, risas y abrazos. A los veintidós años descubre que fue abandonada al nacer por los Serrano, una de las familias más poderosas de Puerto Almería, que la enviaron lejos para criar a otra niña en su lugar.
Obligada a regresar a la ciudad que la rechazó, Valentina se encuentra con una madre que no la reconoce, un padre que solo ve peones, y una "hermana" que la odia con cada fibra de su ser. Lo único que le pertenece es un cuarto diminuto, húmedo y oscuro al final de un pasillo.
Pero Valentina no es una víctima. Es una genio de la tecnología, una mente brillante que no necesita el apellido de nadie para brillar. Lo que no esperaba era cruzarse con Sebastián Montero.
Sebastián es el CEO del Grupo Cenit, el hombre más poderoso — y más frío — de Puerto Almería. Nadie se atreve a mirarlo a los ojos. Nadie, excepto ella.
Lo que Valentina no sabe es que Sebastián lleva cuatro años obsesionado con ella. La vio una vez, sola, con un pastelito en la mano mientras todos celebraban a otra persona, y desde entonces no ha podido sacarla de su cabeza.
Ahora que el destino los volvió a unir, Sebastián hará lo que sea para protegerla: reservar todos los locales de la ciudad para arruinar a sus enemigos, orquestar la caída de dinastías enteras, cocinarle la cena cada noche con un delantal rosa — y pelear con su propio perro por un lugar en la cama.
Porque Sebastián Montero, el hombre que hace temblar imperios con una mirada, se convierte en un desastre celoso y adorable cuando se trata de ella.
Pero los enemigos de Valentina no se rendirán fácilmente. Entre conspiraciones familiares, traiciones mortales y secretos que podrían destruirlo todo, Valentina y Sebastián tendrán que luchar juntos — no solo por su amor, sino por sus vidas.
Una historia de amor, venganza y redención donde el CEO más temido del país descubre que la única persona capaz de derretir su corazón de hielo es la mujer que no necesita que nadie la salve.
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Capítulo 24
Capítulo 24: 09:42
Camila miró la hora programada y no corrigió nada.
El viernes amaneció con cielo claro y una humedad pegajosa que hacía que Puerto Almería oliera a sal, gasolina y pan recién abierto en las cafeterías.
Valentina llegó al coworking a las siete. Andrea ya estaba revisando la carpeta de evidencia. Renata apareció cinco minutos después con el cabello perfectamente recogido y una expresión de mujer lista para demandar a medio mundo antes del desayuno.
—Hoy nadie improvisa —dijo Renata, dejando tres cafés sobre la mesa—. Ni respiramos sin estrategia.
Andrea levantó una hoja.
—Agenda: ocho, revisión de demo. Ocho cuarenta, traslado a Bahía Norte. Nueve quince, llegada. Nueve cuarenta, monitoreo intensivo. Diez, demo.
—¿Y si a las nueve cuarenta y dos sale el audio? —preguntó Valentina.
Andrea no parpadeó.
—Ya tenemos respuesta, evidencia y laboratorio. No contestamos desde el pasillo. Entramos a la reunión.
Renata señaló a Andrea con el café.
—Me encanta cuando habla como manual de supervivencia.
Valentina conectó la laptop a la pantalla y abrió el tablero. Había dormido tres horas. No lo decía su cara, que estaba serena, sino la manera en que sostenía el mouse como si fuera una piedra.
A las ocho treinta, Sebastián escribió.
`Estoy disponible.`
No preguntó si tenía miedo. No dijo que podía detenerlo. Solo puso su presencia en la mesa.
Valentina respondió:
`Si se filtra, necesito monitoreo de origen y conservación de evidencia. Nada público sin avisarme.`
`Entendido.`
Un segundo después:
`Respira.`
Valentina miró esa palabra más tiempo del necesario.
`Estoy respirando.`
`No como si estuvieras negociando con el aire.`
La risa le salió por la nariz. Renata se asomó por encima de su hombro.
—¿Contacto técnico con mandíbula?
—Renata.
—Eso fue un sí.
A las nueve quince, las tres entraron al edificio del Consorcio Portuario Bahía Norte. No era lujoso como Grupo Cenit, pero tenía otra clase de poder: mapas de rutas marítimas en las paredes, pantallas con indicadores de carga y personas que caminaban con credenciales colgadas, hablando de contenedores como si fueran latidos.
El asistente que las recibió fue amable, aunque miró a Valentina un segundo más de lo necesario.
—La sala estará lista en unos minutos. La directora Molina se incorpora a las diez.
Valentina asintió.
—Gracias.
En la sala de espera, Andrea colocó la laptop sobre sus piernas y abrió el monitoreo. Renata se sentó junto a Valentina, muy recta.
—Mírame —dijo en voz baja.
Valentina obedeció.
—Si sale, no corremos. No explicamos en recepción. No pedimos disculpas por existir. Entramos y hablamos como empresa.
Valentina tragó saliva.
—Como empresa.
A las nueve cuarenta y uno, el pasillo seguía normal.
A las nueve cuarenta y dos, el celular de Andrea vibró primero.
Luego el de Renata.
Luego el de Valentina.
El perfil `Puerto Almería Real` publicó:
`AUDIO EXCLUSIVO: fundadora de Aura Tech admite que usó a Sebastián Montero para conseguir contrato. ¿Talento o cama ejecutiva?`
Debajo, el archivo de cinco segundos.
En menos de un minuto, la publicación empezó a multiplicarse.
Una cuenta la copió con emojis de alarma. Otra puso una encuesta: `¿Crees que Aura Tech ganó por mérito?` En un grupo de empresarios, alguien escribió que "por eso las niñas de apellido pesado entran tan rápido a tecnología". En otro, un usuario que nadie conocía etiquetó a Bahía Norte.
En la residencia Serrano, Isabel reprodujo el audio desde su celular con la mano temblorosa.
Ricardo le arrebató el teléfono antes de que terminara.
—¿Quién subió esto?
Camila, sentada frente a un plato de fruta intacto, abrió los ojos como si acabara de enterarse.
—No sé. Pero... si es falso, Valentina debería aclararlo rápido, ¿no? Por el bien de la familia.
Mateo, de pie junto a la puerta, la miró.
—No digas familia cuando quieres decir tú.
Camila dejó el tenedor sobre el plato.
—Qué fácil es defenderla ahora que todos la miran.
Mateo sacó el celular y escribió a Valentina:
`Ya lo vi. Camila actúa demasiado tranquila. Estoy atento.`
El mensaje llegó al teléfono de Valentina en la sala de espera de Bahía Norte, pero ella no lo abrió. No podía permitir que la casa Serrano entrara con ella a esa junta.
Renata soltó una palabra que no llegó a decir completa porque Andrea le tocó el brazo.
—Captura. Enlace. Hora. No insultes desde la cuenta oficial.
—No iba a insultar.
Andrea la miró.
—Sí ibas.
Renata apretó los labios y guardó el teléfono.
Valentina no abrió el audio. No necesitaba escucharlo otra vez. Lo que la golpeó fue el texto: la vulgaridad calculada, el intento de arrastrar su trabajo a una cama que no existía.
En la recepción, dos empleados miraron sus celulares y luego la miraron a ella.
El cuerpo de Valentina quiso hacerse pequeño.
No lo permitió.
Enderezó la espalda, ajustó la carpeta y abrió el correo del laboratorio. La doctora Salvatierra ya había respondido:
`Archivo filtrado coincide con muestra recibida. Se conserva evidencia. En análisis preliminar hay cortes y ensamblaje artificial. Dictamen en curso.`
Valentina reenvió el correo a Andrea y Renata.
—Renata, comunicado breve preparado. No lo publiques todavía. Andrea, envía a la directora Molina el correo legal con cadena de custodia y ofrece verlo al inicio si lo considera necesario.
Andrea ya estaba escribiendo.
—Hecho.
El celular vibró de nuevo.
`Sebastián: Ya lo tengo. Diego está trazando primeras cuentas. ¿Intervengo?`
Valentina miró hacia la puerta cerrada de la sala de juntas.
`No públicamente. Si Bahía Norte pregunta, responderé yo.`
La respuesta llegó con una rapidez que le apretó el pecho.
`Estoy detrás de ti, no delante.`
Valentina cerró los dedos alrededor del teléfono una sola vez y lo guardó.
A las nueve cincuenta, el asistente volvió. Su sonrisa profesional tenía una grieta.
—Señorita Serrano, la directora Molina las recibirá ahora.
Renata se inclinó hacia ella.
—Cabeza arriba.
Andrea tomó la laptop y la carpeta de evidencia.
—Entramos.
La sala de juntas tenía una mesa larga, un ventanal hacia el puerto y cinco personas esperando. Al centro estaba Elena Molina, directora de evaluación operativa de Bahía Norte, una mujer de unos cincuenta años con cabello cano corto y mirada de quien no perdía tiempo en gestos inútiles.
Sobre la mesa, su celular mostraba la publicación abierta.
Valentina no esperó a que alguien la invitara a hundirse.
—Buenos días. Soy Valentina Serrano, fundadora de Aura Tech. Ellas son Andrea Soto y Renata Ibarra.
Andrea dejó sobre la mesa una carpeta marcada como `Cadena de custodia` y mantuvo la laptop cerrada. Renata no sacó el celular, aunque la pantalla le vibraba dentro de la bolsa con una insistencia furiosa. Esa contención, en Renata, era casi un sacrificio.
Uno de los asistentes de Bahía Norte miró la carpeta.
—¿Venían preparadas para esto?
Valentina sostuvo la pregunta sin apartar los ojos.
—Veníamos preparadas para presentar tecnología. También para no permitir que una falsificación marque la agenda sin revisión.
Elena Molina no estrechó la mano de inmediato.
—Señorita Serrano, antes de hablar de la demo necesitamos abordar esto.
Giró el celular. El audio falso estaba detenido en pantalla.
Uno de los ejecutivos, un hombre de traje gris, cruzó los brazos.
—¿Es su voz?
La pregunta cayó como una piedra en la mesa.
Valentina miró el teléfono, luego a los ojos de Elena Molina.
—Sí —dijo—. Y no dije eso.