Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 21: Definitivamente estoy loca
La puerta se abrió unos minutos después.
El primero en entrar fue el viejo.
Entró tan deprisa que, por un segundo, pensé que esperaba encontrar el edificio en llamas.
Se quedó inmóvil apenas cruzó el umbral.
Luego giró la cabeza hacia uno de sus aduladores y que estaba junto de él y le murmuró algo que no alcancé a entender y aquel hombre salió corriendo.
La puerta de cristal quedó abierta unos segundos, hasta que el director fue a cerrarla de un golpe.
Respiró hondo.
—¿¡Qué demonios pasó aquí!?
Tuve que morderme el labio para no soltar una carcajada.
Pff...
A veces el viejo me sorprendía, y nunca para bien.
Lo más gracioso era que aquella sala tenía paredes de cristal por casi todos lados.
Desde el pasillo podía verse absolutamente todo. Las hojas esparcidas por el suelo, sillas volcadas,una taza hecha añicos y los mechones de cabello rubio sobre la alfombra. Sin mencionar a Alejandrina intentando recomponerse después de la santa madriza que se había ganado.
Y aun así...
Había cerrado la puerta como si eso fuera a ocultar algo.
Qué genio...
Lo único que tenía paredes normales era donde se proyectaban las presentaciones y la pequeña mesa con café, galletas y postres.
Todo lo demás...
Era prácticamente un escaparate.
Si alguien hubiera pasado por el pasillo cinco minutos antes, habría visto el mejor espectáculo del mes completamente gratis.
Volví a contener la risa.
Pff...
Nadie respondió.
Ni yo.
El silencio era tan incómodo que hasta el aire acondicionado parecía hacer más ruido.
El director giró lentamente la cabeza hacia mí.
En cuanto nuestras miradas se cruzaron, vi cómo una vena comenzaba a marcarse en su frente.
Luego otra.
Ay...
Ya empezó.
—¡¡Noooox!!
Sonrió... bueno, técnicamente no era una sonrisa.
Más bien esa expresión que pone la gente justo antes de darle un infarto.
Me señaló con un dedo tembloroso.
—¡Tú eres la responsable de todo esto!
Abrí los ojos con exagerada inocencia.
Después me señalé el pecho.
—¿Yo?
Puse mi mejor cara de víctima.
—Pero si yo soy la agredida.
Le enseñé la mejilla.
Todavía ardía por la cachetada.
—Mire nada más.
Después señalé mi cabello.
—Casi me arranca media cabeza.
Y luego mi nariz.
—Además intentó romperme la nariz.
Me crucé de brazos.
—Yo solo me defendí.
El viejo abrió la boca para responder pero volvió a cerrarla, suspiró con un cansancio que parecía pesarle veinte años más. Sabía perfectamente que no tenía tiempo para discutir conmigo.
Miró su reloj, después observó nuevamente el desastre.
—Olvídenlo.
Se llevó una mano al puente de la nariz.
—Acomoden todo.
Nuestro invitado ya está bajando en el ascensor, varios compañeros comenzaron a levantar las sillas casi de inmediato.
Otros recogían las hojas desperdigadas por el suelo, unl incluso buscaba los pedazos de la taza rota.
Los observé en silencio unos segundos, después desvié la mirada hacia el viejo. Seguía dando órdenes como si el edificio estuviera incendiándose.
Pff...
Qué eficientes se volvían todos cuando aparecía alguien importante.
A mí me daba exactamente igual. No pensaba mover un solo dedo para ayudar.
Me agaché tranquilamente para acomodarme el zapato de tacón, que se había aflojado durante el forcejeo con Alejandrina. Le di un par de golpecitos con la palma de la mano hasta dejarlo bien sujeto.
Mucho mejor.
Luego caminé hasta la mesa principal, tomé mi taza vacía y me dirigí al fondo de la sala.
Allí estaba la pequeña mesa donde siempre dejaban las galletas y el café. Era mi lugar favorito.
Me senté sobre el borde de la mesa, crucé las piernas y balanceé un pie con toda la tranquilidad del mundo.
Desde ahí podía verlo todo.
Y nadie podía decirme que estorbaba.
—Jaja... pobrecitos.
Apoyé el mentón sobre la mano.
¿De verdad creen que voy a ayudarlos a limpiar?
Ni loca, normalmente no era tan floja. Bueno... tal vez un poquito, pero esta vez era diferente.
No tenía la menor intención de ayudar al viejo a fingir que aquí nunca había pasado nada, que limpiaran ellos. Al fin y al cabo, eran expertos en esconder la basura debajo de la alfombra.
Yo solo iba a disfrutar del espectáculo.
Pasaron apenas unos segundos y la puerta de cristal volvió a abrirse.
Dos hombres entraron acompañados por nuestros compañeros.
Mi vista se fue directamente hacia ellos.
Ay...
Tengo que admitirlo estaban guapísimos. Uno era castaño y el otro rubio. Los dos parecían sacados de una revista de trajes caros.
El castaño caminaba con una calma impresionante.
No necesitaba levantar la voz ni hacer gestos exagerados para llamar la atención.
Simplemente entró...
Y toda la sala pareció hacerse un poco más pequeña. Tenía esa clase de presencia que imponía respeto sin esfuerzo.
El rubio, en cambio...
Fruncí ligeramente el ceño, ese sí daba miedo con esa expresión de pocos amigos que parecía decirle al mundo entero que no estaba de humor para soportar tonterías.
《Uy...》, pensé.
《A este le cuento un chiste y seguro me come viva con solo una mirada.》
Aun así...
No pude evitar imaginarme una escena completamente absurda.
《—¿No puedes quedarte callada cinco minutos?》Su voz sonaba grave y sexy. Tan sexy que hasta en mi imaginación me daban ganas de seguir molestándolo.
《—No.》
《Entonces tendré que encontrar otra forma de callarte.》
En mi cabeza dio un paso al frente, me sujetó suavemente por la barbilla sin dejar de mirarme.
《¿Ah, sí?》, pensé con una sonrisa. Y, antes de que pudiera responder otra de mis burradas...
El muy desgraciado me intentaba besar para hacerme callar. De debo admitir que no me desagradaba esa idea.
Pero solo era una cruel farsa, el maldito hombre guapo me sujetó del cuello con la mano que hace un momento me acariciaba la mejilla. Apretó apenas lo suficiente para inmovilizarme. Y, encima de todo...
Se echó a reír. Una risa burlona. 《Qué cruel...》
Parpadeé varias veces. La fantasía desapareció tan rápido como había empezado. Volví a la realidad con una mueca de fastidio.
—Pff...
Qué mala suerte la mía. Lo único que alcancé a entender entre tantas presentaciones fue una cosa.
El castaño era el famoso señor Amati. 《Así que ese es...》
La verdad... me lo imaginaba bastante más viejo.
¿Y el rubio se llamaba...? ¿Carlos? ¿Marcos? Quién sabe. Ni me acordaba de su nombre. Solo sabía dos cosas: que estaba guapo... y que me caía mal.
Lo primero era un hecho y lo segundo también.
Pff...
Mi instinto rara vez se equivocaba. Además de mis muy poco profesionales fantasías, había algo en ese tipo que no terminaba de convencerme.
Sonreía demasiado poco, observaba demasiado y hablaba únicamente cuando era necesario.
La clase de persona que parecía esconder más de lo que decía.
Tal vez estaba exagerando.
O tal vez no.
En cualquier caso, prefería mantenerlo bien lejos.
Aunque... si algún día terminaba sin camisa, tampoco iba a cerrar los ojos.
Una cosa no quitaba la otra.