Ella renace en un nuevo mundo. Decidida a cambiar su destino y a cumplir sus sueños.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Un año
Un año.
Había pasado exactamente un año desde que Selene abrió los ojos en aquella habitación y decidió que no permitiría que la casa Drack desapareciera.
Y, al recordar aquella mañana en la que permaneció acostada pensando cómo hacerse rica "con poco esfuerzo y rápidamente", no pudo evitar reírse.
[Qué ingenua era.]
[Resultó que sí había una forma.]
[Trabajar como una loca.]
El nombre de Selene Drack ya era conocido entre la nobleza.
Lo curioso era que no solo hablaban de sus vestidos.
Hablaban de ella.
—La señorita Drack escucha.
—Jamás intenta imponer un diseño.
—Siempre pregunta qué necesitamos.
—Nunca se burla de lo que una quiere.
Ese era su verdadero éxito.
Mientras otros modistas preguntaban por la moda...
Selene preguntaba por la persona.
Y eso cambiaba todo.
Una mañana, Cloys entró al despacho improvisado con una bandeja llena de cartas.
Ya ni siquiera las contaban.
Las apilaban.
—Señorita.
—¿Cuántas?
—Veintidós.
Selene dejó caer la cabeza sobre el escritorio.
—No...
Cloys sonrió.
—Todavía no termina.
Sacó otro pequeño montón escondido detrás de la espalda.
—Estas llegaron hace un momento.
Selene levantó lentamente la vista.
[El cartero me odia.]
Comenzó a abrirlas.
Una era para un vestido de baile.
Otra para una celebración.
Otra para un ajuar de boda.
Hasta que una carta hizo que levantara una ceja.
—¿Eh?
La abrió.
Leyó dos veces.
Después una tercera.
Finalmente miró a Cloys.
—¿Estoy leyendo bien?
—¿Qué dice?
Selene aclaró la garganta.
—La futura duquesa Vesta Reed, solicita su presencia.
Cloys fue la primera en hablar.
—Creo que... Una duquesa ahora también confía en sus diseños
Selene abrió mucho los ojos.
—¡¿Qué?!
Volvió a leer la carta.
—¡Es verdad!
Se llevó ambas manos a la cabeza.
[¡Ascendimos de categoría!]
[¡Ya hacemos ropa para personas muy importantes!]
Cuando Selene fue a la mansión Reed, se sorprendio porque la futura duquesa deseaba solicitar una colección privada de prendas íntimas confeccionadas según sus preferencias.
No tardó mucho en descubrir que aquella petición no era la única.
Con el paso de las semanas comenzaron a llegar solicitudes similares.
Las damas nobles hablaban entre ellas.
Y todas repetían lo mismo.
—La señorita Drack escucha.
Era cierto.
Cuando Selene visitaba una mansión, no comenzaba mostrando telas.
Primero servían té.
Conversaban.
Reían.
Hablaban de libros.
De jardines.
De hijos.
De bailes.
Y, cuando la otra persona ya se sentía cómoda...
Preguntaba con absoluta naturalidad.
—¿Qué es lo que más le incomoda de su ropa?
Al principio siempre respondían lo mismo.
—Nada.
Pero unos minutos después...
—Bueno...
Los corsés me lastiman.
—Las mangas me aprietan.
—Las enaguas pesan demasiado.
—No puedo respirar cuando bailo.
—Siempre termino con la espalda adolorida.
—Me gustaría sentirme bonita incluso cuando nadie me ve.
Selene jamás levantaba una ceja.
Jamás sonreía con burla.
Jamás respondía:
"Así debe ser."
Solo tomaba notas.
Y decía:
—Entiendo.
Eso hacía que las mujeres confiaran en ella.
Porque, por primera vez, alguien diseñaba pensando también en su comodidad, en su privacidad y en aquello que nunca se atrevían a decir en voz alta.
Mientras tanto...
La casa Drack también había cambiado.
Las deudas comenzaban a desaparecer poco a poco.
No de golpe.
Pero sí de manera constante.
El barón llevaba un enorme libro contable donde registraba cada moneda.
Cada gasto.
Cada inversión.
Cada pago.
A veces levantaba la vista del escritorio y sonreía solo.
Todavía le costaba creer que aquellas cifras pertenecieran al negocio de su hija.
Gracias a esos ingresos pudieron hacer algo que meses atrás parecía imposible.
Reabrieron el ala oeste de la mansión.
Durante años había permanecido cerrada para ahorrar dinero.
Ahora volvió a llenarse de vida.
Las habitaciones vacías se transformaron en talleres.
Había mesas enormes.
Rollos de tela.
Costureras trabajando.
Risas.
Conversaciones.
El sonido constante de agujas atravesando la tela.
Más de una decena de jóvenes, muchas de ellas recién salidas de la escuela de oficios de la duquesa, encontraron allí un trabajo digno.
El barón solía recorrer aquellos pasillos en silencio.
Cada vez que veía a las muchachas trabajar recordaba el día en que creyó que la casa Drack estaba condenada.
Y comprendía que su hija no solo había salvado a su familia.
También estaba cambiando el futuro de muchas otras personas.
Por supuesto...
Todo tenía un precio.
—Señorita...
Cloys asomó la cabeza por la puerta.
Selene estaba dormida.
Sentada.
Con la frente apoyada sobre un montón de bocetos.
Una pluma seguía entre sus dedos.
Y una pequeña mancha de tinta decoraba una de sus mejillas.
Cloys sonrió con ternura.
Se acercó despacio.
Le quitó la pluma de la mano para que no terminara dibujando sobre sí misma mientras dormía.
Luego tomó una manta y la acomodó sobre sus hombros.
Selene murmuró algo entre sueños.
—No... Ese lazo... Más abajo...
Cloys soltó una risa bajita.
—Hasta dormida sigue trabajando.
En ese momento apareció el barón.
Observó la escena desde la puerta.
—¿Se quedó dormida otra vez?
Cloys asintió.
—Sí.
El hombre suspiró con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Trabaja demasiado.
—Lo sé.
Ambos permanecieron unos segundos observando a Selene.
Dormía profundamente.
Con una pequeña sonrisa.
Como si incluso los sueños estuvieran llenos de vestidos imposibles.
Cloys habló en voz baja.
—Está agotada.
El barón asintió.
—Pero... También parece feliz.
La doncella sonrió.
—Nunca la había visto tan feliz.
El barón miró una vez más a su hija.
A la joven que un año atrás apenas salía de su habitación.
Y a la mujer que ahora había llenado la mansión de trabajo, esperanza y risas.
Con una sonrisa serena, murmuró casi para sí mismo:
—Tu madre estaría muy orgullosa de ti.
Selene no lo escuchó.
Seguía profundamente dormida, abrazando un cuaderno lleno de bocetos.
Y, por primera vez en muchos años, la casa Drack ya no era conocida por la desgracia que la había golpeado.
Sino por la joven noble de sonrisa traviesa que, con una aguja, un lápiz y la costumbre de escuchar a los demás, había demostrado que una idea podía cambiar el destino de toda una familia.
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