Davina Guedes sueña con trabajar en la Inmobiliaria Hawser , sin saber que al lograrlo , despertaría la pasion y al obsesión de su dueño , el empresario Danilo Hawser.
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Capitulo 22
El asfalto mojado de São Paulo reflejaba las luces de neón de una ciudad que nunca duerme, pero para Danilo, el mundo se estaba volviendo negro. Con una mano presionando la herida de su costado y la otra aferrada al maletín de Arnaldo, se arrastró por un callejón empinado que ascendía hacia la Favela do Jaguaré. Sabía que la policía lo buscaría en hospitales y hoteles de lujo; su única opción era el lugar donde la ley no se atreve a entrar sin permiso.
A mitad de una escalera de cemento, Danilo colapsó. El sonido de unos pasos pesados lo puso en alerta. Una sombra se proyectó sobre él.
—Mira lo que trajo la lluvia... el gran Danilo Hawser, sangrando como un perro en mi puerta —dijo una voz ronca y cargada de ironía.
Danilo levantó la vista. Frente a él estaba Zico, un hombre con el rostro marcado por cicatrices que Danilo había ayudado a enviar a prisión hace diez años, cuando aún era un joven abogado ambicioso que limpiaba las calles para su familia. Ahora, Zico era el "dueño" de ese sector de la favela.
—Zico... —susurró Danilo, tosiendo sangre—. Si me entregas a Helenina, te dará una recompensa. Pero si me ayudas... te daré algo que ella nunca podrá darte: el control total de las rutas de transporte de la empresa.
Zico se acuclilló, mirando el maletín.
—Podría matarte ahora mismo y quedarme con lo que hay ahí dentro.
—No podrías abrirlo sin que se destruya el contenido. Solo yo tengo la clave biométrica —mintió Danilo, con un último rastro de astucia—. Ayúdame, y cuando esto termine, los Hawser te deberán la vida.
Zico guardó silencio unos segundos, mirando la herida de Danilo. Finalmente, hizo una señal a sus hombres.
—Llévenlo con "La Curandera". Si sobrevive a la noche, hablaremos de negocios. Si no, su cuerpo alimentará a los cerdos.
***
Mientras Danilo luchaba por su vida en la favela, en el centro de la ciudad, Renata, una periodista de investigación conocida por su escepticismo, apagaba el televisor tras ver la rueda de prensa de Helenina. Algo no encajaba.
—¿Una confesión firmada dejada convenientemente en el asiento del copiloto de un coche accidentado? —murmuró Renata para sí misma—. Danilo es muchas cosas, pero no es tan descuidado.
Renata decidió ir a la fuente original: Arnaldo Silveira. Sabía que el viejo abogado era la sombra de Danilo. Sin embargo, al llegar a su despacho, se encontró con cintas de la policía.
—"Infarto al volante", dicen —le comentó un oficial que salía del edificio.
Renata sintió un escalofrío. Arnaldo muere, Danilo desaparece "confesando", y Helenina se queda con todo. Era demasiado perfecto. Entró al edificio fingiendo ser una asistente del seguro y logró recuperar un sobre que Arnaldo había dejado en el buzón de salida justo antes de su última reunión.
Al abrirlo en su coche, no encontró documentos, sino una pequeña llave de una caja de seguridad y una nota que decía: *"Si no llego a la cena, busca bajo la luz de la verdad"*.
Renata sabía que acababa de meterse en una guerra. Si Helenina descubría que ella tenía esa llave, sería la siguiente en tener un "accidente".
***
A lo lejos, el resplandor de la explosión de la lancha todavía teñía el cielo de Itacaré. Marcos seguía avanzando por el fango, cargando a una Davina que ya no hablaba, solo respiraba de forma agitada.
—Ya casi estamos, Davina. Hay una choza de pescadores abandonada a un kilómetro —mintió Marcos. Sabía que estaban lejos, pero necesitaba que ella no se rindiera.
El sonido de los machetes cortando la vegetación detrás de ellos se hacía más fuerte. Tulio no se había creído lo de la explosión. Estaba cerca. Muy cerca…