⚠️🔞Zen, el gélido estratega Grimhand, y Hendrik, el indomable lobo De Vries, desafiaron la biología y el poder corporativo. Tras huir, fundaron un imperio. Su amor prohibido, transformó la guerra en una dinastía inquebrantable.🔞⚠️
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Rosas dulces
La sede central de la corporación era un mausoleo de cristal, acero y ambición. Al entrar, Zen y Hendrik sintieron que el aire se volvía más pesado. Ya no estaban en la burbuja de la casa; aquí, cada empleado era un par de ojos y cada cámara una línea directa a sus padres.
Caminaban por el vestíbulo principal, flanqueados por Joel y cuatro guardias de seguridad de las familias. La distancia entre ellos era la reglamentaria, casi un metro de vacío que se sentía como una herida. Pero la tensión era tan alta que el ambiente vibraba.
—Mantén la cabeza fría —susurró Zen apenas moviendo los labios mientras subían en el ascensor privado.
—Diles eso a mis instintos —gruñó Hendrik, cuya mandíbula estaba tan apretada que sus músculos resaltaban.
Al llegar al piso ejecutivo, se encontraron con un despliegue de seguridad inusual. Los guardias personales de Arthur Grimhand y Viktor De Vries estaban apostados en la entrada de la sala de juntas. Al ver llegar a los herederos, los guardias no se limitaron a abrir la puerta; se interpusieron, bloqueándoles el paso con una actitud defensiva, casi agresiva.
—Órdenes de sus padres, señores —dijo el jefe de seguridad de Viktor, un alfa de cicatrices profundas—. Debemos hacer un escaneo rápido antes de que entren. Protocolo de seguridad biológica.
Hendrik se detuvo en seco. Sus ojos se oscurecieron instantáneamente. Su Alfa interno, todavía sensible por el Rut reciente, interpretó el bloqueo como un desafío territorial. Hendrik dio un paso al frente, invadiendo el espacio del guardia. Sus hombros se ensancharon y el aroma a abedul alquitranado empezó a filtrarse con una fuerza peligrosa.
—Quítate de mi camino —advirtió Hendrik con una voz que era un rugido contenido.
El guardia no retrocedió y puso una mano en su cinturón, donde colgaba un arma de choque. Al ver esto, Zen, que siempre era el epítome de la calma, sintió una furia negra. No era solo orgullo; era la necesidad de proteger a Hendrik, a su Alfa. Zen se colocó al lado de Hendrik, con una mirada tan gélida que el guardia dudó por un segundo.
—Si pones una sola mano sobre él —siseó Zen con una calma letal—, me encargaré personalmente de que no vuelvas a encontrar trabajo en esta industria ni en ninguna otra.
Por un momento, el tiempo se detuvo. Los guardias de ambos bandos tensaron los músculos. Joel, que observaba desde atrás, puso una mano en su radio, listo para intervenir. Estaban a un segundo de que estallara una pelea brutal en medio del pasillo más importante del edificio. Hendrik ya tenía el puño cerrado, listo para estamparlo contra la mandíbula del guardia.
—¡Suficiente! —la voz de Arthur Grimhand tronó desde el interior de la sala.
La puerta se abrió y los patriarcas aparecieron. Los guardias bajaron la guardia de inmediato, pero la tensión en el aire seguía ahí, eléctrica.
—Entren de una vez —ordenó Viktor De Vries—. Tenemos un imperio que fusionar, no tiempo para juegos de testosterona.
La reunión fue una coreografía de mentiras. Durante dos horas, Zen y Hendrik expusieron el plan de logística y finanzas con una perfección que dejó a la junta directiva sin palabras. Hablaron de números, de rutas marítimas y de márgenes de beneficio. A ojos del mundo, eran los socios perfectos que se respetaban pero mantenían su distancia. Fue un éxito absoluto. Los aplausos finales confirmaron que la fusión era imparable.
Sin embargo, el verdadero peligro llegó después de la reunión, durante el pequeño cóctel de celebración en el salón contiguo.
Arthur Grimhand se acercó a Zen con una sonrisa de satisfacción que no llegaba a sus ojos. A su lado, venía una mujer joven, una Omega de una familia influyente llamada Isabella. Ella irradiaba un aroma a rosas dulce, casi empalagoso, diseñado para atraer a cualquier Alfa.
—Zen, querido —dijo Arthur—, Isabella ha estado muy interesada en tu visión sobre los mercados asiáticos. ¿Por qué no le explicas un poco más mientras yo hablo con Viktor?
Hendrik, que estaba a pocos metros hablando con un inversor, se congeló. Sus sentidos se agudizaron. Vio cómo Isabella se acercaba demasiado a Zen, cómo ponía una mano en su brazo y cómo empezaba a liberar sus feromonas de forma deliberada, tratando de envolver a Zen.
—Es un placer verte de nuevo, Zen —dijo Isabella con voz melosa, pegándose a su costado—. He oído que te has sentido solo en esa casa de la frontera... quizás necesites una compañía más... adecuada.
Hendrik sintió que la sangre le hervía. Su Alfa quería arrancarle la mano a esa mujer y lanzarla al otro lado del salón. El aroma a rosas le resultaba insultante comparado con el enebro de Zen que él conocía tan íntimamente. Hendrik empezó a caminar hacia ellos, con una expresión tan sombría que el inversor con el que hablaba se quedó con la palabra en la boca.
Zen notó la aproximación de Hendrik y supo que, si no actuaba rápido, Hendrik perdería la cabeza frente a todos.
—Isabella, siempre es un gusto —dijo Zen con una cortesía cortante, retirando su brazo con elegancia—. Pero me temo que mi agenda está saturada de trabajo administrativo. La casa de la frontera es un lugar de negocios, no de placer.
—Oh, no seas tan frío —insistió ella, volviendo a acercarse y rozando el cuello de Zen con sus dedos—. Un Alfa como tú necesita un Omega que sepa cuidarlo.
Hendrik llegó justo en ese momento. Su sola presencia hizo que Isabella diera un paso atrás por el instinto de supervivencia. El aura de Hendrik era pura agresión contenida.
—Grimhand —dijo Hendrik con una voz que sonaba como el crujir de madera vieja—, tenemos que revisar el informe de seguridad antes de irnos. Ahora.
Zen asintió de inmediato, lanzándole a su padre una mirada de disculpa fingida.
—Lo siento, padre. Los negocios antes que nada. Isabella, que tengas una buena tarde.
Salieron del salón casi corriendo, seguidos por Joel. No pararon hasta llegar al estacionamiento privado, donde el coche blindado los esperaba. Una vez dentro, con las ventanas tintadas cerrándolos del mundo exterior, Hendrik explotó.
—¡Esa mujer te tocó! —gruñó Hendrik, golpeando el respaldo del asiento delantero—. ¡Estaba intentando marcarte con su olor frente a tu padre!
Zen soltó un suspiro de alivio, dejándose caer en el asiento.
—Hendrik, por favor. Fue una trampa de mi padre para ver cómo reaccionaba. Isabella no significa nada.
—Me importa un bledo si es una trampa —respondió Hendrik, acercándose para oler el cuello de Zen, buscando borrar el rastro de rosas con su propia esencia—. Eres mío. Si vuelve a ponerte un dedo encima, no me importará quién esté mirando.
Zen lo rodeó con sus brazos, calmando al lobo herido que era Hendrik.
—Lo sé. Y yo soy tuyo. Pero logramos salir de ahí, Hendrik. La reunión fue un éxito y nadie sospecha la verdad. Regresemos a casa.
El coche arrancó. Joel, desde el asiento del piloto, no dijo ni una palabra, pero ajustó el espejo retrovisor para asegurarse de que no los estuvieran siguiendo. Habían sobrevivido a la prueba más difícil en la sede central.
Al llegar a la residencia de la frontera, el silencio del bosque los recibió como un abrazo. Bajaron del coche y entraron en su refugio. Una vez que Joel cerró la puerta principal, Hendrik tomó a Zen por la cintura y lo besó con una urgencia que decía todo lo que no pudo decir en la ciudad.
—Estamos a salvo —susurró Zen contra sus labios—. Por hoy, la máscara puede caer.
Hendrik lo cargó escaleras arriba, sabiendo que, aunque el mundo afuera era una jungla de depredadores, dentro de esas cuatro paredes, ellos eran los únicos dueños de su destino.
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