Dos imperios rivales, un odio de décadas y un testamento que obliga al implacable CEO Alessandro Rovere a casarse con Giulia Moretti, la heredera de su familia enemiga. Lo que empieza como una venganza y un contrato, termina convirtiéndose en un caos lleno de tensión, risas y un amor que nadie esperaba… ¡al borde de la locura!
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CAPÍTULO 14: La recta final, la lista de nacimiento y el "papázilla"
Con el nombre decidido, "Alessandra" o "Leonardo", la cuenta regresiva para la llegada del bebé se volvió más palpable. Giulia entró en el último trimestre, y aunque los síntomas de Couvade de Alessandro habían disminuido en intensidad, su nivel de ansiedad había alcanzado cotas insospechadas, transformándolo en lo que sus amigos cariñosamente apodaron "Papázilla".
El primer gran desafío del "Papázilla" fue la lista de nacimiento. Giulia, con su pragmatismo artístico, había elaborado una lista con lo esencial: cuna, carrito, algunas ropitas, pañales y biberones. Alessandro, sin embargo, la consideró una afrenta a la seguridad y el bienestar de su futuro hijo.
—¡Giulia, esto es inaceptable! —exclamó, blandiendo la lista como si fuera un documento legal—. ¿Dónde está el monitor de ritmo cardíaco con conexión a la nube? ¿El esterilizador de biberones con ozono y luz ultravioleta? ¿El detector de gases nocturno con inteligencia artificial? ¡Y solo has puesto tres tipos de pañales! ¡Necesitamos al menos diez marcas diferentes para ver cuál se adapta mejor a su delicada piel!
Giulia lo miró, incrédula. —Alessandro, nuestro bebé no va a ser un astronauta en Marte. Va a estar en una casa con padres que lo aman. Y con tres tipos de pañales creo que estará cubierto.
Pero Papázilla no cedía. La lista de nacimiento se expandió exponencialmente, incluyendo desde un humidificador con aromaterapia para bebés hasta un proyector de estrellas musicales que "estimularía su desarrollo cognitivo y espiritual". La habitación del bebé, que Giulia había decorado con tanto mimo, empezó a parecer una exposición de artículos de alta tecnología para la primera infancia.
—¡Necesitamos este cochecito con suspensión inteligente que detecta los baches! —argumentaba Alessandro, mostrando un vídeo en su tablet—. ¡No queremos que nuestro hijo sufra vibraciones que puedan alterar su sueño o, peor aún, su futura carrera como CEO!
—¡Pero cuesta más que mi primer coche! —replicaba Giulia, intentando razonar con él—. ¡Y no creo que un bache lo convierta en un mal CEO!
Luca y Matteo, que a menudo eran convocados para opinar, solo podían sacudir la cabeza con una sonrisa.
—La obsesión de Alessandro por la perfección ahora se ha trasladado al bebé —comentó Luca a Elena—. Es entrañable… y a la vez aterrador.
Elena, que tenía un humor más ácido, añadió: —Solo espero que no intente programar los horarios de lactancia con un algoritmo.
La recta final del embarazo trajo consigo otro síntoma peculiar de Papázilla: la "seguridad extrema". Alessandro instaló cámaras de vigilancia en cada rincón de la casa, detectores de movimiento y hasta un sistema de purificación de aire que parecía una nave espacial. Su objetivo era crear un ambiente completamente estéril y seguro para la llegada del bebé.
—¡Mi amor, parecemos estar en una base militar! —protestó Giulia, mientras él ajustaba la sensibilidad de un sensor de humedad—. ¡El bebé necesita un poco de vida, de bacterias buenas! ¡Incluso de polvo, un poco!
—¡El polvo son ácaros, Giulia! ¡Y los ácaros causan alergias! —exclamó él, con los ojos bien abiertos—. ¡No podemos arriesgarnos!
Las discusiones, aunque cómicas, a veces agotaban a Giulia. Se sentía invadida por la parafernalia tecnológica y la paranoia de Alessandro.
Una noche, Giulia lo encontró viendo un tutorial de YouTube sobre cómo cambiar pañales con "técnica de origami" para optimizar el uso y evitar fugas.
—Alessandro, te estás excediendo —dijo ella, con una seriedad inusual—. Nuestro bebé necesita padres relajados y felices, no un equipo de seguridad de la Casa Blanca.
Alessandro la miró, con el ceño fruncido por la concentración. —Pero Giulia, es que hay técnicas, estrategias…
—¡No hay estrategias para el amor de un padre! —replicó ella, frustrada—. Y si sigues así, no voy a dejar que te acerques al bebé. ¡Lo vas a estresar!
Sus palabras calaron hondo en Alessandro. Se dio cuenta de que su intento de controlar cada aspecto de la llegada de su hijo, impulsado por el miedo y un deseo abrumador de protegerlo, estaba teniendo el efecto contrario. Estaba estresando a Giulia, a la que más necesitaba cuidar.
Bajó el portátil, se acercó a ella y la abrazó con fuerza.
—Lo siento, Giulia. Estoy… estoy asustado. Tengo miedo de no ser un buen padre. De no saber qué hacer. De que algo salga mal.
Giulia le acarició el cabello. —No tienes que ser perfecto, Alessandro. Solo tienes que ser tú. Y eres el hombre más increíble que conozco. Vas a ser un padre maravilloso. A tu manera. Y si algo sale mal, lo arreglaremos juntos. Como siempre.
Las palabras de Giulia lo calmaron. Se dio cuenta de que lo más importante no era la tecnología, ni las técnicas, sino el amor y el apoyo mutuo.
En las últimas semanas, la mansión Rovere se transformó. Las cámaras de vigilancia disminuyeron su prioridad, y las estanterías de la habitación del bebé se llenaron más de juguetes suaves y libros de cuentos que de sensores y monitores. Alessandro seguía siendo meticuloso, pero con un toque más relajado, más humano.
Giulia, por su parte, seguía desbordando creatividad. Una tarde, sorprendió a Alessandro con una sesión de fotos de embarazo en el jardín de la mansión. Él, que odiaba posar, se vio envuelto en una serie de poses cómicas, con flores en el cabello y haciendo "ojos de corderito" a su esposa.
—¡Tienes que inmortalizar este momento, mi amor! —exclamó ella, riendo a carcajadas—. ¡El Papázilla más sexy de Milán!
Las últimas semanas de espera estuvieron llenas de pequeños momentos de ternura y anticipación. La bolsa del hospital estaba lista, con todo lo necesario (y algunos extras de Alessandro). Las clases de preparación al parto, a las que Alessandro se había resistido inicialmente, se convirtieron en su nueva obsesión.
—¡Respira, Giulia! ¡Con ritmo! ¡Y tú, Alessandro, no aprietes tanto el cojín! ¡Es para la simulación! —decía la instructora, mientras Alessandro, con el rostro contraído por el esfuerzo, intentaba seguir las instrucciones.
Giulia lo miraba con amor y diversión. Su vida, antes tan predecible, se había vuelto una aventura diaria. Y no la cambiaría por nada del mundo.
Una noche, mientras estaban acostados, Giulia sintió una contracción. Era suave al principio, pero luego se hizo más intensa.
—Alessandro —dijo, tomándole la mano.
Él se despertó al instante, su rostro contraído por la preocupación. —¿Qué pasa, amor? ¿Estás bien?
—Creo que… creo que es hora.
Alessandro saltó de la cama, tropezando con una silla. El pánico se apoderó de él.
—¡La bolsa! ¡El coche! ¡El hospital! ¡Las contracciones! ¡Necesito mi manual de preparación al parto!
Giulia rió, a pesar del dolor. —Tranquilo, Alessandro. Respira conmigo.
Y así, entre el caos predecible de Alessandro y la calma inquebrantable de Giulia, se dirigieron al hospital, listos para recibir al pequeño milagro que cambiaría sus vidas para siempre. El Papázilla, con sus temores y sus obsesiones, estaba a punto de convertirse en papá.
💌 Palabras de la autora
¡Llegó el gran día! 🎉 ¡Papázilla está en acción! ¿Creen que Alessandro se desmayará en la sala de partos o será un héroe? ¡Yo apuesto por una mezcla de ambos! 😂