"Luna murió en las calles para que Rose pudiera reinar en las sombras."
Mi madre me llamó Luna Mongoberry al nacer, esperando quizás que fuera una luz suave en medio de la miseria. Pero la luz no te alimenta cuando tienes hambre, ni te protege cuando el mundo decide convertir tu vida en un infierno. Mi infancia no fue un cuento; fue una guerra de supervivencia que consumió cada rastro de nobleza y amabilidad que alguna vez tuve.
Decidí dejar atrás a la niña débil. Me convertí en Rose Mongoberry, conservando el apellido que es sagrado para mí porque le perteneció a ella, pero transformando mi alma en algo mucho más letal. Rose tiene espinas, Rose quema, y Rose no perdona.
En el mundo de la mafia, donde los hombres creen que las mujeres son solo trofeos, yo he venido a demostrar que soy el verdugo.
Bienvenidos a mi reino. Aquí, las rosas no huelen a perfume; huelen a pólvora y victoria.
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Capítulo 23: Cicatrices en el alma y promesas de sangre
Al día siguiente, ya estaba lista. Crucé el umbral del colegio y lo primero que vi fue a los "Idiotas" acosando a un chico de primer ingreso. Me quedé quieta, observándolos. Uno por uno van a desaparecer, juré para mis adentros.
Entré al salón y me senté junto a Valentina. No pasaron cinco minutos cuando llegó Mía, una chica alta de cabello azabache y ojos café. Sin mediar palabra, agarró a Valeria del pelo, tirando de ella con fuerza.
—Pero mira, Valeria... ¿conseguiste una nueva amiga? La pobretona de Luna —se burló.
—Suéltala —le dije, mi voz sonando como un latigazo.
—¿Y si no lo hago, qué? —me retó.
Me levanté de un salto y le atenacé el brazo. Apreté con tanta fuerza que sus dedos perdieron fuerza y soltó a Valeria soltando un gemido de dolor. En ese momento, Jordan y su grupo entraron al salón. Mía corrió hacia él, fingiendo lágrimas.
—¡Amor! Mira lo que me hizo esa pobretona —chilló, señalándome.
Jordan se me acercó, la furia bailando en sus ojos, y me cruzó la cara con una cachetada.
—Que sea la primera y última vez que tocas a mi novia, ¿entendiste?
Sonreí. No fue una sonrisa de alegría, sino la de alguien que ya no tiene nada que perder. Le solté una patada directo en las pelotas. Jordan cayó al suelo, rojo como un tomate, retorciéndose de dolor. Me incliné sobre él y le devolví la cachetada con el doble de fuerza.
—Que sea la primera y última vez que me pones una mano encima, imbécil.
Miré a sus amigos, que se acercaban amenazantes.
—¿Quién más quiere que le reviente los huevos? —rugí.
Se quedaron congelados. Solo atinaron a levantar a Jordan y sacarlo del salón. Mía, temblando, me amenazó con decírselo a la profesora. Me acerqué a ella hasta que nuestras narices se rozaron.
—Dile algo y te parto esa carita linda hasta que no te reconozca ni tu madre. ¿Qué opinas?
Se puso pálida, dio media vuelta y huyó.
El pozo de la miseria
El resto de la mañana fue extrañamente pacífico, pero la calma era una ilusión. Al volver del receso, mi pupitre estaba vacío.
—¿Y tus cosas, Luna? —se burló uno de los chicos.
Caminé hacia él, lo agarré del cuello de la camisa y lo estampé contra la mesa.
—¿Dónde están mis cosas, idiota? Habla ahora o te rompo los dientes aquí mismo.
El miedo cruzó sus ojos. Antes de que respondiera, Jeffre, un compañero al que también acosaban, entró con un montón de hojas empapadas.
—Luna... estaban en el baño de hombres. Algunas cosas se fueron por la poceta.
Me volví hacia los idiotas, que soltaron una carcajada.
—Me las van a pagar —les dije, y esta vez no se rieron. Mi voz tenía un peso que los hizo ponerse serios de inmediato.
La verdad sobre Hanna
Al salir, Tumba me esperaba en el auto. Le conté lo sucedido y su mandíbula se tensó.
—Esos imbéciles tienen los días contados —gruñó.
Al llegar a la mansión, el Pistolero me llamó a su despacho. El ambiente era pesado.
—Rose, ven aquí. Ya tengo lo que pediste.
El Viejo estaba allí también. El Pistolero puso una carpeta sobre la mesa.
—Ese grupo no son solo niños malcriados, son delincuentes. Aquí tienes la lista de todos los alumnos que dejaron la escuela por su culpa, con sus direcciones. Jordan es un mimado; sus padres son dueños de un mercado, le dan todo. El resto solo son perros que siguen sus órdenes.
Hizo una pausa y su mirada se volvió compasiva.
—Sobre tu amiga Hanna... Rose, ella no volvió a su casa. Trabaja en un bar en el centro y vive en una residencia cercana. Consume sustancias... se perdió en ese mundo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Gracias, Tío —le dije.
El Pistolero se quedó de piedra. Era la primera vez que lo llamaba así.
—Iré a buscarla. Tumba, vienes conmigo.
El infierno de una amiga
Llegamos a un edificio ruinoso. Tumba me presentó a dos hombres más: Martillo y Peluche. Eran mis nuevos guardaespaldas. Subí sola hasta la habitación de Hanna. Cuando abrió la puerta, estaba en ropa interior, con la mirada perdida y una sonrisa vacía.
—¿Luna? ¡Amiga! —se lanzó a abrazarme. Estaba drogada.
Entré al pequeño cuarto. Olía a encierro y a tristeza.
—¿Por qué estás aquí, Hanna? ¿Y tus padres?
—Me echaron —dijo mientras se vestía con torpeza—. Dijeron que no querían a una "buena para nada" en casa.
Me contó la verdad entre sollozos y temblores. El grupo de Jordan no solo la golpeaba; la llevaban a un callejón detrás de la escuela que ellos mismos controlaban. Allí, la violaron repetidamente. Sus padres no le creyeron. Sus abuelos la insultaron.
—Ya no puedo salir de aquí, Luna. Este es mi mundo ahora. Aquí el dolor se olvida —me dijo antes de echarme porque tenía que irse a "trabajar".
Descarga de furia
Salí de allí ciega de rabia.
—¡Al matadero! ¡Ahora! —le grité a Tumba.
Entré a la bodega como un huracán. Agarré un palo y empecé a descargar toda mi impotencia contra Pedro. Cada golpe llevaba un nombre: Hanna, Valentina, el chico del colegio, mi madre.
—¡¿Te acuerdas cuando llegabas del trabajo y nos golpeabas porque tenías un mal día?! —le gritaba mientras él aullaba de dolor—. ¡Pues hoy yo tuve un mal día!
El Pistolero entró y me quitó el palo a la fuerza.
—¡Relájate, Rose! ¿Qué pasó?
—¡Esos imbéciles le arruinaron la vida a Hanna! —grité, con las lágrimas rodando por mis mejillas—. ¡La violaron cuantas veces quisieron! ¡Y lo hacían dentro de la escuela! ¡Nadie vio nada, nadie hizo nada!
Lancé el palo contra la pared con un grito que me desgarró la garganta.
—Ese niño, Jordan... es el mismísimo demonio —dijo el Pistolero.
—Pues su infierno empieza pronto —sentencié, limpiándome la cara—. Porque de que lo mato, lo mato.