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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 15: La piel de la memoria

El silencio que dejó Ricardo al cerrar la puerta se sentía pesado, casi denso. Me quedé inmóvil entre las sábanas revueltas, sintiendo el rastro de su cuerpo todavía impreso en el mío. Mi piel ardía, no por el dolor de sus manos, sino por la confusión de haber descubierto que el monstruo podía reír, y que yo podía desearlo hasta la locura.

A media mañana, Elvira entró con una bandeja de plata. No dijo nada, pero sus ojos recorrieron el desorden de la habitación: la ropa tirada, las sábanas deshechas y las marcas en mi cuello que la seda no lograba ocultar.

—El señor ha salido —dijo ella, dejando la bandeja sobre la mesita de noche—. Dijo que no se le molestara hasta que usted decidiera bajar.

—¿A dónde fue? —pregunté, tratando de sonar indiferente mientras me cubría con la bata.

—Al cementerio, como todos los domingos —respondió Elvira con una sequedad que me heló la sangre.

Me quedé helada. Ricardo había salido de mi cama, de nuestra entrega más íntima, para ir a visitar a la mujer que yo, sin saberlo, estaba suplantando en su mente. Me levanté como pude, ignorando el cansancio de mis piernas, y caminé hacia el ventanal. Lo vi a lo lejos, subiendo a su coche negro. Se veía pequeño desde allí, pero su aura de soledad seguía siendo inmensa.

Pasé la tarde tratando de distraerme con Bianca. Leímos cuentos y jugamos en el jardín, pero mi mirada siempre volvía a la entrada de la mansión. Bianca estaba inusualmente callada, observándome con una madurez que no correspondía a su edad.

—¿Te duele algo, Anaís? —preguntó de repente, señalando mi cuello—. Tienes manchas rojas.

Sentí que el mundo se detenía.

—No, pequeña... es solo una alergia —mentí, sintiendo una punzada de culpa.

—Papá también tiene marcas en la espalda —susurró ella, volviendo a su dibujo—. Los dos están enfermos de lo mismo.

Esa frase me persiguió hasta que cayó la noche. Cuando Ricardo regresó, no era el hombre que se había reído en la mañana. Entró a la casa como una tormenta negra, con los ojos inyectados en sangre y el olor al whisky de los domingos impregnando su traje. No pasó por el comedor; fue directo a su despacho y escuché el clic de la llave.

A las once de la noche, no pude más. El estrés de su silencio me estaba matando. Caminé descalza por el pasillo y toqué a su puerta.

—Ricardo... soy yo.

No hubo respuesta, solo el sonido de un cajón abriéndose. Empujé la puerta, que esta vez no estaba bien cerrada, y lo vi. Estaba sentado frente a su escritorio, rodeado de fotos de "ella". Eran retratos de una mujer hermosa, de cabello oscuro y ojos profundos, que efectivamente se parecía a mí de una forma aterradora.

Él levantó la vista y, al verme, su expresión se transformó en una mueca de dolor y rabia.

—¡Vete de aquí! —rugió, lanzando un vaso vacío contra la pared—. ¡No te pedí que vinieras!

—¿Por qué me tratas así después de lo de anoche? —grité, perdiendo la paciencia—. ¡No puedes usarme para olvidar y luego echarme como si fuera basura!

Ricardo se levantó, rodeando el escritorio con pasos lentos y peligrosos. Se detuvo frente a mí, agarrándome de los brazos con una fuerza que me recordó quién era él realmente.

—¡Porque cada vez que te toco, siento que la estoy traicionando a ella! —escupió las palabras con odio—. ¡Y cada vez que te miro, deseo que fueras ella! ¡Me haces odiarme por desear a alguien que no es más que un reemplazo comprado!

Me sacudió ligeramente, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas. La intensidad del momento nos dejó a ambos sin aliento. Él me miraba como si fuera su salvación y su condena al mismo tiempo. En ese despacho lleno de recuerdos de una muerta, la tensión sexual y el odio se mezclaron de nuevo, creando un aire eléctrico que amenazaba con hacernos estallar a los dos.

La respiración de Ricardo era pesada, caliente sobre mi rostro. Sus manos me apretaban los brazos con una fuerza que bordeaba el dolor, pero no me soltaba. Era como si necesitara ese contacto físico para convencerse de que yo era real y no un fantasma más de los que habitaban su despacho.

—¡Pues deja de buscarla en mí! —le grité de vuelta, clavando mis ojos en los suyos—. ¡Mírame, Ricardo! Soy Anaís. Soy la mujer que está aquí, la que sangra, la que siente. ¡Ella se fue y no va a volver por mucho que te emborraches o me maltrates!

Sus ojos se abrieron con una furia salvaje. Me empujó contra la estantería de libros, haciendo que varios volúmenes cayeran al suelo con un golpe seco. El estruendo pareció alimentar la tensión. Se pegó a mi cuerpo, atrapándome entre la madera y su peso, y sus manos subieron desde mis brazos hasta mi cuello, apretando con una urgencia que no era violencia, sino pura desesperación.

—Cállate... —gruñó cerca de mi oído, su voz rompiéndose—. No hables de lo que no entiendes. Tú no sabes lo que es vivir en este infierno.

—¡Lo sé porque tú me metiste en él! —respondí, jadeando, mientras el calor de su cuerpo empezaba a nublar mi rabia con ese deseo oscuro que me daba asco y placer a la vez—. Pero anoche... anoche no era ella a quien buscabas cuando me pedías que te diera todo. Era a mí.

Ricardo soltó un rugido ahogado y estrelló su boca contra la mía. No fue un beso; fue un choque de dientes y lengua, una batalla por el control. Sabía a whisky amargo y a una necesidad tan profunda que me dio escalofríos. Sus manos bajaron frenéticas, desgarrando la seda de mi bata, buscando mi piel como si fuera su única medicina.

Me levantó en vilo, obligándome a enredar mis piernas en su cintura, y me sentó sobre su escritorio de caoba, apartando con un brazo violento los papeles y las fotos de su esposa muerta. El sonido de los marcos de plata cayendo al suelo y los cristales rompiéndose resonó en toda la habitación.

—Dime quién soy —masculló él, enterrando su rostro en mi pecho mientras sus manos me abrían las piernas con brusquedad—. ¡Dime quién soy para ti!

—Eres mi dueño... eres mi monstruo —gemí, echando la cabeza hacia atrás mientras sentía cómo sus labios marcaban mi piel de nuevo—. Pero ahora... ahora eres solo un hombre que se muere por sentir algo más que frío.

Él se desabrochó el pantalón con manos temblorosas, su mirada fija en la mía, una mirada que pedía perdón y pedía guerra al mismo tiempo. Se hundió en mí de un solo golpe, sin preámbulos, llenándome con una intensidad que me hizo soltar un grito que se perdió entre las sombras del despacho.

El **chapoteo** de nuestros cuerpos contra la madera del escritorio, el crujido de los papeles bajo mi espalda y el brillo de la luna filtrándose por la ventana crearon una escena de una lujuria enferma. Ricardo me embestía con una cadencia violenta, cada golpe era una forma de borrar el pasado, de manchar los recuerdos de "ella" con la realidad de mi cuerpo.

En ese despacho, rodeados de la muerta, nos convertimos en dos animales tratando de sobrevivir a la memoria. Ya no importaba el contrato, ni Bianca, ni el cementerio. Solo importaba el sudor, la respiración entrecortada y la forma en que Ricardo se aferraba a mis caderas como si fuera lo único que lo mantenía unido al mundo de los vivos.

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Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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