Alessandra "Lexa" Cavalier es una hematóloga destacada por sus logros en el difícil mundo de la medicina, pero su fe proviene de la ciencia y la lógica. Todo se rompe cuando acepta el contrato más inusual de su carrera: salvar a Dante Marek, un hombre hermético y arrogante, CEO de una empresa prestigiosa que parece tener siglos de su fundación.
Él no es un hombre cualquiera, sino un vampiro de sangre pura cuya estirpe se marchita, por una corrupción que está devorando su sistema circulatorio, amenazando con convertir su inmortalidad en cenizas. Desde su primer encuentro en una mansión que huele a hostilidad. Dante desprecia la fragilidad de Lexa, pero su sangre tiene un aroma que mueve sus instintos primitivos que creía haber enterrado hace décadas.
Mientras ella se adentra en un laboratorio de tinieblas para encontrar una cura, descubre que no es una simple observadora. Su propia genética guarda el secreto de una salvación que Dante ansía y teme por igual.
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Capítulo 2
La atmósfera de esa habitación se tornó cruda. —Él extendió su brazo izquierdo hacia mí, deslizando hacia arriba la manga de su camisa de seda negra con una lentitud deliberada. Su piel era como el mármol más fino, blanca y aparentemente perfecta, pero las venas que se traslucían en su muñeca no eran azules ni verdes. Tenían un matiz violáceo oscuro, casi negro, que parecía ramificarse como raíces venenosas bajo la superficie.
—Entonces, trabaje, doctora Cavalier. —Desafió utilizando mi apellido como en tono de reto. —Demuéstreme que vale cada moneda que su ambiciosa hermana exigió para traerme a este mausoleo.
Saqué el equipo de extracción de mi maletín. Mis manos, que siempre habían sido firmes como el acero incluso en las cirugías más complejas de mis padres, temblaron apenas un milímetro. Dante lo notó. Embozando una sonrisa depredadora, que mostraban sus dientes blancos y perfectos, que parecían demasiado afilados para ser humanos.
—¿Le asusta la sangre, doctora? —Preguntó, con su voz apenas en un susurro cerca de mi oído.
—¡Me asusta la ignorancia! —Repliqué, recuperando el control con un esfuerzo de voluntad heroico. — La sangre es solo información, es el mapa de quiénes somos, de dónde venimos y cuánto tiempo nos queda.
Limpié la zona con alcohol. Cuando la aguja perforó su piel, sentí una resistencia extraña, una densidad en el tejido que no se parecía a nada que hubiera pinchado antes; fue como intentar atravesar un caucho reforzado, pero finalmente, la sangre comenzó a fluir hacia el tubo de vacío.
Me quedé sin aliento, por un momento, mi mente científica se quedó en blanco.
La sangre de Dante Marek no se comportaba según las leyes científicas. Era de un rojo tan oscuro que bordeaba el negro, espesa como el petróleo, y en su interior, pequeñas motas de una luminiscencia plateada que parecían danzar y morir en cuestión de milisegundos; no coagulaba al contacto con el aire del tubo. Era como una sustancia que parecía vibrar con una energía estancada, una "corrupción milenaria" que grita muerte y poder al mismo tiempo.
—Esto es biológicamente imposible. —Susurré, olvidando por un momento mi orgullo de científica frente a la fascinación pura de lo que mis ojos estaban viendo. —¡Sus eritrocitos deberían estar colapsados bajo esta densidad!, pero parecen estar en un estado de estasis perpetua. ¿No están vivos, pero se niegan a morir? — Me cuestioné, sin comprender ese comportamiento errático...
—Se llama linaje, Alessandra. —Dijo él, inclinándose hacia mí.
El aroma que desprendía era embriagador y aterrador a la vez: rosas marchitas, incienso antiguo y el olor metálico del peligro. — Pero mi linaje se está debilitando, la pureza se ha diluido con el paso de los eones, mi cuerpo está empezando a rechazar la única fuente de sustento que conocemos. — Lo que usted ve ahí no es una enfermedad, es la erosión del tiempo sobre una inmortalidad que ya no puede sostenerse a sí misma.
Me alejé un paso, aguantando el tubo de ensayo como si fuera una granada activa. La comprensión empezó a filtrarse en mi mente, una verdad que mi educación racional intentaba rechazar a gritos. La falta de temperatura, la agilidad inhumana, la sangre que brillaba en la oscuridad... — ¡No eso es pura fantasía!, me decía la lógica de los libros, procesando las ideas a mil por hora
—Usted no es un paciente. —Dije, con mi voz apenas en un hilo de aire, con miedo a lo desconocido. — Usted es un mito que ha decidido vestirse de seda y comprar empresas.
Dante se acercó y esta vez no pude evitar retroceder hasta que mi espalda chocó contra la madera de la estantería rígida. Él colocó una mano a cada lado de mi cabeza, atrapándome en su espacio personal. Podía sentir el frío que emanaba de su cuerpo, una temperatura que debería pertenecer a un cadáver, pero sus ojos estaban más vivos que cualquier cosa que hubiera visto jamás.
—Los mitos no necesitan médicos, Alessandra. ¡Yo sí!, pero si no encuentra la forma de estabilizar esta "corrupción" en mi sistema, no seré el único que deje de existir. Mi especie es la que mantiene el equilibrio en las sombras de esta ciudad; sin un líder fuerte, los que son menos civilizados que yo, convertirán sus calles en un matadero.
Sus ojos azules se volvieron repentinamente negros, las pupilas dilatándose hasta borrar el iris por completo. Por un segundo, vi detrás de su máscara de poder corporativo: vi una soledad tan vasta como los siglos, un hambre que no era solo de sangre, sino de algo que el tiempo le había arrebatado.
—Dasha dijo que este contrato era para una médica. —Dije, tratando de que mi pulso no me traicionara y que regresara a la normalidad. — Pero esto es un pacto con el diablo, donde está en juego no solo mi vida.
—Un pacto de sangre. —Corrigió él y por un instante sentí como su mirada bajaba hacia mi cuello, donde mi yugular latía con fuerza, por el miedo recorriendo mi cuerpo a gran velocidad.
—Su sangre, Alessandra Cavalier, tiene un aroma que despierta recuerdos que preferiría mantener enterrados. Hay algo en su genética, que sus padres ocultaron o que el destino puso ahí, es por esta razón que la elegí a usted, y no a cualquier otro genio con un título de Harvard.
Se separó bruscamente, recuperando su compostura de hierro y abrochando su manga con elegancia.
—Mañana a la misma hora Alessandra. Traiga sus máquinas, sus teorías, pero, sobre todo, su valor. Mi socio, el señor Jonathan Blackwood, se encargará de que tenga todo el equipo de laboratorio que requiera aquí mismo. Recuerde: lo que vea en esta casa, lo que descubra en mi sangre, queda fuera del mundo de los vivos. Si rompe el contrato, no habrá abogados que puedan salvarla.
Salí de la mansión sintiendo que el aire exterior ya no era suficiente para llenar mis pulmones. En mi maletín, la muestra de sangre de Dante Marek parecía emitir un calor gélido que me quemaba la palma de la mano. Al llegar a mi carro, vi a un hombre parado, bajo la lluvia, sin paraguas, a la orilla del bosque con una mirada fija de advertencia pura, aunque la distancia era grande, pude distinguir cómo sus en puños se cerraban, como si estuviera conteniendo una bestia interna.
Arranqué, con las manos temblando sobre el volante. El giro que dio mi vida no era lo que esperaba y esto no acaba aquí; por el contrario, acaba de empezar; me había precipitado a un abismo de sombras y la única persona que podía evitar mi caída era el mismo monstruo que me había empujado al vacío.
El trayecto de regreso a la ciudad fue un borrón de luces y lluvia persistente. Mis manos, expertas en suturas de precisión y manejo de instrumentos delicados, se aferraban al volante de mi Mustang como si fuera lo único real en un mundo que acababa de volverse como una mala broma. La muestra de sangre de Dante descansaba en el asiento del copiloto, dentro de un maletín térmico blindado, pero juraría que podía sentir su vibración a través del cuero.
Al llegar al laboratorio privado en la clínica Cavalier, no busqué café ni descanso. Necesitaba respuestas que el método científico pudiera procesar. Encendí las máquinas, el zumbido estéril del aire acondicionado y el parpadeo de los monitores de alta resolución me devolvieron una sensación de control que se sentía frágil.
Coloque una gota de aquella sustancia negra y espesa en un portaobjetos. Al observar por el microscopio de barrido electrónico, mi corazón dio un vuelco a una escala de diez mil aumentos, los eritrocitos no estaban quietos. Se movían con una cadencia hipnótica, rodeados por esas filigranas plateadas que parecían circuitos integrados biológicos. No eran células moribundas; eran células en un estado de armadura defensiva. Intenté introducir una solución salina estándar para observar la reacción osmótica, pero la sangre de Dante la "devoró" en segundos, asimilando los minerales y desechando el resto con una eficiencia aterradora.
— ¡No estás enferma, sangre de Marek! —Murmuré, sintiendo un sudor frío en el cuello. — ¿Estás evolucionando o muriendo?
La "corrupción milenaria" de la que él habló se veía bajo la lente como una acumulación de sedimentos oscuros que asfixiaban el núcleo de la célula, era como si la eternidad tuviera un residuo tóxico, una ceniza biológica que el cuerpo de Dante ya no podía filtrar y si no encontraba una forma de limpiar ese sedimento, Dante Marek se convertiría en una estatua de mármol por dentro.