Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.
Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión
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capitulo 17
El silencio que siguió al encierro del arma bajo la almohada no fue de paz, sino de una vibración sorda, como la que precede a un terremoto. La habitación parecía haberse encogido. El aire, cargado de la adrenalina del enfrentamiento previo, se volvió espeso y difícil de procesar. Alan y Madelyn yacían en los extremos opuestos de la cama king-size, un desierto de seda gris separándolos, pero sus sentidos estaban tan agudizados que cada uno podía escuchar el latido del otro.
Alan estaba tumbado boca arriba, con los brazos a los costados y la mirada clavada en el techo oscuro. Su pecho subía y bajaba con una cadencia que intentaba forzar a la normalidad, pero por dentro, el orden que tanto amaba era un caos de impulsos eléctricos. No era el miedo a la muerte lo que le impedía cerrar los ojos; era el rastro del aroma de Madelyn, una mezcla de gardenias y acero, que se filtraba por sus fosas nasales y despertaba un hambre que no figuraba en sus cálculos.
A menos de dos metros, Madelyn estaba de espaldas a él, encogida ligeramente, con una mano todavía rozando la base de la almohada donde descansaba la Glock. Su piel ardía. El roce fortuito de los dedos de Alan en su muñeca minutos antes había dejado una marca invisible, una quemadura de hielo que se negaba a desaparecer.
—Podrías apagar la luz de la ciudad —dijo Madelyn. Su voz salió más baja de lo que pretendía, una caricia áspera en medio de la penumbra.
Alan extendió la mano hacia la consola digital de la mesita de noche. Con un toque, las persianas automatizadas se deslizaron, sellando el ventanal. La oscuridad total los envolvió, y con ella, la desaparición del mundo exterior. Ahora solo existían ellos dos y el calor que emanaba de sus cuerpos, cruzando el espacio vacío de la cama como un puente invisible.
Alan se giró sobre su costado, quedando de espaldas a ella. Fue un movimiento deliberado para recuperar su propia cordena. Sin embargo, al hacerlo, la seda de las sábanas crujió, y el sonido pareció un trueno en el silencio absoluto.
—¿Te asusta, Alan? —preguntó ella de repente. No había burla en su voz, solo una curiosidad cruda que cortaba el aire.
—¿El qué, Madelyn? —respondió él, con la mandíbula tan tensa que las palabras apenas lograban salir.
—Que por mucho que me vigiles con tus cámaras y tus rastreadores, no puedes controlar lo que sucede en esta habitación cuando no hay nadie mirando. Te asusta que yo sea la única variable que no puedes reducir a un número.
Alan cerró los ojos con fuerza. Tenía razón. La atracción que sentía por ella no era la admiración estética por un activo valioso; era una fuerza gravitatoria, violenta y desordenada, que amenazaba con arrastrarlo fuera de su órbita. Le atraía su violencia, su capacidad para sostenerle la mirada mientras le apuntaba al mentón, y la forma en que su cuerpo parecía vibrar con una energía que él deseaba domar y, al mismo tiempo, proteger.
—Lo que me asusta, Madelyn —dijo Alan, su voz bajando a un registro que ella nunca le había escuchado, uno privado y vulnerable—, es que eres el primer desastre que no quiero limpiar.
Madelyn sintió un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. No era de miedo. Era un reconocimiento eléctrico. Ella también lo sentía. Odiaba a Alan Valerius por lo que representaba: la frialdad, el control asfixiante, el hombre que la había comprado. Pero en la penumbra, despojada de sus armas sociales, no podía negar que la oscuridad de él llamaba a la suya propia. Había una simetría en sus sombras, un encaje perfecto entre su sed de sangre y el deseo de posesión de él.
Esa atracción era el juego más peligroso que jamás habían jugado, porque no podían dispararle. No podían matarla con una conspiración ni rastrearla con un satélite. Era interna, visceral y los dejaba a ambos desarmados.
Madelyn se movió ligeramente, buscando una posición más cómoda, y su pie rozó accidentalmente el de Alan bajo las sábanas. Fue un contacto de apenas un segundo, piel contra piel, pero ambos se tensaron como si hubieran recibido una descarga de alto voltaje. Ninguno retiró el pie de inmediato. El contacto se mantuvo, un punto de calor focalizado que desafiaba el odio que se profesaban.
La tensión sexual en la habitación se volvió casi insoportable, un muro de estática que hacía que el aire picara. Alan pudo imaginar el arco de su espalda, la suavidad de la seda sobre sus caderas y la expresión de rebelión que seguramente aún mantenía en su rostro. Deseó girarse, atraparla y demostrarle que su dominio podía ser algo más que órdenes y contratos. Pero se contuvo. Sabía que si se rendía a ese impulso, perdería la guerra.
Madelyn, por su parte, apretó los párpados, obligándose a recordar el mausoleo de su madre, el fuego de su oficina y el contrato roto en el suelo. Necesitaba ese odio. Era su única armadura contra la forma en que el aroma de Alan la envolvía, haciéndola sentir, por primera vez en años, que no estaba sola en su infierno.
—Duérmete, Madelyn —ordenó Alan, recuperando su tono de mando, aunque con un deje de cansancio—. Mañana empieza la verdadera batalla.
—Ya ha empezado, Alan —susurró ella hacia la oscuridad—. Y ninguno de los dos estamos ganando.
Finalmente, el contacto de sus pies se rompió cuando Madelyn se encogió más sobre sí misma. Alan permaneció rígido, escuchando cómo la respiración de ella se volvía lenta y pesada, señal de que el cansancio finalmente la vencía. Solo cuando estuvo seguro de que ella dormía, Alan se permitió relajarse un milímetro.
No hubo acto físico. No hubo besos ni caricias. Pero en esa primera noche, compartiendo el mismo lecho de espaldas, ambos aceptaron una verdad que los aterrorizaba más que cualquier enemigo externo: se deseaban con la misma intensidad con la que se despreciaban.
La noche de bodas terminó en una vigilia compartida. Madelyn dormía con la mano sobre el arma, y Alan permanecía despierto protegiendo el sueño de la mujer que, en sus sueños, probablemente lo asesinaba una y otra vez. Dos depredadores en la misma cueva, alerta ante el más mínimo ruido, descubriendo que el vínculo de la sangre y el cristal era mucho más profundo que un simple papel firmado. La atracción era la grieta final en sus defensas, y ambos sabían que, tarde o temprano, el imperio de uno y la voluntad de la otra terminarían colapsando bajo el peso de ese deseo prohibido.