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Mi error más delicioso

Mi error más delicioso

Status: Terminada
Genre:CEO / Reencuentro / Diferencia de edad / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naira Sousa

Una noche. Un nombre falso. Un error imposible de repetir… y de olvidar.

Lívia llega a la capital con una maleta, pocos ahorros y una única meta: empezar de cero. Esa misma noche, en la barra de un restaurante elegante, un desconocido de ojos verdes y voz profunda le hace olvidar todos sus planes. Ella no da su nombre. Él tampoco lo pregunta.

A la mañana siguiente, la puerta del departamento de su mejor amiga se abre… y el hombre que le dejó la piel ardiendo está parado ahí, con el mismo traje gris. Augusto Lacerda: presidente de uno de los grupos empresariales más poderosos del país, padre de Manuela y dueño de la empresa donde Lívia acaba de pedir trabajo.

Augusto se prohibió a sí mismo todo lo que no pudiera controlar. Lívia no piensa dejar que nadie la humille otra vez. Entre entrevistas que son interrogatorios, miradas que cortan el aire y un secreto que podría destruir la amistad más importante de su vida, cada encuentro es una guerra… que ninguno de los dos sabe cómo dejar de pelear.

Porque algunos errores son demasiado deliciosos para corregirse.

NovelToon tiene autorización de Naira Sousa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

...✿ *LÍVIA* ✿...

El líquido caliente y dulce escurrió, implacable, directo hacia la hendidura ya palpitante entre mis piernas. El choque de sensaciones fue indescriptible: la temperatura, la textura y la dulzura invasiva.

—¡Augusto! —gemí, con el cuerpo retorciéndose sin querer.

—Quieta —ordenó, con la voz áspera de excitación. Dejó la taza vacía a un lado y se arrodilló en el piso, entre mis piernas abiertas.

Y entonces comenzó.

No empezó despacio. Se zambulló directo. Su boca, esa boca hermosa y autoritaria, encontró mi clítoris, ya hinchado y expuesto, cubierto de chocolate dulce y salado. Lamió. Una lamida larga, de abajo hacia arriba, recogiendo el chocolate y mi humedad en una mezcla obscena.

Una descarga eléctrica me recorrió todo el cuerpo. Mis dedos se hundieron en el cuero del sillón.

Lo hizo otra vez. Y otra. Lamiendo, chupando y bebiendo. Su lengua era hábil e implacable. Se concentraba en mi clítoris, succionándolo entre los labios, haciendo círculos rápidos que me hicieron gritar y arquear la espalda. Luego se hundía más, con la lengua penetrándome, saboreando el chocolate y mi propio gusto juntos.

—Sabes a pecado, Lívia —gruñó contra mi piel, con su aliento caliente aumentando aún más mi sensibilidad—. Como me gusta.

Me mordisqueó suavemente los labios internos. La combinación del dolor leve con el placer intenso de su lengua me estaba llevando al límite. Gemía, decía palabras sin sentido, con las piernas temblando sobre sus hombros.

—Augusto… por favor… me voy a venir… así… —supliqué.

Se detuvo. Alzó el rostro, con la barbilla y los labios manchados de chocolate. Parecía un demonio, un ángel caído, lo más sexy que había visto en mi vida.

—Todavía no —dijo, con la voz firme. Se puso de pie, con las manos yendo a la hebilla de su cinturón—. No te vas a venir en mi boca. Te vas a venir conmigo dentro de ti.

Mientras se quitaba el pantalón, casi lloré de alivio y deseo. La tela cayó al suelo. Ahora desnudo frente a mí, pude ver su erección.

Admiré su miembro, grande. Grueso. Con venas marcadas que palpitaban bajo la piel. La punta, roja y húmeda de su propio deseo, parecía enorme. Estaba tan duro, completamente duro.

Augusto subió por mi cuerpo, rehaciendo con la boca el camino de chocolate hasta llegar a mis labios y tomarlos en un beso voraz, con su lengua entrando en batalla con la mía.

Mientras tanto, con una mano guio la punta de su miembro hasta mi entrada, ya resbalosa por una combinación dulce y prohibida de chocolate y mi propio deseo. Lo deslizó hacia arriba y hacia abajo, esparciendo la humedad y haciéndome temblar de necesidad.

Dejó de besarme y me miró. Su mirada era intensa, cruda, llena de una emoción que no sabía nombrar. ¿Había deseo? Sí, pero también algo más… posesivo, tal vez incluso desesperado.

—¿Es esto lo que quieres? —preguntó, presionando levemente, con la punta empezando a abrirme.

—Sí —susurré, con las manos aferradas a sus brazos—. Es todo lo que quiero, Augusto. Lo quiero todo.

Empujó.

Fue una invasión implacable y total. Su grosor me estiró de una manera maravillosa, llenando cada espacio vacío dentro de mí. Gemí, un sonido profundo y ronco que vino de mis entrañas.

Los dos soltamos un suspiro ronco y simultáneo.

Se detuvo, enterrado hasta el fondo, con el cuerpo temblando por el esfuerzo de controlarse. El chocolate, todavía pegajoso entre nuestros cuerpos, creaba una adherencia extraña. Me miraba, con los ojos recorriendo mi rostro, buscando algo.

—¿Lo sientes? —susurró, casi inaudible—. ¿Sientes cuánto te deseo? ¿Cuánto… necesito esto?

Era lo más parecido a una declaración que iba a conseguir en ese momento. Lo sabía.

—Lo siento —respondí, con la voz temblorosa—. Ahora, por favor, Augusto… muévete, ¡cógeme rápido!

Fue como soltar a una fiera.

Empezó a moverse. Y no fue un acto suave ni romántico. Fue una afirmación salvaje. Se retiró casi por completo y luego se enterró de nuevo con fuerza, con un golpe húmedo que resonó en la sala. El ritmo que impuso fue brutal y eficiente, cada embestida alcanzaba un punto dentro de mí que me lanzaba fuegos artificiales detrás de los párpados.

El sillón crujía en protesta. Mis uñas le marcaron los brazos. Mis gemidos se volvieron gritos ahogados contra su hombro cuando se inclinó sobre mí. El olor del chocolate entibiado por nuestro sudor llenaba el aire, dulce y pecaminoso.

Cambió el ángulo, y de pronto cada embestida frotaba su hueso púbico directamente contra mi clítoris, aún sensible. La presión era perfecta, desquiciante. Augusto era perfecto en todo, hasta en esos momentos.

—¡Augusto, me voy a…! —grité, con el cuerpo retorciéndose.

—Hazlo, nena —gruñó en mi oído, con las caderas acelerando y los movimientos volviéndose irregulares y frenéticos—. Vente para mí. Déjame sentirte temblar por dentro. Quiero todo de ti, todo, Lívia.

Fue la orden que faltaba. Un orgasmo violento se apoderó de mí. Mi canal se contrajo en espasmos enloquecidos alrededor de él y un chorro de líquido caliente se escapó entre nosotros.

El apretón y el temblor de mi cuerpo fueron el estímulo final para él. Con un rugido ahogado, me apretó la barbilla y capturó mis labios en un beso posesivo mientras explotaba dentro de mí. Sentí el chorro caliente de su semen, pulsando fuerte, llenándome. Siguió moviéndose, más despacio ahora, prolongando su propia ola de placer, hasta que su cuerpo pesado se desplomó sobre el mío sin dejar caer del todo su peso. Estábamos jadeantes y cubiertos de sudor.

Todavía estaba dentro de mí. Tenía la cabeza enterrada en la curva de mi cuello.

Levanté una mano y le pasé los dedos por el cabello mojado de la nuca.

Se movió, alzando la cabeza para mirarme. Miró mis labios, luego mis ojos.

—Todo esto es una locura. Es un error —dijo por fin, con la voz ronca.

Mi corazón dio un salto doloroso. Pero entonces añadió, con el pulgar recorriéndome el labio inferior:

—El error más delicioso de mi vida.

No dijo que me amaba. No dijo que estaba enamorado. Pero en ese momento, con él todavía dentro de mí, con su cuerpo relajándose sobre el mío y el sabor dulce y salado de los dos en mi lengua, eso bastó por aquel instante.

Sonreí, una sonrisa lenta y cansada, y bajé su cabeza hacia mí para darle un beso.

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