Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 19 - El local de al lado
El local de al lado estaba vacío desde hacía dos años. Antes era una panadería y todavía olía un poco a harina vieja. Tenía el techo roto en una esquina y la puerta no cerraba bien. Don Ernesto me dio la llave el lunes en la mañana y me dijo que tenía una semana para limpiarlo antes de que vinieran del municipio a ver si servía para refugio. Me dijo que si lo dejaba limpio, me dejaban quedarme seis meses sin pagar.
Fui con Leo y con mi madre el mismo lunes en la tarde. Llevamos escobas, baldes con agua y trapos que nos dio Marta. El piso estaba con tierra y con papeles viejos. Las paredes tenían manchas de humedad. Entre los tres sacamos todo y lo barremos. Tardamos tres horas. Tizón se metió por la puerta rota y se subió a una repisa que había quedado de la panadería y nos miró trabajar desde arriba. En mi cabeza escuché, mucho polvo, me pica la nariz. Me reí y le dije que se bajara.
El martes vino Silas con dos maderas grandes y con clavos. Me dijo que con eso podíamos arreglar el techo roto y hacer dos estantes para poner cajas y mantas. Lo ayudamos con Leo. Silas clavó las maderas y puso un plástico grueso por arriba para que no entrara agua cuando lloviera. Quedó mejor que antes, aunque todavía se veía el arreglo. Me dijo que su padre arregló su primer refugio así, con lo que tenía a mano, y que después de a poco lo fue mejorando.
El miércoles vino Clara con tres chicos de la escuela de la capital. Trajeron pintura blanca que les sobró de un trabajo y brochas. Pintamos las paredes del local nuevo entre todos. Quedó blanco y con olor a pintura fresca. Los chicos me dijeron que nunca habían pintado una pared y que les gustó. Les mostré los tres gatitos que ya tenían los ojos abiertos y que ya caminaban un poco, aunque se caían. Se quedaron mirándolos un rato largo y uno dijo que quería adoptar uno cuando fuera más grande.
El jueves organizamos los dos locales. En el local viejo dejamos a los animales enfermos y a los que necesitan calor, como los gatitos y Bruno que ya está viejo y duerme mucho. En el local nuevo pusimos a los animales sanos y a los que están esperando adopción, como las dos gallinas y un perro chico que llegó el martes con una pata coja pero que ya camina bien. Pusimos las mantas nuevas de Clara en el suelo y las cajas limpias. Tizón se cambió solo al local nuevo porque dice que ahí hay menos olor a medicina. En mi cabeza escuché, acá se respira mejor. Le dije que sí.
El viernes vino el veterinario del municipio a ver los dos locales. Era un señor mayor con bigote y con una carpeta grande. Miró todo, el techo arreglado, las paredes pintadas, las camas limpias, los animales con agua y con comida. Me preguntó cuántos animales había atendido en total. Le dije que setenta y seis, contando los tres gatitos. Me preguntó si tenía cuaderno de casos y se lo mostré. Lo leyó un rato y me dijo que estaba bien anotado y que se notaba que lo hacía con ganas. Me dijo que el permiso para los dos locales estaba aprobado y que me iban a dar una bolsa de comida para perros cada mes desde el municipio.
Ese mismo viernes en la tarde, Kian pasó por el refugio con su mochila de entrenamiento. Me dijo que se iba otra vez a la capital por un mes porque lo llamaron para una prueba del equipo grande del reino. Me dijo que si quedaba, se iba a mudar a la capital por un tiempo. Le dije que me alegraba por él y que lo iba a extrañar menos que antes porque ahora tenía mucho trabajo. Se rió y me dijo que él también me extrañaba menos porque ya no peleábamos por tonteras. Me dejó un dibujo que hizo de Bruno y Tizón durmiendo juntos y se fue.
El sábado vino mucha gente al refugio porque era el primer día que abríamos los dos locales juntos. Vinieron familias con niños que querían ver a los gatitos y señoras que trajeron pan y huevos. Una señora me preguntó si podía dejar a su perro un rato porque tenía que ir al médico y no tenía con quién dejarlo. Le dije que sí y el perro se quedó durmiendo al lado de Bruno. Don Ernesto pasó y me dijo que ahora la calle del fondo parecía otra calle, con gente entrando y saliendo y con los dos carteles de El Susurro Salvaje prendidos.
En la noche, cuando todos se fueron, me quedé sola en los dos locales con Leo. Leo me dijo que quería aprender a anotar en el cuaderno como yo y que quería que le enseñara los nombres de las medicinas que me dio la profesora Vidal. Le dije que sí y le mostré cómo se escribe fecha, nombre, lo que tiene y lo que se le hizo. Anotó al perro que dejamos esa tarde y lo hizo bien, con letra grande.
Le pregunté si quería trabajar conmigo siempre en el refugio. Me dijo que sí, que no quería irse del pueblo y que le gustaba estar con animales más que estar en la academia. Le dije que entonces íbamos a ser dos en el refugio y que íbamos a tener que poner un cartel más grande que dijera refugio de Alina y Leo. Se rió y me dijo que mejor que dijera refugio de Leo y Alina porque él llegó después.
Cuando cerré los dos locales, escribí en mi cuaderno, día noventa y uno, limpiamos el local de al lado, lo pintamos de blanco, organizamos enfermos y sanos, vino el veterinario del municipio y aprobó los dos locales, Kian se fue un mes a la capital, Leo aprendió a anotar casos. Abajo escribí, antes quería que me mirara el príncipe. Ahora tengo dos locales, setenta y seis animales atendidos y un amigo que quiere que el cartel diga su nombre también.
Apagué las dos luces amarillas de los carteles y salí con Tizón en mi bufanda. Bruno se quedó dormido en el local nuevo porque dice que ahí hace menos ruido. Afuera hacía frío, pero la calle del fondo ya no estaba oscura. Se veían las dos luces apagándose y las cajas de los perros callejeros con perros adentro, durmiendo. Caminé a casa pensando que mañana tenía que ir a la capital otra vez, pero que cuando volviera, iba a tener dos puertas para abrir.